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El arte de construir paredes escribiendo

El periodismo me dio oficio. Pero también me permitió continuar con observaciones silenciosas y penetrantes sobre los roles femenino y masculino asignados irracionalmente a los seres humanos por la sociedad machista que había presentido en la niñez.
Los diez años que transcurrieron entre el 20 de octubre de 1944 y el fatídico 27 de julio de 1954, fueron admirables para todo mi país, y a mí me permitieron finalizar la construcción de la inusitada habitación propia que me acompaña siempre.
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El arte de construir paredes escribiendo

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“… nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos…”, escribió Virginia Woolf, en 1929, en “Una habitación propia”, el ensayo en el que plantea la necesidad de que las mujeres tengan un espacio propio para crear, para hacer que se escuche su voz. En esta serie, Plaza Pública reanuda la pregunta: ¿Cómo construyen su habitación propia las mujeres guatemaltecas? Ana María Rodas, escritora y periodista, responde aquí.

Redes-lateral

Mi habitación propia es, esencialmente, un recinto amplio y acogedor. Imaginario por supuesto, y va siempre a donde yo voy. Pero a veces se deslíe en el aire, se convierte en un espacio que no tiene forma; se estira y se encoge, se alarga y desaparece por algún tiempo sin que sepa yo dónde se halla; hasta que de pronto cae suavemente encima de mi cama cuando duermo y lo encuentro rodeándome al despertar. Me ha acompañado casi toda mi vida. Desde el tiempo en que, teniendo unos dos años, dejaba tiradas en el suelo de la sala las hojas para acuarela y los crayones más finos de mi padre —que no decía nada cuando llegaba a casa, veía con ojos bondadosos los desastres causados por la niña y solo recogía los materiales— mientras yo, olvidada de dibujar,  repasaba con los dedos los lomos de las obras cuidadosamente puestas en la librera de la habitación.

Algunos volúmenes eran delgados, con tapas y lomos rígidos; otros, de suave textura, de piel. Los de los anaqueles inferiores solían ser los más grandes. Libros que mi padre iba abriendo para que ambos pudiéramos verlos echados sobre una alfombra de lana de ovejas chichicastecas de lana gris claro en el centro con una orla gruesa de lana negra  Eran tomos con poco texto, con muchas figuras y muchos colores.  Unos cuantos años más tarde comprendí que eran reproducciones de pinturas de muy diversas épocas. Cuando comencé a verlos sólo iba notando cómo los colores y las formas se mezclaban con un cierto método que los hacía atractivos a la vista.

Los libros de los estantes más altos poseían un tamaño menor; eran más manejables y entre ellos buscaba alguno mi madre todas las tardes de entre semana para leernos a mi hermano mayor y a mí historias muy diversas. Penetro en  los primeros recuerdos que tengo de ese tiempo y desfilan las figuras imaginadas de Baloo, el oso ya mayor al que ideaba de pelaje espeso y suave; Kaa, la poco confiable serpiente que siseaba o silbaba deslizándose peligrosamente sobre los troncos de los árboles. Akela, el jefe de aquella manada que decidió aceptar al cachorro de hombre, Mowgli, entre los lobos de Seanee. El lobo gris criticaba ásperamente a los monos, seres sin ley que vivían desordenadamente, haciendo el ridículo con sus piruetas y sus gritos desaforados. Los Bandar-Log.

De esa manera entró tempranamente a mi recinto personal el conocimiento de dos formas de estar en el mundo: la del acatamiento a la razón y a la ética, y la locura insensata de los Bandar-Log. De estos últimos he encontrado suficientes a lo largo de mi vida. He ido sorteándolos con presteza para evitar invertir en simplezas y tonterías un tiempo precioso que puede dedicarse a cuestiones importantes: observar con detenimiento los cercanos pétalos de una flor cuando se abre el día o el titilar de las estrellas, y soltar la imaginación en el formidable espacio universal. La imaginación. Ese don recibido en el momento de nacer y que fue estimulado tempranamente por padres y abuelos que ayudaron a que no tuviera que esforzarme por crear a mi alrededor una suerte de espacio. Mío. Absolutamente mío. Que me ha acompañado siempre pero que de repente se esfuma, dejándome por unos días, unas semanas, sin capacidad para borrar la blancura de la página electrónica o de papel.

Lecturas en el manzano

Hacia los seis o siete años encontré, en la biblioteca de la casa de mi abuela materna, una serie de libros que un par de años antes habían sido desterrados de mi casa. Mamá dudaba de que su lectura fuera a caerme bien. Probablemente no percibía aún claramente  hacia dónde iba orientándose mi vida. Ella, que despertó en mí el amor por las palabras. Justamente ella.

 Los niños suelen decir que van a ser aviadores, y a la semana siguiente, se decantan por pertenecer al cuerpo de bomberos. Las niñas asumen un papel atávico y juegan con muñecas y trastecitos. Se cuidan. No quieren cicatrices horrorosas en brazos o piernas. Y al menor descuido de los mayores se manchan de carmín labios y mejillas, que entonces se convierten en cachetes divertidos.

En el Europeo, una de mis primeras amigas fue Dora; con ella y con su hermana menor vaciamos a su tiempo los armarios de su mamá para vestirnos como espantajos, logramos quebrarle algunos tacones a sus zapatos y terminamos con el rouge que guardaba al lado de la polvera, en un tocador precioso de madera finamente barnizada, con manijas de cristal para abrir sus gavetas y un espejo inmenso de orillas biseladas.

Dora escribía poesía y se llevaba sus poemas cuidadosamente medidos y rimados al colegio, donde la maestra de idioma la hacía leerlos en clase. Mi amiga se transfiguraba. Me desasosegaba porque en esa época para mí no existía más que la prosa. Y las obras de teatro. Perdí interés en aquellas cosas que llegué a considerar de niñas. Me empalagué.

Para entonces ya hacía tiempo de  mis ascensos al manzano.

Con el paso de los días y los meses, acuñada entre dos ramas suficientemente fuertes para soportarme y colocadas de tal forma que lograba una relativa comodidad  me fui haciendo muy amiga de una mujer llamada Schahrahzada, que a comienzos del primer tomo —entre aquellos veintitantos ordenados por número— le dice a su hermana Doniazada “…y así que llegues y veas que el rey ha terminado su cosa conmigo me dirás: hermana cuenta alguna historia maravillosa que nos haga pasar la noche. Entonces yo narraré cuentos que, si quiere Alah, serán la causa de la emancipación de las hijas de los musulmanes.”

La introducción de la obra —una traducción del árabe al francés por el doctor J.C. Mardrus, y luego al español por Vicente Blasco Ibáñez, titulada Las mil noches y una noche— era de un tal E. Gómez Carrillo. Ninguno de esos nombres me decía nada entonces, ni me importaban. Iba deslizándome entre aquella serie de historias lúbricas, salvajes, seductoras, impúdicas, sangrientas, interrumpidas únicamente por la llegada del día o por poemas árabes relativos a los sucesos de los cuentos que iban saliendo suavemente de la boca juvenil de Shahrahzada : “¡Oh, poeta! ¡Nunca soplará hacia ti el viento de la fortuna…ni tu pluma de caña ni las líneas armoniosas de la escritura han de enriquecerte jamás!”

Lloraba o me angustiaba totalmente, o sentía removerse dulcemente mis entrañas augurando placeres que solo años más tarde iba a sentir a plenitud. Pero si aquellos sentimientos o emociones se volvían demasiado fuertes, insoportables, entraba a la casa y cambiaba el tomo por la obra de Quinto Curcio Rufo, autor de la antigüedad que escribió la Vida y acciones de Alejandro el Grande, cuya traducción directa del latín llevó a cabo el español Mateo Ibáñez de Segovia y Orellana en el año de 1749  —y me enteraba de todo eso porque quería saber y siempre he querido saber— que reposaba tranquilamente entre los libros de los autores clásicos de mi tío Aurelio.

Y cómo no iba a interesarme en la vida codiciosa de aventuras, sumergida siempre entre combates, asaltos, sitios y entradas triunfales, por encima de cadáveres y hogueras aún humeantes, de aquel hombre destinado a morir joven, de quien después de su muerte se dijo —en el libro se anotan fielmente tales cuestiones— que no era Filipo su padre, que en realidad era hijo de Júpiter, quien tomó forma de serpiente para entrar en la cámara y lecho de la cámara de la madre de Alejandro, para procrearlo.

Recuerdo todavía a Timoclea, una mujer que fue violada por un tracio de las tropas de Alejandro, que halló la forma de darle muerte a su verdugo  haciéndolo caer en un pozo que luego llenó con piedras. Y habiendo sido llevada por los soldados ante Alejandro para que le otorgara el castigo que merecía, se defendió recordando que era hermana de un general tebano, muerto defendiendo la libertad de Grecia.

Alejandro la escuchó, le dio la razón por haber ajusticiado al tracio, y declaró que no permitía que se violara la pureza de las mujeres libres.

Esos días en el manzano me dieron una base sólida para comprender que las mujeres no eran lo débiles, enfermizas y deleznables que resultan parecer dentro de una percepción machista. No tenía la menor idea de que existiera esa palabra, machista, pero entendía claramente el concepto que regía la vida de las mujeres y de los hombres socialmente.

Y había aprendido que las mujeres somos fuertes, inteligentes, resistentes, astutas, sabias, llenas de recursos, hijas de diosas o diosas mismas. La visión sobre un frágil sexo femenino, llamado ahora género, jamás cuajó en mí.

Aprendí también que los hombres pueden ser gentiles, delicados, inteligentes y que sus espíritus, desligados de la cobertura meramente física, pueden hermanarse con los espíritus de las mujeres. Eso me lo enseñó Oscar Wilde, a quien leía también en un libro de mi abuelo, fallecido hacía poco, y que contenía sus obras completas. Al principio era un descanso de los sucesos tremendos o amenazadores de las Mil noches y una noche o de la Vida de Alejandro el Grande y sus conquistas.

Me  iba bien con las obras de teatro, pero llegó el momento en que lloré terriblemente con El ruiseñor y la rosa.  Y cuando llegué a De profundis me violentó completa la tristeza y anduve varias semanas sin subir al manzano. Tenía que recomponer mi espíritu que se había roto en cientos de fragmentos, uno más adolorido que el otro.


El English American School

Del tiempo que pasé en ese primer año  de colegio recuerdo perfectamente a Johanna, una niña de piel bronceada y pelo rubio. Bellísima, pasaba todo el tiempo alardeando de los novios que tenía. Johanna se dejaba las uñas un poco largas y pasaba generosos ratos viéndose las manos extendidas  en el aire, frente a sí, y deslizando los dedos por entre el sedoso y brillante pelo.

Recuerdo mucho mejor a Sarita, un poco gorda, de cara redonda y anteojos que cabalgaban peligrosamente en una nariz de pellizco. Sobrina de Miss Ayleen, la directora del colegio, hacía cuanto le venía en gana, y no solía tener intenciones éticas. Yo no pertenecía a ese mundo de jóvenes de familias ricas; yo pertenecía a una clase media que ellas detestaban. Llevábamos el mismo uniforme, pero sólo cuatro de las niñas de la clase no eran groseras, agresivas o desdeñosas conmigo: María Eugenia, Brenda, Catalina y Cecilia. También las recuerdo, pero mis sentimientos hacia ellas tienen otra tesitura, infinitamente más amable.

Mamá había decidido que me cortaran las trenzas y llevaba un peinado de paje. Entonces me pusieron el mote de Cristóbal Colón. Ofensivo por el dejo de la mayoría de las voces.

 Cierta mañana Sarita comenzó a dolerse de que algo le había desaparecidos. No recuerdo ya si era un estuche de  lápices o algún libro. Fue a quejarse con la maestra y ambas vinieron derechamente hacia mí. Sara levantó la tapa del escritorio y allí estaba el objeto perdido, que yo jamás había visto. Nunca. Todavía recuerdo el calor de mi rostro incendiado por la cólera. No lloré ni me quejé —aunque los sollozos casi casi estallaban y la ira me carcomía— porque en el Callejón Aurora, donde vivíamos, pasaba muchas tardes jugando con los amigos de mi hermano y aprendí así a aguantar caídas y tratos duros. Pero para entonces, en el callejón, tanto los trancazos como los aventones se repartían por parejo, entre iguales.

Me dejaba caer entre las clases con la delicia con que se entra al agua de un lago. Allí no había ofensas, ni burlas, ni malas miradas. Y las enseñanzas de mi madre hacían efecto, como hacían efecto las lecturas de los fines de semana en el manzano. Mis calificaciones, recuerdo, eran altas.  Si había que escribir siempre tenía el primer puesto. Y ya que la naturaleza me había dotado de facilidades para los idiomas,  hablaba y escribía el inglés como si toda la vida lo hubiera hecho.

Entonces comencé a escribir. Era el paliativo que hallaba en casa al desastre en el colegio. Historias disparatadas porque al lado de mis lecturas donde la  abuela, revolvía los comics de mi hermano y terminaba leyendo a Nick Carter, a La Sombra o a Doc Savage, el hombre de bronce, por quien di los primeros suspiros de ilusión de una niña que sabía mucho de los hechos de la vida real por los libros que leía en el manzano pero que conservaba, no me lo explico aún, una inocencia inesperada en alguien que ya había avanzado en la versión total de Las mil noches y una noche.

Por esa misma época caí de cabeza en la lectura de  las historias de Emilio Salgari. Los tigres de la Malasia, Sandokan, La venganza de Sandokan. Este personaje, Sandokan,  era un príncipe de Borneo convertido en pirata y además, resistente al colonialismo británico de la época en que trascurrían tales aventuras. Estaba el feroz pirata, a quien yo admiraba con fervor nuevo, inevitablemente enamorado de la inglesa Lady Mariana Guillonk, quien le correspondía su amor. Pero la joven tuvo un final trágico, por lo que Sandokan, tras visitar su tumba, bautizó su barco con el nombre de Mariana. Y se dedicó con cuerpo y alma a su vida  de tigre de  alta mar.

Desde entonces para mí la libertad total está significada por un barco, y poco antes de cumplir siete años, recuerdo bien, adopté la insignia ‘contra viento y marea’ que no he traicionado en mi vida y que cuelga desde entonces, misteriosa e invisible, en esa habitación propia que en aquel tiempo se iba construyendo  alrededor mío a fuerza de libros.

Al finalizar el año en el English American School declaré mi independencia. Armada imaginariamente con una espada de pirata abandoné ese recinto donde aprendí que sí, que hay niñas, y por lo tanto mujeres, que imitan a Circe y a Calipso, figuras de la mitología griega dedicadas únicamente a atrapar a los hombres en sus redes de hechicería. Las conocí leyendo a Homero, ese ciego bicéfalo capaz de escribir dos obras tan dispares entre sí que ya entonces dudaba —ahora ya estoy cierta de ello— de que el sitio a Troya y el periplo de Odiseo hubiesen sido escritos por la misma persona.

Entré a estudiar al Colegio Europeo, una escuela muy normal donde lo más grave que me sucedió fue que Carl Keydel, que se sentaba atrás mío, metiera mis trenzas en su tintero Pero esas eran travesuras del único niño de la clase, que reía y reía, mientras la tinta azul corría por mi jumper del mismo color, y la maestra corría por el papel toilette para arreglar aquel desaguisado. La seño Esperanza fue una de las primeras personas en leer mis historias y aún veo su rostro iluminado por el reconocimiento de algo escrito que parecía bueno.

El Callejón Aurora No. 3

A los cinco años había sido arrancada de la casa de la novena avenida, donde había niñas con quienes jugar usando un lenguaje común, y fuimos a parar a una casa encantadora, situada en el Callejón Aurora No. 3 donde pasé muchos años de vida feliz antes de casarme con el padre de mis hijas.  Para entonces llevaba ya  más de una década dedicada al periodismo y luego, por cuestiones de intereses opuestos, nos divorciamos cuando las niñas estaban entre los ocho y los tres años.

(intermedio de aprendizajes)

Hay quienes afirman que el periodismo arruina cualquier posibilidad literaria, pero no es cierto. Trabajando en las diversas fases que debe cumplir un periodista antes de llegar a reportero —reportera en mi caso; la primera mujer que desempeñó ese trabajo en el país— fui refinando mi lenguaje, la escritura. Aprendí muy pronto en mi etapa de niña a leer y escribir bajo la tutela de mi madre, quien me enseñó todos los secretos que el idioma posee. De ahí, y de las lecturas cotidianas que ya he mencionado, surgió mi pasión por la palabra.

El periodismo me dio oficio. Pero también me permitió continuar con observaciones silenciosas y penetrantes sobre los roles femenino y masculino asignados irracionalmente a los seres humanos por la sociedad machista que había presentido en la niñez. Fue entonces que me informé a plenitud sobre el sexismo y el machismo. Estábamos en la década prodigiosa de los sesenta: la rebelión de los estudiantes en París, la revolución sexual, el triunfo de la lucha por los derechos civiles, el renacimiento del feminismo. Sucedió el verano del amor en California, aparecieron los niños de las flores, los hippies y todo un movimiento contracultural que esparció una libertad inusitada en medio de la confrontación de la Guerra Fría. El lema de los jóvenes era ‘haz el amor y no la guerra’.

 

Yo era una mujer hecha y derecha cuando regresé al Callejón Aurora No. 3 cuyo nombre había sido cambiado por el de la 13 Calle A 10-35, donde crecieron mis hijas. Darlas a luz, amamantarlas y criarlas durante veintitantos años fueron experiencias que le otorgaron a mi habitación invisible una solidez providencial.

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Pero me adelanto a los sucesos, apenas acabo de llegar al Callejón Aurora, donde no había niñas. Entonces, encerrada a la fuerza, dediqué más tiempo a lecturas rebosantes de una esquizofrenia peculiar: entre libros de extraordinaria calidad y los folletines de mi hermano. Escribía, pero me faltaba la experiencia vital para hacerlo. Eran historias correctamente escritas, pero sin alma. Hasta que los gritos de mi hermano y sus compañeros, provenientes de la calle, me arrastraron a verlos durante muchos días con mucha envidia desde las ventanas de la sala.

Costó, pero fui aceptada a regañadientes entre aquella partida de niños despeinados y sudorosos, dispuestos a luchar entre sí por cualquier motivo. Me sometí a sus reglas de codazos y empellones para ser acogida entre aquel mundo de hombrecitos que confiaban en que, a los primeros sangrados de nariz o moretones, berrearía como niña e iría a buscar la ayuda de algún adulto.

Se sorprendieron de que no sucediera tal cosa. Me miraban con desconfianza, pero finalmente me dejaron entrar a su roñoso equipo de beisbol, o acompañarlos a barranquear por Gerona. Refugiada por las noches en mi estancia, escribiendo en mi diario, anoté otras peculiaridades del aprendizaje que las mujeres debemos hacer si queremos sobrevivir en el mundo que crearon para sí los hombres: ser tan fuerte como ellos aguantando los golpes físicos. Esas noches hicieron crecer las paredes de aquella cámara que se iba formando a mi alrededor.

Sandra Sebastián

Nuestro traslado al Callejón Aurora no me libró de la visión horrenda de la Segunda Guerra Mundial. La revista Life, que nos siguió puntual, me abrió los ojos a la capacidad humana para la maldad. Temprano en mi vida entraron los muertos que no merecían morir a esa edad. Casi niños, a veces con los ojos cerrados como si durmieran, la mayoría del tiempo con los ojos entreabiertos y vidriosos, como después comprobé que quedan los de quienes fallecen aún en la tranquilidad de su cama, los cadáveres de los soldados me acechaban por la noche. No importaba a qué bando pertenecieran. La propaganda de los aliados hacía ver al enemigo como los monstruos más detestables. Pero la muerte los volvía iguales.

Víctimas de las bestialidades de los políticos, hombres jóvenes y mujeres, más tarde, entraban a mi mente en ese momento en que el sueño ya no cedía y las imágenes del día se deslizaban en él, para regresar una y otra vez a lo largo de la noche. Sin despertarme, solamente acercándose peligrosamente a mi rostro, derramando la sangre negra de la tinta de imprenta sobre mi percepción nocturna de las cosas. Al amanecer reparaba en que los cuatro angelitos que invocaba en las oraciones infantiles no acudían al llamado porque era menester que hicieran guardia al lado de aquellos cadáveres que eran la causa de que las almohadas estuvieran mojadas por la mañana y mis ojos, rojos como los de una rata blanca.

El colegio, los pelotazos de beisbol rompiendo vidrios, las desbandadas en silencio para que no nos atraparan, los libros —siempre los libros— las anotaciones en el diario, los cuentos abominables que solía escribir en ese tiempo, y mis pláticas con Meme, un niño moreno y de ojos risueños, con un mechón de pelo cayéndole siempre sobre la frente, me hacían olvidar, de día, la tragedia que iba carcomiendo mis entrañas con cada número de la revista que entraba a casa. Alejado de la guerra lejana, mi aposento crecía jubilosamente, salpicado a ratos con ladrillos de hiel.

Cierta noche se sintió tempranamente el miedo. Nos prohibieron salir al callejón, algunos hombres que no conocía llegaron a hablar con mi padre en voz baja, como si estuvieran en confesión. Se armaron catres para que durmieran en casa. De pronto unos ruidos ásperos y desconocidos empezaron a pasar encima de los techos. La vivienda quedaba a medio tiro de cañón entre dos guarniciones: Matamoros y el Fuerte de San José de Buenavista. Papá nos tendió en  dos colchones bajo la mesa del comedor, única habitación con terraza y así recibimos la mañana del 20 de octubre, cuando los huéspedes de la noche habían partido jubilosos mucho antes del amanecer y cesaron los cañonazos.

La década prodigiosa

Mamá me mandó a buscar pan, mantequilla y mermelada porque los que había no alcanzaba para toda la gente que entraba y salía. Y era tal la alegría en la calle como en la casa. Suspendidas las clases, mis amigos salieron pitando para sustituir a los policías en las esquinas de las calles, dirigiendo un tránsito poco usual. Ubico, el tirano de los 14 años había huido a Estados Unidos meses atrás, dejando a un chafarote como presidente: Ponce Vaides. Justamente el que acababa de ser derrotado. Fue la única vez de mi vida en que constaté que civiles y militares estaban en el mismo y democrático bando. Años más tarde las cosas cambiaron violentamente. Y durante una década las paredes de aquel espacio —Mío, absolutamente mío— alcanzaron características amables.

Fue el momento en que adquirió la capacidad de estirarse, crecer o encogerse.  Los libros producidos por una editorial del Estado costaban diez centavos y mi biblioteca creció de forma admirable. Por primera vez había una Orquesta Sinfónica, un cuerpo de Ballet, un Coro Nacional y numerosos grupos de teatro. Se llenaban la luneta y los palcos del Cine Capitol, en cuyo escenario se presentaron los conjuntos nacionales y los extranjeros que, por primera vez en mi vida y en la vida de muchos guatemaltecos entraban libremente al país, y ofrecían galas de ballets, óperas, zarzuelas. En aquel mítico teatro hubo orquestas completas, quintetos, grupos de teatro, compañías de baile de toda clase. A casi todas me llevaban mis padres, privados durante muchos años de expresiones culturales.

El cinematógrafo se enriqueció con películas que ya nadie prohibía, y era tal la liberad de esos diez años que nadie se oponía a que niño alguno entrara a las funciones de cintas que podrían haber sido consideradas, en la época anterior, como indeseables incluso para los adultos. Fueron años en los que leí y escribí largamente, además de gozar de la libertad que recorría al país de un lado al otro.

Los diez años que transcurrieron entre el 20 de octubre de 1944 y el fatídico 27 de julio de 1954 —fecha en que los jefes militares que rodeaban al presidente Arbenz lo traicionaron y lo obligaron a abandonar el cargo que había ganado limpiamente en elecciones democráticas; ese momento culminante de la operación PBSuccess ideada por la CIA respondiendo a los deseos del gobierno estadounidense— fueron admirables para todo mi país, y a mí me permitieron finalizar la construcción de la inusitada habitación propia que me acompaña siempre.

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Hablando en los años 70 con el adulto en que se transformó aquel niño moreno y de ojos vivaces, con el mechón perpetuamente cayéndole sobre la frente, que ocupaba entonces el principal cargo del Muncipio en el Palacio de la Loba, concluimos que aquellos que vivimos esa década prodigiosa éramos diferentes de quienes habían nacido luego de 1954. Habíamos experimentado la libertad, nos habíamos refrescado con expresiones culturales al alcance de todos los ciudadanos, poseíamos un espíritu de lucha poco común entre los seres profunda y moralmente aplastados por las dictaduras militares que se enseñorearon en el país a partir de aquel fatídico 54.

Los años 60 y 70

En los sesenta mientras grupos de artistas y escritores en los que me desarrollaba, nos dedicábamos a la creación y a discutir como un eco lo que sucedía en otras latitudes, surgió la primera ola de la guerrilla. En la Sierra de las Minas. Y aquel movimiento de jóvenes  casi todos de clase media, fue aplastado inmisericordemente. Se reagruparon poco a poco, y con la experiencia ganada, los supervivientes y muchos otros que se agregaron al movimiento se instalaron en diversas partes el país, sobre todo en Occidente.

Yo, sumergida en otra fase esquizofrénica —pero esta vez la sufríamos casi todos los guatemaltecos— cumplía con mis labores de reportera, esquivando gases lacrimógenos, apaleadas de la policía, tirándome al suelo al primer ruido de balazos. Y ya tarde  nos reuníamos pintores, escritores, dramaturgos, músicos, a hablar de arte y literatura y teatro en la Galería DS, que Luis Díaz Y Danny Schafer fundaron en la Avenida Reforma 6-28 en el año 1974.

Justamente en ese año el general Ríos Montt ganó las elecciones presidenciales con Alberto Fuentes Mohr como vicepresidente. Ríos Montt no tuvo el valor de defender su triunfo y huyó a España, tomando el cargo de agregado militar que le mandó el Ejército. Comenzó una nueva etapa de persecución a políticos democráticos, que cayeron en las calles abatidos a balazos. Yo reporteaba, visitaba la DS como paliativo al estado de cosas en el país y escribía poco. Mi recinto estaba desapareciendo francamente y me agarraba a él con fuerza para no perderlo.

Escribí cuentos muy malos. Eran mejores mis notas periodísticas, mis entrevistas, mis crónicas. Pero jamás dejé de escribir mis diarios, oficio de escritor si los hay. Nueve años más tarde publiqué mi primer libro, Poemas de la izquierda erótica, una protesta por la desigualdad cada vez más evidente en el contexto social, escogiendo la relación hombre-mujer como ejemplo de ello. Infortunadamente su lectura se ha circunscrito más que todo al aspecto de feminismo muy evidente en él.

Solo en Europa, sin duda por una mirada desde afuera, se ha percibido su intención de protesta social en general. Y su primera traducción a otro idioma, el alemán, acogió esta faceta del libro, que de todas formas, cambió para siempre la forma de escribir poesía entre las mujeres centroamericanas

Final en voz baja

Manuel ya no está. Su asesinato también ha dejado una señal —mas no luctuosa sino verde, del verde de algunas plantas inmateriales que me crecen en el interior del cuerpo— en una de las paredes esas que ascienden, se inclinan, se encogen, se dilatan, se esfuman a veces y me dejan, desolada, sin poder escribir a pesar del oficio de periodista de tantos años, de los libros publicados, de los que esperan su turno en estos días, de los volúmenes que se apilan en mi biblioteca y en cuanto rincón de la casa se ofrece.

Pero siempre una joven árabe, tan incorpórea como mi habitación propia, atrapa bajo las estrellas el recinto que fui creando con el correr de los años, le recuerda que fue erigido en su forma poco usual para que una mujer pudiera contar desde su interior; y mientras duermo lo deposita con gran cariño sobre mi cama, donde lo encuentro al abrir los ojos.

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