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Desde el cuartel: una lectura académica (poco ortodoxa)

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Desde el cuartel: una lectura académica (poco ortodoxa)

Mariel Aguilar, investigadora de la Universidad de Oslo, examina el ensayo del coronel Edgar Rubio Castañeda, que ha causado un gran malestar en las filas del Ejército y en un sector de la derecha empresarial, y trata de entender cómo debate con otras investigaciones sobre la relación entre el Ejército y las élites económicas y políticas. "Lectura obligada tanto para académicos como para el público en general."

1. Otto Pérez Molina sabe muy bien que el 90% de nosotros aquí [una aldea en el oriente] fuimos militares, y él sabe que si nosotros hablamos, tal vez vamos a decirlo todo…

2. Sí, doctora. ¿Cómo no? Con mucho gusto, quiero hablar con ud… Hay algunas cosas de las que no se ha hablado, vamos a hablar…

Estas son las palabras de dos militares. El primero es un ex–soldado indígena que combatió durante la guerra. El segundo es un militar de alto rango. El primero, desde el fin de la guerra se ha dedicado a trabajar su tierra en una aldea del área rural. El segundo está acusado, entre otras cosas, de graves violaciones a los derechos humanos cometidas durante la guerra. Lo que los une es que ambos expresaron el deseo de hablar. En mi trabajo he encontrado frecuentemente sobrevivientes de la guerra de quienes no se habla, o con quienes no se habla, pero que quieren hablar: los soldados.

La antropóloga Jennifer Schirmer es una de los pocos académicos que ha hablado con los militares de Guatemala. El general Héctor Gramajo fue su informante clave. El análisis presentado por Schrimer en su libro The Guatemalan military project: A violence called democracy, publicado en 1998 por la Universidad de Pensilvania, nos ha permitido entender mejor no sólo la estrategia militar durante el conflicto armado, sino también la configuración del Estado después de la guerra. Otro académico que ha estudiado a los militares es Manolo Vela Castañeda. En su libro de 2014 Los Pelotones de la muerte. La construcción de los perpetradores del genocidio guatemalteco, Vela Castañeda analiza los mecanismos y los recursos por los cuales se transformó a jóvenes soldados en asesinos durante la guerra.

El libro Desde el cuartel. Otra visión de Guatemala del coronel Edgar Rubio Castañeda se sitúa entre los pocos trabajos que se ocupan del Ejército. El volúmen no es estrictamente un análisis académico. Es algo más y muy interesante. De alguna forma, y quizás sin proponérselo, hace planteamientos que dialogan con los de Schrimer y Vela Castañeda. Y digo que sin proponérselo porque ninguno de estos dos autores está en la amplia lista de referencias bibliográficas del ensayo de Rubio Castañeda.

Hay seguramente muchas maneras de leer este libro. A mí me motivó la curiosidad que me provocaron los dos hombres que cito al inicio y con quienes nunca pude terminar de conversar. El primero, porque no he regresado al lugar donde vive. El segundo, porque personas cercanas a él no me dejaron volver a hablarle por miedo a lo que pudiera decir, como abiertamente expresaron.

Lo que más me intrigaba al comenzar a leerlo es que el coronel habla de “nosotros”. Dentro del Ejército de Guatemala han existido a lo largo de la historia diferentes corrientes de pensamiento. De hecho, la insurrección que culminó con la formación de la guerrilla guatemalteca salió de las mismas filas del Ejército, encabezada por jóvenes con educación que rechazaban la corrupción y el intervencionismo de los EEUU. El Ejército no es monolítico y también ahí hay diferencias ideológicas y se disputa la verdad y el poder para narrar la historia. En este ensayo pongo atención a los elementos novedosos del análisis. Aquello que otros autores han discutido poco y a las reflexiones e interpretaciones personales presentadas a lo largo del ensayo.

El libro me ha obligado a admitir y cuestionar algunos de mis prejuicios, debo reconocerlo, y ha despertado aún más mi curiosidad por esos “otros”, de quienes no se habla y con quienes no se habla: ¿puede sobrevivir la herencia democrática dentro de un Ejército dirigido por una cúpula corrupta?

Todo empieza en una colonia popular

El coronel inicia su libro desnudando su posición, su postura política y reconociendo sus privilegios. Este posicionamiento es una de las hebras del hilo conductor que organiza el libro:

Soy un coronel del ejército de Guatemala con 25 años de servicio a esa institución que me da de comer a mí y a mi familia. Soy fiel admirador del coronel Jacobo Arbenz Guzmán, el Soldado del Pueblo, principal ideólogo de la Revolución de octubre de 1944…

Vengo de la colonia popular Primero de Julio, de familia numerosa, con seis hermanas. Me eduqué en establecimientos públicos. Mis padres no tenían recursos para pagar estudios y salud privados. Ingresé a la Escuela Politécnica con una beca que incluía alimentación y vestuario…. Pertenezco a un ejército que da privilegios y beneficios sociales solo al 9% de sus integrantes: los oficiales. Los especialistas y soldados a pesar de ser mayoría y soporte de la institución, están olvidados por las cúpulas militares (pp. 1-2).

A lo largo del libro subyace una narrativa que da cuenta de una división dentro del ejército que tiene sus orígenes en el derrocamiento del coronel Jacobo Árbenz en 1954. Por un lado, estaban los oficiales del Ejército, nacionalistas y fieles a la institución y al gobierno; por el otro, los traidores, los liberacionistas apoyados por Estados Unidos. Esta división interna es poco conocida para la mayoría en Guatemala pero ha estado latente por más de sesenta años. La disciplina militar es muy efectiva para silenciar el disenso, pero eso no significa que dentro de las filas del Ejército exista consenso absoluto. Además, han ingresado al Ejército jóvenes que crecieron después de la guerra quienes seguramente tendrán otras inquietudes, aspiraciones y motivaciones.

Los medios de comunicación y en alguna medida los académicos, le han dedicado atención a las pugnas que surgieron entre dos grupos dentro del ejército durante la guerra, la Cofradía y el Sindicato, y la influencia política que han tenido en todos los gobiernos desde los 1980s. “El Sindicato” y “La Cofradía” han luchado por el control de instituciones y puestos clave para el enriquecimiento ilícito.

Los dos grupos se distinguieron entre sí también por su postura frente las negociaciones de paz. Durante la guerra los integrantes de La Cofradía, conocidos como “los estratégicos” abogaban por una línea dura y se oponían a las negociaciones de la paz. Los miembros de El Sindicato llamados también “los institucionalistas” apoyaban la estrategia de la guerra humanitaria “matar 30% y rescatar 70% de la población” como lo explicó Gramajo en una entrevista en Harvard.1 Manuel Callejas y Callejas y Luis Francisco Ortega Menaldo, ambos acusados de corrupción, violaciones a los derechos humanos y de tener vínculos con el narcotráfico son las figuras mejor conocidas de “La Cofradía”. Otto Pérez Molina, actualmente preso y acusado de corrupción, es la figura mejor conocida de “El Sindicato”.

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Sin embargo, sabemos muy poco sobre el legado de los miembros del Ejército que rechazaron la intervención de EEUU y el derrocamiento de Jacobo Arbenz. Sabemos que Yon Sosa y Turcios Lima se rebelaron junto a más de una docena de oficiales jóvenes del Ejército contra Miguel Ydígoras Fuentes, el 13 de noviembre de 1960 y luego integraron el primer grupo guerrillero en 1962. Sabemos que el 2 de agosto de 1954 un grupo de caballeros cadetes de las promociones 51, 52, 53, 54 y 55 se alzó contra el movimiento liberacionista, venciendo a los mercenarios. Luego, Castillo Armas los traicionó. ¿Cuál es el legado dentro del Ejército de esos jóvenes oficiales que defendieron la democracia y rechazaron la corrupción y el intervencionismo?

El libro del coronel Edgar Rubio Castañeda nos ofrece algunas luces. La herencia de los oficiales leales a Arbenz persiste dentro del Ejército.

Al inicio del libro, Rubio Castañeda posiciona su libro como una contribución a lo que él llama “El Segundo Movimiento Progresista”. Según él, “El Primer Movimiento Progresista” fue el de la Revolución del 20 de octubre de 1944. A lo largo del libro se trata de ajustar cuentas con la historia. Por ejemplo, repasa la intervención de EEUU en el derrocamiento de Arbenz y el financiamiento de la guerra. Luego hace consideraciones geo-políticas para finalmente recordar que Bill Clinton, mientras era presidente de EEUU, pidió disculpas públicas por la participación de su país en la guerra civil. Más adelante lamenta que no haya proceso legal contra los militares estadounidenses, ni contra los agentes de la CIA, ni contra las autoridades políticas de EEUU que estuvieron involucrados en la represión en Guatemala, escribe: “Nosotros pusimos los muertos (población civil, guerrilla y soldados) para proteger los intereses económicos” (p. 261).

También lamenta que no se haya incluido en el informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH) a los políticos, militares de la Escuela de las Américas, directores de la CIA y gobernantes estadounidenses por “apoyar bajo la mesa ese enfrentamiento [armado interno]”, que tampoco se haya incluido “a los oligarcas por financiar algunas operaciones militares, a los operadores políticos de la guerrilla… a los políticos de derecha y extrema derecha por engañar al pueblo y apoyar al Ejército en la lucha contrainsurgente…” (p. 262).

El libro del coronel Rubio Castañeda se articula con las diversas luchas por la memoria y por la historia que existen en Guatemala. Estas son luchas en las cuales memorias de actores subordinados están disputando la hegemonía de la historia oficial y con ello el poder de grupos hegemónicos: la cúpula corrupta del ejército y los grupos económicos de poder. El pasado se negocia constantemente en el presente para construir las posibilidades del futuro. Y el coronel Rubio Castañeda explícitamente alude a ese puente entre el pasado y el futuro. Por ello escribió el libro: si no se ajustan cuentas con la historia, si no se cuenta la verdad, el mismo Ejército correrá el riesgo de repetir los errores.

Que cambie todo para que nada cambie

El argumento central del libro es que a través de la historia, excepto entre 1944 y 1954, el Ejército de Guatemala ha servido los intereses de la elite económica del país. La elite, plantea Rubio Castañeda, considera a los elementos del Ejército como subalternos de quienes en cualquier momento se puede prescindir. En varias ocasiones hace referencia a que el racismo se expresa en las relaciones entre la elite y el ejército, que la oligarquía trata a los militares como basura y que siente desprecio por ellos (entre otras ver p. 248). Esto último ha sido expresado por otros anteriormente. Por ejemplo, militares que ocuparon altos puestos en el gobierno de Berger han relatado a otros investigadores sociales cómo se hacía diferencia entre ellos y los miembros de la élite del gobierno en cuanto a la comida y las bebidas que se les ofrecía a unos y otros en actos oficiales.

Para sostener el argumento de que para la elite económica el ejército es un instrumento al servicio de sus intereses presenta varios ejemplos tanto históricos como contemporáneos de cómo se articula dicha relación. Uno de estos numerosos ejemplos es que el ascenso al grado militar más alto está sujeto a los intereses económicos.

“…Los generales del ejército con aspiraciones presidenciales logran el máximo grado militar, no por méritos propios, sino por su subordinación al poder económico. Bien valdría la frase que reza: “detrás de un militar con el grado de general hay un oligarca” (p.23).

El libro sostiene con ejemplos que los ascensos a general están ligados a la corrupción y la política partidista, pero también al compadrazgo. Los coroneles que apoyaron financieramente al partido que gana las elecciones tienen la posibilidad de ser ascendidos a generales y con ello ocupar puestos más altos en el gobierno. Puesto que es el presidente quien decide sobre los ascensos, el proceso es politizado.

El análisis de Jennifer Schrimer sugiere que la firma de la paz en Guatemala fue parte de la estrategia militar por medio de la que la guerra continuaría por otros medios: la creación de un Estado constitucional contrainsurgente. Schrimer (p 259) concluye que, conscientes de los riesgos que un nuevo gobierno militar implicaría para la institución, los oficiales del Ejército llegaron al siglo XXI con una consciencia y sentido de autonomía que los separaba de los intereses de la oligarquía y de los intereses de seguridad de EEUU. Además, armados con una visión estratégica finamente articulada para mantener la institucionalidad militar y proteger al Estado de sus oponentes. Según Schrimer, dicho proyecto político-militar buscaría proteger la democracia a través de las fuerzas armadas como constructores del Estado y árbitros que decidirían sobre los limites legítimos de la oposición.

El aporte del coronel Rubio Castañeda, expande y cuestiona, aunque no explícitamente, el planteamiento de Schrimer. Según el análisis de Rubio Castañeda, el involucramiento de militares en el juego político, que empieza con los vínculos entre Gramajo y la Democracia Cristiana de Vinicio Cerezo en 19852, está motivado por intereses económicos. Estos –según el libro– se satisfacen al acceder a puestos e instituciones que han sido clave para el saqueo del Estado. Además, durante la guerra los militares crearon estructuras paralelas de corrupción, entre las cuales se cuentan las que están relacionadas a los casos “Cooptación del Estado” y “La Línea”. Los altos rangos de la jerarquía militar se enriquecieron también por la apropiación ilegal de tierras, por ejemplo, en la Franja Transversal del Norte, que el coronel llama “la Franja de los Generales” (p. 251).

Rubio Castañeda propone que el enriquecimiento y el acaparamiento de tierras, así como el involucramiento en la política por parte de la cúpula militar, ha sucedido en estrecha alianza con las elites y con apoyo de fondos del narcotráfico. Un ejemplo: Otto Pérez Molina fue nombrado director de inteligencia a principios de los años noventa, cuando no era parte de la cúpula militar. Según Rubio Castañeda, esto fue así por la relación subordinada que Pérez Molina mantenía con la elite económica, en particular con la familia Gutiérrez Bosch (p. 250; 269). Rubio Castañeda sostiene que, desde los noventa, la elite económica y la cúpula militar se aliaron para impulsar el ascenso al poder de Pérez Molina. La publicación de los wikileaks que revelan quién financió la campaña de Otto Pérez Molina apoya la tesis del coronel.

El proyecto político-económico-militar

Las relaciones entre la elite económica y el Ejército han pasado por diversas etapas, ha habido alianzas y rupturas. Quizás una de las rupturas más significativas sucedió en 2003 cuando la elite se negó a apoyar la candidatura presidencial de Ríos Montt y alcanzó el punto más crítico durante la crisis conocida como “jueves negro”. Debieron pasar diez años para que se fraguara una nueva alianza entre la elite y el sector del ejército de los oficiales de la guerra.

Durante el juicio por genocidio a Ríos Montt se empezaron a dibujar los contornos de esa nueva alianza. El CACIF usó varios argumentos, pero en una publicación de Amigos del País3 se hizo evidente que esta nueva alianza estaba en buena medida motivada por el miedo a que después de una condena a los militares, se continuara juzgando a civiles que habían participado en la guerra de otras formas. Un artículo publicado en Plaza Publica en 2013 da cuenta de algunos elementos de la alianza entre el ejército y la elite durante la guerra civil. Esta alianza se articulaba a través del financiamiento adicional a la contrainsurgencia, los cabildeos que la elite realizó en el extranjero para frenar sanciones internacionales por las violaciones a los derechos humanos en Guatemala, y que la elite puso a disposición del ejército avionetas para transportar tropa y bombas.

Rubio Castañeda sugiere en su libro que, con la nueva configuración de la acumulación concentrada en industrias extractivas, el interés de la élite es que el ejército mantenga una relación de dependencia con ellos:

Les interesa [a la elite] un Ejército que dependa de ellos y esté a su servicio. Tal es el caso de las aeronaves de la oligarquía (…) usadas especialmente para los reconocimientos aéreos en los momentos de crisis sociales, cuando, por lo regular, participan la Dirección de Inteligencia y la Dirección de Operaciones del Estado Mayor de la Defensa Nacional, recabando información de primera mano y consecuentemente planificando operaciones militares (p. 275).

Según el coronel Rubio Castañeda, el proyecto de la cúpula militar después de la guerra ha sido un complejo proyecto político-económico-militar en el cual se entrelazan el saqueo del Estado tanto por parte de la elite como de la cúpula militar corrupta, a través del financiamiento de campañas electorales en el que confluyen dinero de la oligarquía y del narcotráfico. La interferencia de militares retirados tras bambalinas en el juego político contribuye al sostenimiento de este proyecto.

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El resultado ha sido la configuración de un Estado constitucional contrainsurgente capturado por los intereses económicos, en el cual el Ejército está subordinado al poder económico tradicional.

Finalmente, el control oligárquico de la educación militar superior (a través de operadores políticos de la élite en las universidades Francisco Marroquín y Galileo), por medio del cual se establece el “sentido común” que termina alineando a los oficiales con los intereses de la elite (p.279-288).

El coronel Rubio Castañeda relata parte de sus experiencias como estudiante en estas universidades. Los medios de comunicación controlados por el sector empresarial también contribuyen a este fin de construir “sentido común” entre oficiales del Ejército.

Un ejemplo interesante que presenta el libro es el uso contemporáneo del Ejército para cuidar proyectos extractivos de la elite y de empresas transnacionales. La mina Marlin cuenta con un destacamento militar de la Brigada de Operaciones de Montaña en San Marcos; Perenco, con la Brigada Especial de operaciones de selva; los ingenios azucareros en la costa sur, con la Cuarta Brigada de Infantería y el Noveno Escuadrón de Reservas de Seguridad Ciudadana. Todos creados durante el gobierno de Otto Pérez Molina como pago a deudas de financiamiento de campaña electoral (p. 264-266). Mientras, por el otro lado, empresas estatales como la hidroeléctrica de Chixoy tienen que pagar más de Q50 millones a empresas de seguridad privada, muchas de ellas propiedad de exmilitares.

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La reducción del ejército en 2004 contribuyó a esta reconfiguración de las actividades del Ejército en la postguerra, según Rubio Castañeda. Los arquitectos de dicha reducción fueron Eduardo Stein Barillas, Richard Aitkenhead Castillo, Óscar Berger y Otto Pérez Molina (p. 293-294). Rubio Castañeda afirma que: “Prácticamente se fraguó un golpe político-empresarial al Ejército, para asegurar la presidencia al general Pérez Molina…” Esta reducción, que fue más allá de lo acordado en los Acuerdos de Paz y que ocurrió en tiempo récord sin ninguna protesta, contaba con el aval de la cúpula militar corrupta que recibió dinero para apoyar la propuesta (p. 295).

Si la interpretación es correcta, la reducción del Ejército permitió por un lado consolidar el control de la elite sobre un sector poderoso del Ejército y con ello el proyecto de un Estado constitucional contrainsurgente controlado por el poder económico.

Y por el otro, fortalecer el poder económico de la cúpula corrupta del Ejército.

Estos dos elementos serían las dos caras de una misma moneda.

¿Hacia la refundación del Estado?

Tras una extensa revisión de estudios académicos, el coronel Rubio Castañeda considera que habiendo sido el Estado de Guatemala fundado para servir los intereses de una elite económica racista y corruptora, el papel de Ejército de Guatemala está necesariamente sujeto a dichos intereses.

Entre las consecuencias de dicha subordinación se encuentra que solamente se responsabilice al Ejército de los crímenes cometidos durante la guerra. “Sólo los militares están siendo juzgados y procesados penalmente en los tribunales competentes, abandonados a su suerte, por esa guerra fratricida, que para colmo, no era nuestra guerra: fue un enfrentamiento importado e impuesto por intereses geopolíticos…” (p. 258), menciona, y añade que con la continuación del nuevo proyecto político-económico-militar el Ejército de nuevo es utilizado y manipulado por los intereses económicos: “…en pleno siglo veintiuno, nos vuelven a decir los gobiernos extranjeros, por medio de sus transnacionales en alianza con los oligarcas … que las demandas sociales de la población … son expresiones de terrorismo y comunismo por lo que debemos estar en apresto para actuar represivamente las veces que estos sectores poderosos e influyentes lo requieran” (p. 258). A juicio del coronel, esto volverá a dejar al Ejército como el único responsable de las violaciones a los derechos humanos, los asesinatos y la represión.

Más adelante, el libro hace un llamado a la unidad de todos los sectores del país para refundar el Estado de Guatemala: “Si verdaderamente queremos despojar del Estado y del poder político a esa oligarquía nos debemos unir los diferentes sectores de la sociedad: intelectuales, profesionales, sindicalistas, obreros, campesinos, exguerrilleros, asalariados, artesanos, agricultores e indígenas, concentrados en la clase media y clase baja o para resumirlo en pocas palabras: lo urbano con lo rural” (p. 55).

Rubio Castañeda sugiere que el Ejército podría tener un papel en la lucha pacífica para alcanzar el objetivo de la refundación del Estado. Es indiscutible que el Ejército posee los recursos de la violencia que podrían utilizarse como una amenaza latente en una transición. La pregunta que no tiene respuesta en el libro es si los militares del “Segundo Movimiento Progresista” podrían controlar esos recursos para asegurar que la violencia no fuera más que una amenaza.

La mayoría de las propuestas que se presentan en el libro se ubican ideológicamente dentro de la tradición de la social democracia: estimular la competitividad, modernizar y aumentar la recaudación fiscal, fortalecer la función social y redistributiva del Estado, fortalecer la democracia participativa y fortalecer al sector privado no oligárquico.

“Por las cúpulas militares, fuimos y somos un Ejército manipulable, aunque reconocerlo nos duele… Habrá algunos militares que se rasgarán las vestiduras vociferando a los cuatro vientos que somos un Ejército victorioso porque ganamos en el campo militar las batallas al enemigo. Lo cual cuestiono porque creo que seremos ganadores como institución cuando en este país se respeten los Derechos Humanos, no se mueran niños de hambre, se pague salarios dignos, haya oportunidades de empleo, se fortalezca al Estado y sus instituciones, se dé educación y salud de primera calidad, los campesinos tengan tierra para sus cultivos, la carga tributaria sea progresiva y los recursos naturales sean aprovechados por el Estado” (p 296-297).

Rubio Castañeda no cree que sea posible forjar un pacto amplio con las elites mientras no se termine con la corrupción dentro del Ejército. Como un primer paso, esto es obviamente necesario, aunque es difícil imaginar cómo se llevaría a cabo.

Hay muchas reflexiones interesantes y acertadas en el libro. Sin embargo, en términos de realpolitik no siempre parecen viables, aunque puedan generar simpatía. Por ejemplo, el coronel sugiere que en términos geopolíticos, existe la posibilidad de que Guatemala pueda ampliar sus alianzas e incluya a China y Rusia para terminar con la dependencia a los intereses de EEUU y de esa manera cortar las posibilidades del lobby de la diplomacia empresarial guatemalteca en Washington. En Centro América, Nicaragua ofrece un buen ejemplo de que el acercamiento a China y a Rusia no necesariamente garantiza que se confronte el poder de la elite económica, que se termine con la corrupción o que se fortalezca la democracia.

Epílogo

La reacción del Ejército, de los operadores políticos de la elite y de sus voceros, parecen indicar que las palabras del coronel causan mucho malestar. No cabe duda que Rubio Castañeda es un hombre muy valiente al escribir este libro mientras está de alta en el Ejército. Ha tenido que responder ante el tribunal de honor de la institución, y está siendo víctima además de una campaña de desprestigio y de amenazas.

Desde el cuartel. Otra visión de Guatemala es lectura obligada tanto para académicos como para el público en general.

El ensayo del coronel Rubio Castañeda invita a continuar trabajando el tema. En lo personal, me parece interesante tratar de entender cómo ha persistido el legado democrático dentro del Ejército. El coronel representa un ejemplo de ello: es un hombre joven que seguramente ingresó a la Escuela Politécnica a finales de los ochentas. ¿Cómo y cuándo empezó su relación con las ideas de Jacobo Arbenz? En mi trabajo he conocido oficiales aun más jóvenes que el coronel, de baja pero que igualmente critican abiertamente la alianza del Ejército con las elites, la corrupción y que se les use para reprimir las demandas sociales. Y una pregunta sigue inquietándome: ¿cuántos militares dentro del Ejército comparten la interpretación de la historia y la política presentada por Rubio Castañeda?
 

1 Jennifer Schrimer 1991 "The Guatemalan military project: an interview with Gen. Hector Gramajo," Harvard International Review, Vol. 13, Issue 3.

2 Gramajo fue nombrado Jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional durante el gobierno de Cerezo, según el libro, gracias al pago de favores políticos.

3 Reflexion de la Asociacion de Amigos del Pais sobre la verdadera reconciliación nacional. Siglo XXI 15.04.2013

Rubio Castañeda posiciona su libro como una contribución a lo que él llama “El Segundo Movimiento Progresista”
Si la interpretación es correcta, la reducción del Ejército permitió por un lado consolidar el control de la elite sobre un sector poderoso del Ejército y con ello el proyecto de un Estado constitucional contrainsurgente controlado por el poder económico.
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