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De la precariedad al desarrollo, pero ¿de quién?
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De la precariedad al desarrollo, pero ¿de quién?

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En la actualidad, la discusión sobre las migraciones está muy enfocada en la visión de los derechos humanos. En este contexto se olvida que la migración tiene un impacto enorme en la economía. Dependiendo de las políticas, este impacto puede cimentar las estructuras del país o predecir un desarrollo más equitativo.

No se sabe a ciencia cierta cuántas personas originarias de Centroamérica salen anualmente en dirección al Norte con el fin de buscar una mejor vida en los Estados Unidos, aunque sea como indocumentados. Las estimaciones varían mucho. Más o menos 100 000 guatemaltecos y guatemaltecas se encuentran entre ellos: hombres, mujeres y niños que ya no confían en un futuro mejor en su propio país. Posiblemente se les abrirán oportunidades, aunque muchas veces a un precio muy alto. Pero ¿quién habría pensado que son justamente ellos y ellas, en su mayoría gente muy poco privilegiada, quienes contribuirían de forma determinante al desarrollo económico de Guatemala?

Alrededor del 11 % del PIB se basa en las remesas familiares, más que en la cooperación internacional, en la inversión extranjera directa e incluso en los cuatro principales productos de exportación de todo el país. «Considerando que también la población crece constantemente, sin remesas prácticamente no existiría crecimiento per cápita»[1]. El papel de las remesas ya no es un secreto: equilibra la balanza de pagos y tiende a disminuir la pobreza, así como a incrementar las importaciones y con ello a beneficiar a las grandes empresas importadoras. De forma directa se benefician también la telefonía, los transportistas, algunos bancos y la industria de la construcción. Por otro lado, la remesa también crea el riesgo de una mayor inflación, sobrevaluación del quetzal y con ello un encarecimiento de las exportaciones, una línea tan apreciada de la política económica del país.

Pero aquí no termina la complejidad del tema. En todo caso, sorprende que, cuando se habla de migración, todos piensan solo en los derechos humanos. La gran mayoría —el Congreso, las organizaciones de la sociedad civil, las Naciones Unidas y el sector privado— parece compartir esta visión. La idea de ver la migración como un factor de desarrollo es comúnmente rechazada con el argumento de que solo se trata de apoyo familiar.

Es importante resaltar que la migración es, en primer lugar, un tema de derechos humanos, pero también un factor de desarrollo. Por la magnitud de su impacto económico habría que preguntarnos qué tipo de desarrollo se busca. Como se expresó antes, en su actual concepción, la migración y la remesa juegan un papel decisivo para la supervivencia del actual modelo económico, enfocado en la importación, la exportación de recursos naturales y la precariedad laboral. Ambas, migración y remesas, han mostrado algunas vías de solución para el país sin que nada tenga que cambiar. Estos fenómenos han contribuido a disminuir la conflictividad y la disponibilidad para exigir cambios. Cientos de miles de guatemaltecos apuntan a la migración como una de sus esperanzas de cambio.

La discusión sobre la relación entre migración y desarrollo parece todavía un tema inconcluso y sin consensos. En los años 1960 se suponía que la migración favorecería sobre todo a los países de origen, hasta que el debate sobre la fuga de los mejores, el así llamado brain drain, le dio un giro a la discusión. Hoy en día, mientras los medios y el debate político causado por la migración acentúan las turbulencias en los países del Norte, la mayoría de los analistas reconocen el efecto positivo de la llegada de los migrantes. Pero ¿es la opinión de los países beneficiados, o bien planteamientos de algunos sectores económicos? Parece evidente que el crecimiento de Estados Unidos se debe también a la llegada de los migrantes, pero tampoco se puede negar que, a consecuencia de ello, los sindicatos y los salarios han sufrido reveses. En todo caso, hay que tomar en cuenta que la migración contemporánea forma parte de la era de la globalización y de sus recetas económicas.

¿Qué nos enseña el debate sobre migración y desarrollo para el futuro quehacer de un país como Guatemala? En una reciente publicación se trata de delinear acciones que podrían romper el círculo vicioso de la expulsión de los guatemaltecos y las guatemaltecas y propiciar un desarrollo más equitativo [2]. Los autores proponen una política de vinculación del Estado con las asociaciones de migrantes en el extranjero, sobre todo en Estados Unidos, donde residen el 80 % de los connacionales que dejaron el país. Recomiendan una mayor educación financiera con el fin de integrar un mayor porcentaje de remesas al sistema bancario, aumentar el ahorro e impulsar proyectos. Y para fines sociales, inversiones en la pequeña y mediana empresa, sobre todo para impulsar el comercio nostálgico. Los autores pretenden desarrollar soluciones técnicas, aunque se olvidan de detallar la importancia de los cambios en las políticas públicas y en la capacidad del Estado. Pareciera que fuera suficiente apostarle al sector privado.

Sin embargo, en un aspecto dejan entrever una visión más sistémica. Según ellos, una economía que se basa en la producción agroindustrial y de otros recursos naturales tiende a mantener salarios bajos y un nivel educativo precario, que posteriormente limita las posibilidades de desarrollo sostenible de la población e incluso promueve la expulsión de los y las migrantes.

No habría que olvidar que el tema de la migración está intrínsecamente ligado al del desarrollo. Guatemala por sí sola no puede resolver las causas globales de la masiva migración, pero falta contribuir a una mayor conciencia de las causas sistémicas y nacionales, sin olvidar que las soluciones tienen que orientarse a lo posible y viable. En la academia, en la sociedad civil y en la política es urgente llevar a cabo un cambio de paradigma. El cuidado de las personas no debería empezar en la frontera con México, en el camino al Norte. Por supuesto deben mejorarse los derechos humanos de los migrantes, pero las personas deberían tener, en primer lugar, un derecho a no migrar y a poder hacer realidad sus sueños en sus propios países.

 


[1] Bornschein, Dirk (2015). El desarrollo postergado. Las políticas acerca de las migraciones entre intereses sectoriales y debilidades del Estado. Guatemala: Flacso, Policy Paper. Pág. 8.

[2] Orozco, Manuel y Julia Yansura (2015). Centroamérica en la mira. La migración en su relación con el desarrollo y las oportunidades para el cambio. Buenos Aires: Editorial Teseo.

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