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Diputadas: pocas, pero pesadas

Las diputadas, en realidad, tienen posiciones dentro del legislativo significativamente más importantes que la mayoría de los hombres y que, en conjunto, mantienen un peso mucho mayor en términos de su relevancia como legisladoras.
La diputada más poderosa es Nineth Montenegro, de Encuentro por Guatemala. La siguen Emilenne Mazariegos y Aracely Chavarría Cabrera, ambas del Partido Patriota. La menos influyente, Delia Back, de Libertad Democrática Renovada.
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Diputadas: pocas, pero pesadas

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Son apenas 20 entre los 158 diputados en el Congreso de Guatemala, un 13 por ciento de curules ocupadas. A pesar de ser cuantitativamente una minoría tienen, vistas individualmente, un peso más alto que el de los diputados. El índice de poder de las congresistas es en promedio mayor que el de los hombres. ¿Qué pasaría si las legisladoras decidieran unirse para promover determinadas leyes? Que podrían tener una influencia en los asuntos legislativos mucho mayor de la que manejan.

Redes-lateral

En los círculos académicos y feministas siempre se ha dicho; también lo mencionan, a veces, los políticos en campaña cuando ofrecen más espacios de participación para las mujeres: la exigua presencia femenina en candidaturas, puestos de gobierno y en el Congreso es un espejo social que reflejara el machismo y los abismos existentes.

Hasta ahora, se había considerado que existe una correlación entre baja presencia y baja relevancia dentro de un organismo poblado mayoritariamente por hombres. Pero esa no es una descripción precisa de la situación actual. El panorama tiene matices, explica Anatomía del poder femenino en el Congreso mediante un análisis de redes sociales, que estudia las estructuras sociales como producto de la interacción de los miembros de una red.

Las posiciones que ocupan las mujeres en la red de distribución del poder en el Legislativo evidencian que gravitan alrededor de los distintos núcleos de mayor influencia dentro del Hemiciclo. La cercanía o la pertenencia de las diputadas a las dos bancadas más influyentes las colocan en una posición de mayor centralidad y mayor influencia que la generalidad de los hombres, dispersos entre todos los núcleos de influencia.

Pero son sus votos –una especie de medidor de opinión, intenciones y adhesiones–, más aún que su afiliación a determinado partido o a su participación en directivas, los que silenciosamente les asignan un peso específico nada despreciable. Las diputadas, en realidad, tienen posiciones dentro del legislativo significativamente más importantes que la mayoría de los hombres y que, en conjunto, mantienen un peso mucho mayor en términos de su relevancia como legisladoras.

La revelación es clara: el índice de participación de las mujeres, en promedio, es de 0.2590 frente al 0.2488 de los hombres. Y el peso de las diputadas es, en promedio, de 0.0256, casi el doble que el de los diputados: 0.0141.

La diputada más influyente es Nineth Montenegro, de Encuentro por Guatemala. La siguen Emilenne Mazariegos y Aracely Chavarría Cabrera, ambas del Partido Patriota. La menos influyente, Delia Back, de Libertad Democrática Renovada.

No obstante, ese peso de las mujeres se ve matizado por dos hechos que se desprenden del análisis de los votos emitidos: el primero es que siguen una línea bastante disciplinada respecto a los votos de su partido. Más disciplinada, de hecho, que los hombres. El segundo es que los votos de las congresistas no son homogéneos entre sí y que no siguen una lógica de género ni forman un grupo interno en el Congreso, aunque habría que ver si esta situación no varía cuando tengan que abordar alguna iniciativa estrechamente vinculada con el género, como sucedió en el pasado, por ejemplo, con la ya vigente Ley contra el Femicidio.

¿Qué pasaría si las mujeres en el Congreso decidieran tomar banderas de género o acuerpar determinada iniciativa o ley desde lo femenino?

La estrategia no podría ser abandonar sus bancadas y formar una propia. Los datos muestran que las tránsfugas pierden el peso y la centralidad que les permite controlar más y mejores hilos en la red. Es el ejemplo de Delia Back que, tras su salida de la UNE, y con votos alternativamente coherentes e incoherentes con los de su grupo, ha quedado anulada en la jugada .

Las diputadas tendrían más opciones de influir si, homogéneamente pero sin abandonar sus bancadas, impulsaran sus propias iniciativas o ideas. Si, dados sus altos índices de participación, pero ante todo su peso específico debido a su cercanía partidaria y su récord en las votaciones, formaran un caucus legislativo, una especie de subgrupo que las cohesionara para determinadas acciones y, desde ese nuevo nudo de poder. Los demás diputados se verían obligados a negociar con ellas. Las redes que han ido tejiendo y el peso que ostentan se lo permitirían.

 

El making off o "cómo se hizo esta nota", y los cálculos que se utilizaron, los puede encontrar, con acompañamiento gráfico y las cifras más detalladas, en “Anatomía del poder femenino en el Congreso”.

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