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De la tortura al arte

No se pide venganza, sino provocar reflexión, impulsar las “memorias” colectivas, fortalecer la solidaridad, porque como se dice en el libro del Archivo Histórico de la Policía, “los pueblos que no conocen su historia, no entienden su presente y no saben quiénes son”.
“Pero este acto, sobre todo, es esperanzador. Donde antes torturaban, ahora hay arte”
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De la tortura al arte

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Un muro separa el edificio en que se encuentra el Archivo Histórico de la Policía Nacional de la chatarra de los viejos carros que utilizaban. Su construcción se hizo con el objetivo de proteger el archivo -más grande de Latinoamérica en este género- del fuego que con frecuencia se originaba entre los abandonados trozos de metal. Nunca se pensó que pudiera ser usado para hacer arte. Nunca se imaginó que los rostros orgullosos de Rogelia Cruz, Rosario Cuevas y Efraín Bámaca estarían mirando a los transeúntes y a los trabajadores de una institución que hace años les torturó y les asesinó.

Redes-lateral

“Sus verdugos nunca pensaron que algo así podría ocurrir”, explica, con una sonrisa, Roberto Méndez, de la organización Hijos, mientras observa cómo se elabora el dibujo; y en seguida añade: “Pero este acto, sobre todo, es esperanzador. Donde antes torturaban, ahora hay arte”. 

Una vez con el muro recién levantado, se decidió que había que darle vida. Porque si el arte es transformador, se quería convertir un lugar oscuro, tétrico, uno de los más represivos de los años 80, donde graves violaciones de Derechos Humanos se produjeron; en otro lleno de color, de alegría, de esperanza, de risas, de pinturas, de música, de jóvenes…

Al principio de la mañana hay todavía pocos grupos trabajando en los murales que deben cubrir todo el tabique. El de Gerardo Orizábal, del colectivo del Barrio de San Sebastián en gestión cultural, es de los primeros en llegar y por tanto, es la creación más avanzada. “Es una actividad muy emotiva y muy positiva, para que la gente se entere de lo que es el Archivo Histórico”, dice Orizábal y añade que algunos de los más mayores del grupo ya habían tenido contacto con esta institución, porque habían venido a buscar información, pero para los más jóvenes es todo un descubrimiento. “Es algo que todos tenemos que saber para que no se repita la historia”, explica mientras le consultan cómo van quedando las palomas que están dibujando: Una en fondo negro, con sangre, muerta, con su corazón amordazado; y la otra, viva, libre, con esperanza, con energías para volver a ser el símbolo ansiado de la paz.   

La mayoría de los participantes conocen las atrocidades que se cometieron en la Isla, como denominaban el lugar donde se ubicaba el sexto cuerpo de la Policía Nacional, uno de los más duros de aquellos años de guerra. De hecho, asisten personas que lo sufrieron en carne propia, como es el caso de las mujeres llegadas de los departamentos de Huehuetenango, Chimaltenango y Alta Verapaz. No quieren que se publique ni su nombre, ni la aldea de la que vienen, aún se percibe miedo en sus intervenciones, pero se han atrevido a visitar la capital unos días, para, a través de la pintura, poder expresarse. Entre todas han superado las barreras del idioma y juntas han creado el dibujo que están elaborando. Ahora una mujer serena, de perfil, les representa. “Estamos más fortalecidas”, comenta con orgullo una de las promotoras de Alta Verapaz. “Esto es como una terapia, es una forma de superar un trauma, porque todas hemos sido víctimas del conflicto y queremos ayudar a que las próximas generaciones no olviden la historia y sepan lo que hizo el gobierno”, añade.    

Sin embargo, otros jóvenes no tienen tan claro qué pasó hace años dentro de ese muro, ahora lleno de colores. Es el caso de Idania, de 15 años, que no lo sabe exactamente; pero lo que sí le han contado con todo lujo de detalles es lo que ocurría en su tierra, en Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla, hace varios años: “Antes nos discriminaban, pagaban muy mal el trabajo de la caña, pero gracias a que varias personas lucharon, lograron que nuestras familias tuvieran un sueldo justo”, explica después de haber dejado de pintar una mujer triste, que sufre, rodeada de calaveras y soldados. “Representa cómo era la situación de los trabajadores antes”, señala. Al lado, otras niñas, igual de risueñas que Idania, dibujan el sol, la tierra, la naturaleza, la situación actual, mucho más esperanzadora que la de hace años.  

Luis Caal también es muy joven, pero sabe perfectamente lo que pasó, no solo no lo olvida, sino que lo transmite y lo enseña en el Instituto de Educación Popular, donde trabaja en Ciudad Quetzal. “Es una educación abierta, donde se utiliza el arte como una herramienta más de aprendizaje. Queremos dar a conocer la verdad, pero destacando la oportunidad de tener un futuro mejor”, opina. Por eso, cree que este tipo de jornadas son muy útiles para propiciar “un caminar juntos”. Su grupo, aliado con Caja Lúdica, además de la pintura, ha realizado una performance y desarrolla una obra de teatro en donde representan a las patrullas clandestinas.

Fray Augusto   

Cuando aún no habían surgido los rayos de sol más potentes, se hizo una parada para presentar la jornada, donde tuvo un espacio protagonista Fray Augusto Ramírez Monasterio, asesinado el 7 de noviembre de 1983.

Sus familiares fueron de los primeros que se acercaron al Archivo Histórico de la Policía Nacional, cuando se descubrió en 2005, para averiguar qué había pasado. “No queríamos más que tener la información sobre ese capítulo de su vida, el asesinato, pero solo para usarla a nivel de Iglesia”, dice Ana Morales, su sobrina, mientras su madre, Graciela, sostiene una foto de su hermano. Sin embargo, al saber que estaban investigando el caso de Fray Augusto, su familia fue perseguida y amenazada. “Nos pusieron una mendiga para que nos vigilaran y hasta que Helen Mack no nos ayudó y mandó un fax al Ministerio de Defensa para que supieran que no íbamos a hacer nada con esa información, no desapareció la mendiga de nuestra casa”. Y es que según Morales, “estas situaciones de control se siguen dando (…) Guatemala no ha cambiado, sigue igual, nosotros somos los que tenemos que cambiar, seguir en la lucha, y apoyar este tipo de actos”, concluyó.  

Monumento Memorístico

“Dicen que vino el fuego, pero vino la alegría”, gritan muchos niños. Van en zancos, tocan la percusión o simplemente bailan. Se dirigen hacia lo que parece un monumento hasta entonces tapado con una tela azul oscura. Esta cuarta edición de la celebración del Festival Muralístico y cultural de la Memoria y la Esperanza, es especial, porque se descubrió el Monumento Memorístico, con materiales donados por Guatemármol y realizado por el artista Max Leiva. Está compuesto por dos piedras de mármol, una encima de la otra, pero separadas. La de abajo es verde, lisa, muy pulida; y la de arriba, de color café, en estado natural, con muchas erosiones y grietas, que también está partida en dos. Esta es la que representa a las dos Guatemalas. “El país está fracturado, dividido y nuestro reto es trabajar por unirlo”, explica Gustavo Meoño, el director del Archivo Histórico de la Policía Nacional y uno de los antiguos miembros del EGP hoy acusados por Ricardo Méndez Valdés, el hijo de un viejo ministro de Gobernación, de haberlo secuestrado. El significado de la obra escultórica es, según Meoño, “dignificar a las víctimas. No solo a las del conflicto armado. También a las de la violencia común, a los pilotos asesinados de bus…”. 

Varios jóvenes ponen velas en la escultura, se hace una oración y alguien toma la palabra: “Por mucho que el gobierno esté liderado por un militar que aún tiene cuentas pendientes; en el nombre de todos los caídos que lucharon por una Guatemala diferente, bendecimos este monumento”.   

La reciente victoria en las elecciones de Otto Pérez Molina, con el Partido Patriota, es algo que incomoda y preocupa a la mayor parte de los participantes en esta actividad. Roberto Méndez, de Hijos, considera un ataque directo al arte las proclamaciones de los militares de hace unas semanas cuando dijeron que “gracias a ellos es que existe libertad de expresión, no a los poetas”.

“Históricamente han tenido interés por hacer callar todas las expresiones en contra del sistema hegemónico”, agrega. Pero estamos en otra época, el arte comprometido ha crecido mucho en Guatemala y aunque aún hay cierto temor de que épocas peores vuelvan a repetirse, en realidad, a todos les une un sentimiento de esperanza. Una palabra que se repite en varias ocasiones y dibujos, como en uno de ellos, en donde las raíces de los árboles crean esta palabra.     

El arte comprometido es el que se está creando, hoy en día, en las instalaciones del Archivo con el objetivo principal de formar conciencia. No se pide venganza, sino provocar reflexión, impulsar las “memorias” colectivas, fortalecer la solidaridad, porque como se dice en el libro del Archivo Histórico de la Policía, “los pueblos que no conocen su historia, no entienden su presente y no saben quiénes son”.

Por eso, la importancia de los 80 millones de folios que están en este edificio, construido en un principio como un hospital para la Policía. Cuando se encontraron -apilados, abandonados, húmedos, víctimas del tiempo y de las plagas- algunos dudaron de su utilidad, como el entonces ministro de Gobernación, Carlos Vielmann, quien lo primero que expresó fue: “¿Para qué perder el tiempo en ese montón de papeles viejos?”, según Del Silencio a la Memoria: revelaciones e Archivos de la Policía Nacional. Hoy, sin embargo, nadie cuestiona la relevancia de este archivo, el más grande en su género en toda Latinoamérica. 

Gracias a la cooperación internacional se pueden hacer actividades de este tipo, que visibilizan la historia en Guatemala, y continuar con el arduo trabajo de más de 150 personas que con una paciencia infinita limpian, clasifican, ordenan, describen, digitalizan y analizan cada hoja encontrada. Por ahora, el ritmo es bastante rápido, al año se digitalizan 2 millones 800 mil folios, pero todavía queda mucho por hacer para que todas las víctimas, como deseaba una las mujeres llegada de Alta Verapaz, puedan conocer lo que les pasaron exactamente a sus parientes, que fueron desaparecidos y asesinados. Ni siquiera piden justicia, solo saber qué paso, aunque siempre se seguirán preguntando por qué.

Pero estamos en la cuarta edición del Festival Muralístico y cultural de la Memoria y la Esperanza, donde todo es arte, color, alegría. Isabel Recinos, del grupo Axis y del Instituto  Internacional de Aprendizaje para la Reconciliación Social, IIARS, resume muy bien el ambiente actual en el dibujo que creó junto a su grupo: “Ahora ya podemos hablar del pasado. Aquí ya no hay silencio”. Ni tampoco, más gritos de tortura.  

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