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Opinión

Educación, no deportación

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«Educación, no deportación». Así rezaba una de tantas pancartas durante la protesta para defender el programa Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés) en las calles de Minneapolis el martes pasado, luego del anuncio bastante anticipado de que el actual Gobierno estadounidense terminaría con este exitoso programa nacido bajo una orden ejecutiva del presidente Obama en 2012.

Ese día, el ultraconservador fiscal general, Jeff Sessions, argumentaba que la revocación de la DACA se basaba en una supuesta extralimitación del poder ejecutivo en aquel entonces, que las cuestiones migratorias debían enmarcarse en el Estado de derecho y que, constitucionalmente, solo el Congreso estadounidense estaba facultado para velar por dichas cuestiones. Poco le importaba al flamante fiscal que unas semanas antes su jefe se hubiera pasado el tal Estado de derecho por el arco del triunfo y hubiera indultado al controversial excomisario Joe Arpaio pese a su condena por desacato a un juez federal, por la cual todavía no había recibido sentencia.

Después del anuncio, tres estudiantes beneficiarios del programa llegaron con lágrimas a la oficina de mi esposo. Jeff es catedrático en una de las tantas universidades públicas (y privadas) que han matriculado a jóvenes DACA. Los jovencitos estaban confundidos, no sabían qué hacer y temían que con esta disposición se estaría exponiendo también a sus padres. Escenas similares se habrán reproducido por millares en todo el país. Y no solo en planteles educativos, sino también en lugares de trabajo, clínicas y hospitales en cada ciudad y pueblo que estos jóvenes ahora llaman su hogar.

Si bien en Minnesota el número de beneficiarios de la DACA no supera los 6 500 jóvenes (menos del 1 % de los estimados 700 000 en todo el país), la indignación se ha dejado sentir en todos los sectores que han visto en este programa un imperativo no solo humanitario, sino también económico. Estudios nacionales y locales prueban que este segmento de inmigrantes obtiene grados de educación superior, son más emprendedores que los nacidos aquí y su inserción en el mercado laboral ha representado al estado un aumento de sus ingresos fiscales. Este es precisamente el perfil de trabajadores y ciudadanos que cualquier país desea para sostener su crecimiento económico, y no digamos a sus futuros pensionados.  

Luego de la infame redada contra trabajadores indocumentados en Postville, Iowa, en 2008, leí en algún lugar que las redadas en masa tienen efectos como las de un desastre natural. La detención de 400 trabajadores por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en mayo de aquel año «fue como un terremoto», según un trabajador chimalteco. En su ya célebre ensayo sobre los casos de detención en Postville, el intérprete legal Erik Camayd-Freixas registra desolación, terror, incertidumbre y reclusión como algunos de los efectos colaterales de esta operación. Relata que, en las escuelas, los estudiantes pensaban que sus compañeritos de clase habían muerto súbitamente.

La revocación de la DACA no ha causado necesariamente este impacto (todavía) en la psique de los ahora agraviados. Las multitudinarias protestas por todo el país organizadas por el movimiento de los dreamers y acompañadas por aliados así lo demuestran. Su actitud es, por ahora, de lucha y desafío ante las inciertas repercusiones.

Sin embargo, el que casi un millón de jóvenes puedan ser objeto de deportación en caso de que el Congreso no sancione alguna ley migratoria antes del próximo 5 de marzo sí puede llegar a tener tal nivel de repercusión en la sociedad entera. Después de todo, un memo de la Casa Blanca contiene una advertencia del Departamento del Interior pidiendo a los beneficiarios que aprovechen este tiempo para considerar su partida de los Estados Unidos. ¿Quién no tiene algún amigo, familiar o conocido que haya sido beneficiado por la DACA? ¿Adónde irán estos jóvenes crecidos aquí? ¿A países sin garantías ni programas de reinserción como Guatemala, donde el vicepresidente y supuestamente director de la Autoridad Migratoria Nacional, Jafeth Cabrera, se ha jactado con lujo de ignorancia de que los migrantes se han ido porque han querido? ¿Volver a las sombras?

En las manifestaciones, otro cartel también recitaba: «Nuestros sueños no tienen fronteras». Esperemos que la inacción legislativa en materia migratoria, tan característica del Congreso, no convierta esta nueva versión del sueño americano en pesadilla.

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