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De cuando Caín viajó conmigo
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De cuando Caín viajó conmigo

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Fue en el autobús. Una historia para hacer más leve el viaje. Una narración tan primigenia como el mito de Caín y Abel. ¿Fue una confesión o el relato de un mórbido deseo?

Terminé por clasificarlo como poco peligroso: llevar una pistola no es algo mal visto en oriente.
Él me dejó sin nada, no le importaron tantos años de trabajo. Por eso esta vez ya no vine a reclamarle, solo lo esperé afuera de su oficina y cuando salió y trató de ignorarme, le pegué dos tiros.

Un guardia de seguridad registraba al hombre de unos 30 años, ancho de espaldas, moreno, de ojos verdes y bigote ralo, que le entregaba una pistola. El arma la guardaría el chofer durante el viaje y al finalizar éste se la devolvería. Lo usual. Una camisa a cuadros color ocre, un sombrero de piel de reptil y unas botas escamadas componían el atuendo del hombre ahora desarmado. Era una calurosa mañana de verano y junto a otro medio centenar de pasajeros esperábamos la partida del autobús en dirección al oriente de Guatemala, de regreso a casa, a pasar un fin de semana en Chiquimula. Continuaba la ampliación de la ruta al Atlántico y eso significaba dos o tres horas de espera adicionales al viaje.

El bus no se movía, y yo cada tanto levantaba la vista de El siglo de las luces, el libro de Alejo Carpentier que tenía entre manos, para observar a los pasajeros que subían, tratando de adivinar quién me acompañaría durante el trayecto. El hombre al que recién había revisado el guardia decidió sentarse junto a mí, a unos asientos del conductor.

Una leve paranoia a los asaltos y al gatillo ligero de los pasajeros me hizo mirarlo de reojo un par de veces. Hice un recuento de las historias de asaltos a autobuses y la respuesta de los parroquianos armados. Terminé por clasificarlo como poco peligroso: llevar una pistola no es algo mal visto en oriente. Me alcanzaba un leve olor a alcohol y a jabón barato. Aguardamos la salida del vehículo, con el silencio espeso de dos personas que no tienen mucho que decirse, compartiendo la respiración pesada y el hartazgo acumulado.

Tal vez él fue el primero en maldecir el calor, la lentitud de los trabajos en la carretera y, de nuevo el calor; o tal vez fui yo. No lo recuerdo. Lo cierto es que en una de las pausas de la lectura, y ya atorados en una fila de autos, sacó de su mochila una botella de ron. Me ofreció un trago y lo acepté convencido de que aquel sólo era el preludio. No me equivocaba, entre el sopor de la mañana se iba abriendo a hablar de a poco. Compramos a las vendedoras que subían y bajaban del autobús encallado en la fila de vehículos unas Coca Colas y vasos de plástico...

Dijo llamarse Víctor y me preguntó qué leía. “Un libro de la universidad”, le respondí. Dijo que era una gran cosa el estudio, que él había querido seguir estudiando, pero lo habían sacado de la escuela al terminar la primaria. Que trabajaba desde entonces. Que su hermano, medio hermano en realidad, sí había estudiado, que era abogado como su padre. Hablaba dando vueltas sobre un mismo punto, añadía detalles, sumaba una anécdota graciosa o extraña, lo agotaba, y pasaba al siguiente punto. Cada tanto echaba hacia atrás el sombrero para dejar correr las gotas de sudor y fruncía el ceño al tratar de ver algo entre la fila de vehículos parados en la carretera. Afuera con el sol en el cénit la tierra se calcinaba y brillaba de manera blanquecina.

Por alguna razón las personas me cuentan sus historias. El taxista en un viaje cualquiera, una señora en la cola del supermercado… tal vez porque no los interrumpo con juicios, tal vez porque nadie los escucha y prefieren desgranar su vida con alguien que les responde con una sana indiferencia y a quien no volverán a ver. Víctor fue una de estas personas, de esos relatos que vienen de ninguna parte. Con su voz ronca, dando rodeos, se fue acercando a la historia que quería contar. Pero mientras llegaba a la historia, me enteraba de compras y ventas, de tierras, de traspasos y cuentas por saldar. Entre un trago y otro las formas se fueron suavizando. Orondo, con hablar pausado, empezó a soltar una historia que me sonaba vagamente familiar, un relato de fronteras interiores y migraciones.

La historia de éxito de su padre, fallecido hacía poco, corría a la par de la de Petén. Víctor decía que su padre se había dedicado a legalizar terrenos sin dueño para grandes propietarios en el departamento más grande de Guatemala: coroneles, generales, finqueros que se expandían hacia el norte. Su padre había dejado Zacapa para trabajar en el Registro General de la Propiedad y luego había abierto su propio bufete. Con el tiempo también había comprado tierras en Petén.

—Yo soy el hijo bastardo —decía Víctor—, el que creció en la finca, el que estudio hasta sexto primaria, el que terminó por cuidar la tierra. El que la administraba y rendía cuentas.

Su hermano, en cambio, era el hijo “reconocido”, el de una “familia bien”. El que fue a un colegio católico y luego a la universidad, el bienamado, el querido. Cuando su padre murió, su madre le pidió que fuera a reclamar su herencia, que pidiera lo que le correspondía. Viajó a la capital muchas veces, siempre tratando de arreglar, “por las buenas”, dice, lo que el viejo debió haber finiquitado. En la última visita el hermano éste le reclamó hasta el picop que conducía. Víctor se lo entregó porque los papeles no estaban a su nombre sino al de su padre muerto.

—Es una gran cosa los estudios, un abogado puede torcer la ley cuanto quiera—, decía Víctor, mientras nos tomábamos otro trago, tal vez el tercero. Con paciencia se iban formando las escenas, entre la espera en las filas de carros, en el calor interminable y en la acumulación de detalles del relato. Era curioso, parecía que disfrutaba la narración de una historia que no lo favorecía, en cada tramo del relato acumulaba derrotas, errores, engaños. Pero no dejaba de añadir detalles, como el acusado que ha repasado mil veces el expediente de su caso y tiene algún consuelo en enumerar todos sus reveses y las pruebas en su contra.

Cada tanto, yo le hacía una pregunta que abría la siguiente fase de la historia que veía crecer como inevitable, como certera.

Su hermano le pidió encontrar compradores para todo, para el ganado, para la tierra. Le pidió hacerlo pronto, le prometió una comisión.

—Un abogado puede torcer la ley —repetía Víctor—. Él me dejó sin nada, no le importaron tantos años de trabajo. Por eso esta vez ya no vine a reclamarle, solo lo esperé afuera de su oficina y cuando salió y trató de ignorarme, le pegué dos tiros.

Era una confesión amarga. Las últimas palabras las pronunciaba como escupiéndolas con un mal sabor de boca. No puedo decir que me sorprendiera, esperaba una conclusión violenta, aunque tal vez no esa. Tampoco pude dejar de pensar en la historia de Caín y Abel y sus mil variaciones, en los relatos de odio filial, en el silencio del padre muerto, en los reclamos de la madre.

Afuera el sol calcinaba el asfalto, adentro tomábamos nuestra coca colas con ron. Lo que más recuerdo de su expresión en ese momento son sus suaves ojos verdes, el bigote ralo y la promesa de una papada en su cuello tostado de sol. Unos ojos que no parecían reflejar dureza aunque la voz ronca hablara de muerte. “Eso fue ayer —prosiguió—. No sé si se murió, supongo que sí. Se quedó muy quieto. No venía a hacerlo, no sabía lo que iba a pasar”.

Después se hizo el silencio. Un silencio ablandado por el alcohol, se entrecerraban los ojos a cada tanto.

Víctor me había hecho una confesión y no valía hacerse el dormido aprovechando el calor, los tragos y el monótono paisaje de montañas peladas que ahora comenzaban a moverse. No quise insultarlo dudando de su relato. Le correspondí con una historia familiar de sangre, poder y muerte. Con una historia que me narraba mi abuela sobre su padre. Y cada tanto él asentía con reconocimiento. “Todas las historias ya se han contado”, me decía a mí mismo. Pero no dejaba de cuestionarme el porqué de la confesión. Aquí es fácil matar y vivir sin miedo al castigo. También muy fácil fantasear con dar muerte. Lo pude imaginar narrando la historia a otros auditorios, con otros detalles, pero con el mismo deseo mórbido de que el relato cobrara vida.  

Antes de que él bajara del autobús en Zacapa me preguntó qué estudiaba en la universidad.

—Literatura— le respondí, casi con vergüenza.

—Eso es bueno —me dijo—. Siempre me han gustado las historias y los cuentos. Cuando era niño mi padre solía dejar libros en su finca, todavía rotulados con el nombre de su hijo reconocido.

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