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Opinión
16 07 16

Read time: 6 mins

Juan Alberto Fuentes Knight y Sergio de la Torre Gimeno. Ambos exministros de Estado. Ambos a favor de la devaluación a pesar de sus diferencias ideológicas.

Este es uno de los temas económicos que más pasiones genera en Guatemala, por lo menos respecto a la década de 1980. Por eso merece atención que ambos exministros, de distintos gobiernos y con distinta forma de pensar la economía, coincidan en dicha propuesta de política económica a pesar de la oposición de muchos otros analistas y sectores económicos. Al primero lo escuché cuando comentaba la propuesta de empleo de Agexport y señalaba que debía considerarse la devaluación como factor importante para impulsar el sector exportador, así como el establecer incentivos fiscales moderados y focalizados al sector de vestuario en lugar de la ley de inversión y empleo. Y lo recalcó en una columna hace un tiempo. Al segundo lo leí hace unos días en la prensa, donde consideraba que la apreciación cambiaria guatemalteca y la depreciación cambiaria de otros países han afectado negativamente al sector exportador.

Lo primero que conviene discutir es por qué el tipo de cambio es un precio sujeto de política económica.

Varios analistas defienden la actual apreciación del tipo de cambio porque es un precio que responde a la oferta y a la demanda. En ese sentido, se considera que el sistema de precios captura el conocimiento existente a partir de los oferentes y demandantes en dichos mercados. Sin embargo, el sistema de precios muchas veces puede generar efectos poco deseados. A veces resulta conveniente intervenir en los precios para reducir externalidades no deseadas, como ha sido el caso de imponer impuestos a las bebidas alcohólicas y a los cigarrillos. Asimismo, investigaciones sobre historia de las finanzas y en economía experimental han mostrado que los precios muchas veces pueden estar influidos por euforias y contracciones producto de motivos psicológicos (comportamiento de manada).

En el caso específico del tipo de cambio, el problema, la principal preocupación, es que responde a las condiciones y expectativas actuales de la economía, las cuales no necesariamente son deseables o sostenibles. El mejor ejemplo de esto es el problema del mal holandés. La historia es sencilla. Los Países Bajos empezaron a explotar grandes yacimientos de petróleo en la década de 1960, lo cual implicó una gran entrada de moneda extranjera. Esto apreció el tipo de cambio y redujo la competitividad de otro tipo de exportaciones. Y esto, a su vez, generó problemas importantes. Primero, el petróleo no es una industria intensiva en mano de obra, así que el tipo de cambio terminaba favoreciendo una industria que generaba poco empleos mientras perjudicaba industrias que sí generaban mucho empleo. Segundo, una economía que depende cada vez más del petróleo es una economía que depende de un recurso no renovable y cuya riqueza no es sostenible. Tercero, una economía sana implica un portafolio diversificado de exportaciones no solo para reducir los riesgos vinculados a la volatilidad de los precios, sino porque implica oportunidades distintas para distintos tipos de trabajadores.

¿Cómo se aplica esta discusión a Guatemala?

Primero, no puede negarse que la migración ilegal a Estados Unidos y su fruto, las remesas, generan un mal holandés para Guatemala. Representan un 10 % de la economía, por lo que generan un impacto importante en el mercado de divisas. Al mismo tiempo, esta fuente de ingresos no es sostenible (es como un recurso no renovable), especialmente si uno la aprecia desde una perspectiva intergeneracional y además ve el apoyo creciente que tienen las posturas migratorias del candidato presidencial republicano Donald Trump. A ello se suma que el dinero de las remesas no suele ir a inversión y generación de nuevos negocios de alta productividad.

Segundo, está el problema de la fuente de empleos. En el caso de los migrantes, el efecto del empleo es directo. Sin embargo, deben considerarse cuatro componentes: a) que la apreciación cambiaria reduce la posibilidad de generar empleos en Guatemala, pues reduce la capacidad del sector exportador para competir fuera del país; b) la apreciación cambiaria hace que las importaciones sean más baratas, lo cual provoca que los exportadores prefieran importar materia prima y maquinaria en lugar de comprarles a productores nacionales; c) el empleo del migrante y su ingreso deben ajustarse por los riesgos de migrar y por el costo familiar y social que tienen; y d) que las condiciones de dichos empleos y de vida en general no siempre son deseables. Si a la discusión de las remesas se agrega la del lavado de dólares vinculado al narcotráfico, de montos desconocidos, el problema del mal holandés se hace aún más evidente.

El tercer punto se vincula con el tipo de trabajo que se puede generar en una economía con creciente apreciación del tipo de cambio. Guatemala no tiene el tamaño de China o de Estados Unidos, ni siquiera de Brasil, para considerar que es viable generar desarrollo económico para toda su población sin exportar. Ya lo intentamos, y el resultado ayudó a la polarización de la guerra y a la crisis de la década de 1980. Miren lo que ha generado el tipo de cambio apreciado en los últimos años: empleo de construcción y de tienda de centro comercial. Con este tipo de empleo no se puede construir una economía competitiva que permita a millones de guatemaltecos ser altamente productivos y ganar mayores salarios.

Este último punto es esencial. Por eso es que tiene que haber claridad en cuanto a que un tipo de cambio competitivo tiene un rol positivo en el desarrollo económico de los países. A aquellos que tienen sus dudas les recomiendo leer los trabajos de Dani Rodrik sobre el tema. Tal vez el más relevante sea su artículo publicado por Brookings sobre cómo un tipo de cambio devaluado promueve el crecimiento. La idea principal es que promueve la exportación, especialmente de manufactura. Esto tiene un doble beneficio. Por un lado, se incrementa el tamaño del mercado, lo cual permite contratar más trabajadores que si solo se produce para el mercado local. Por el otro, la disciplina de competir en mercados internacionales lleva a buscar nichos especializados y a mejorar la calidad de los productos y presiona a los empresarios a incrementar la productividad de las empresas. Por lo mismo, la exportación, especialmente de manufactura, resulta un camino importante para el desarrollo.

Promover una devaluación, además, genera un efecto adicional: promueve los encadenamientos productivos. Se incrementan no solo las oportunidades para los encadenamientos con mipymes, sino también las oportunidades para la producción de insumos cada vez más sofisticados. Quien se percató de este hecho originalmente fue Albert Hirschman, quien encontró, en sus análisis de los encadenamientos y de la economía política durante el tiempo de la sustitución de importaciones en América Latina, que un tipo de cambio apreciado consolidó a grupos de presión que se oponían a la devaluación porque preferían comprar insumos en el extranjero. Es decir, un tipo de cambio apreciado hace más difícil el florecimiento de las mipymes, pues las empresas grandes de exportación no ven atractivo encadenarse a ellas. Por ello, una devaluación acompañada de reformas económicas en logística, parques industriales y capacitación puede ser el camino a una economía guatemalteca con mayor crecimiento y a un desarrollo más inclusivo.

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