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Coca, plomo, dólares y traición

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Coca, plomo, dólares y traición

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Durante casi dos décadas, la familia Lorenzana gastó miles de dólares para ocultar sus actividades de narcotráfico en Guatemala. Pero hace un año, la posibilidad de envejecer en una cárcel de EE.UU. llevó a seis de sus ex socios a contarlo todo en la Corte Distrital en Washington, D.C., según el expediente que contiene sus casos. Este fue el resultado de una investigación de diez años, que justificó la captura y extradición de tres Lorenzana. Esos testimonios, y los de cinco detectives, inclinaron a un jurado a declarar culpables a los hermanos Eliú y Waldemar Lorenzana Cordón. Estas son sus historias y la tercera y última parte de la serie.

Redes-lateral

La conexión Handal-Lorenzana: 2005-2006

En la vida pública, David Orlando Andrade Ramírez, de Honduras, se vendía como un empresario: dueño de una compañía de transporte y otra de construcción.

Le preguntó un fiscal:

—¿Usted tenía otra ocupación en Honduras?

Respondió:

—Era narcotraficante.

Una fiscalía especial en la capital estadounidense pedía su captura y extradición por conspirar para intentar llevar droga hacia EE.UU. No era poca cosa. Era una conspiración por 2,700 kilos de cocaína. La policía lo capturó en Cali, Colombia, y lo extraditó a EE.UU. Andrade se declaró culpable y comenzó a cooperar, aunque todavía no le habían ofrecido rebajas a su condena cuando declaró en el juicio contra los Lorenzana Cordón, en marzo de 2016.

Para entonces, Andrade era todo un criminal de carrera: Comenzó vendiendo droga al menudeo en La Ceiba, Atlántida, Honduras entre 1992 y 94; siguió como coyote, llevando a migrantes indocumentados hasta EE.UU. entre 1994 y 1998. En 1998, él mismo viajó como indocumentado a EE.UU. y se quedó hasta 2004, trabajando en construcción con documentos falsos. Cuando volvió a Honduras, se reintegró a las filas del narcomenudeo en Puerto Cortés, y se graduó hacia narcotráfico a gran escala, mientras sobornaba a autoridades en México, Guatemala y Honduras. También falsificó dinero en Honduras.

“Entre 2005 y 2006, trabajé con José ‘Chepito’ Handal y Pedro Guevara Alberto”, dijo Andrade. Handal era un destacado empresario en Honduras hasta que EE.UU. lo vinculó con el narcotráfico, y autoridades hondureñas lo capturaron en 2015 por el mismo delito. Guevara fue capturado en 2016 con casi dos mil dólares en efectivo en Honduras. Pero hace diez años, Guevara le pidió a Andrade transportar un cargamento de 500 kilos de cocaína desde San Juan Pueblo, en Ceiba (Atlántida), hasta la finca de un sujeto llamado Hugo Galdámez, en Cuyamel, Cortés, cerca de la frontera nororiental con Guatemala. Un sujeto identificado como Danilo Peña vendía la cocaína en La Ceiba (donde fue acribillado en 2016), y Handal conseguía compradores. Hace once años, uno de sus compradores era Eliú “El Negrito” Lorenzana.

—¿Qué le dijo Chepe Handal acerca del Negrito Lorenzana? —le preguntó el fiscal.

—Que era de confianza y una persona seria—respondió Andrade. —Eso me tranquilizó.

Andrade recogió un camión Kia de Handal en San Pedro Sula. Desde allí, Guevara y Handal lo acompañaron a la finca de Peña en San Juan Pueblo, La Ceiba. Metieron 500 kilos de cocaína en una caleta del camión. Mientras lo cargaban, Andrade escuchó que Handal telefoneó a Eliú Lorenzana Cordón. Andrade viajó solo en la cabina del camión mientras lo conducía a Cuyamel, pero lo custodiaban dos vehículos de avanzada (Handal en el primero, y Guevara, en el segundo) y lo seguían dos atrás, de seguridad —para advertirle si había presencia policial y tuviera tiempo para evadirla.

Por si acaso, Andrade también llevaba consigo una pistola. De regreso, hicieron escala en la bodega de una empresa de Handal, “Auto Repuestos Handal”, en San Pedro Sula y después se dirigieron hacia Cuyamel. La finca de Galdámez estaba a 15 minutos de la frontera en Corinto. Según Andrade, Galdámez les aseguró que tenía a la policía “bajo control”, y que tenía acceso a las autoridades en Corinto, en la frontera.

—Describa cómo era la finca de Galdámez —le dijo el fiscal.

—Sí, señor —respondió Andrade—. Era una propiedad enorme con establos y ganado, y está justo a la par de la autopista principal que lleva de Puerto Cortés a la frontera con Guatemala. La nueva autopista está más lejos.

Andrade relató que, al llegar, vio a Galdámez y sus trabajadores, y a Eliú Lorenzana con seis trabajadores que le acompañaban desde Guatemala, y su hermano Waldemar. Handal saludó primero a Eliú, quien aparentaba ser el jefe del grupo y sólo observó cuando descargaban el camión Kia, según Andrade. Varios de los presentes portaban pistola, o fusiles AK-47 o AR-15.

“El señor Eliú sacó un cuchillo, tomó uno de los kilos descargados y cortó una abertura en forma de diamante”, dijo Andrade. “Por la abertura, en las varias capas de cinta adhesiva, salió un puñado de polvo blanco, cristalizado, que parecía diamantes o brillantina. Le gustó porque esa es la apariencia de alta pureza. Repitió el proceso con tres o cuatro kilos. Luego metieron los 500 kilos en sacos de nylon y los subieron al camión que llevaron los trabajadores del señor Eliú, un camión para transportar por lo menos cinco cabezas de ganado; tenía placas de Guatemala”.

Lorenzana Cordón ofreció volver con el dinero en diez días. Regresó en cuatro. Lo llevaban en el mismo camión encaletado. Handal y Guevara contaron el dinero: US$3 millones en paquetes de US$40 mil.

—¿Reconoce a los hermanos Lorenzana Cordón entre las personas que están hoy en la corte? —le preguntó el fiscal.

—Eliú Lorenzana está en la primera silla (frente a mí), tiene lentes, una chaqueta negra y una camisa sin corbata—respondió—. Waldemar tiene una camisa verde sin corbata y una chaqueta negra.

Andrade no titubeó, como tampoco lo hizo cuando repitieron la operación para el traslado del segundo cargamento de 500 kilos, y que también narró a la corte. Por la faena, le pagaron US$30 mil.

El testigo dijo que su relación con los Lorenzana Cordón siempre fue indirecta, porque ellos eran clientes de Handal. “Eso quiere decir que cada vez que José Handal tenía cocaína para la venta, se las vendía a ellos; ellos eran sus compradores”, explicó. Andrade trabajó para Handal y Guevara hasta 2007, cuando formó su propio grupo, con Guevara. “Yo tenía mis propios trabajadores, mis propios proveedores de cocaína en Colombia, y mis propios compradores, que eran los carteles mexicanos”, alardeó Andrade.

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No volvió a encontrarse con Galdámez. Andrade fue detenido en 2010 en Colombia y extraditado a EE.UU. Galdámez, quien había sido vinculado al asesinato de cuatro hondureños en 2009, fue detenido en 2016 en Guatemala. Las autoridades lo identificaron como un ex militar guatemalteco.

Una vez en EE.UU., en la corte y durante el juicio contra los Lorenzana Cordón, Andrade no sólo habló de cómo traficó cocaína. También expuso una larga trayectoria de violencia.

“Había una persona que trabajaba para el Cartel de Sinaloa en Honduras que me amenazó de muerte, y lo tuve que matar primero; mis trabajadores lo asesinaron”, dijo, mientras lo escuchaba el jurado, los Lorenzana Cordón, y la jueza Colleen Kollar-Kotelly. “En otra ocasión, Gerber Villagrán de Guatemala (de quien no fue posible hallar referencias) llegó a Honduras y unió fuerzas con Chepe Handal, Pedro (Guevara) y yo, y averiguó que algunas personas lo estaban delatando ante la DEA en Honduras. Entonces, me pidieron que los fuera a buscar, y los llevara a una casa para que los pudieran matar”.

Aquella vorágine de asesinatos debió de parecerle insuficiente a Barry Coburn, otro de los abogados de Eliú, que decidió hurgar más en la trayectoria violenta de Andrade.

—¿Es cierto, señor, que durante el curso de su trabajo como narcotraficante, usted ordenó a sus subordinados asesinar al capitán de un barco porque se negó a trabajar para un socio criminal suyo? —le preguntó un respetuoso Coburn.

—Sí, señor —le respondió un críptico Andrade.

—¿Es cierto que usted ordenó el asesinato de dos individuos que, según usted, habían estado informando a las autoridades acerca de su persona? —volvió Coburn a la carga.

—Sí, señor —dijo Andrade.

—¿Es cierto que sus subordinados los asesinaron, los metieron a un camión y los quemaron mientras usted los observaba? —Parecía que Coburn intentaba sacarlo de sus casillas.

—Sí, señor —respondió Andrade, todavía sin perder la compostura.

—¿Es cierto que usted ordenó matar a una persona que le robó 150 kilos de cocaína? —Al abogado le sobraban ejemplos.

—Sí, señor —dijo Andrade; no se iba a quebrar.

—¿Es cierto también que en una ocasión en que sospechaba que tres sujetos proveían información suya a la policía de Honduras, su jefe le ordenó capturarlos; él mató a dos, y usted mató al tercero?—el abogado estaba imparable.

—Correcto —soltó el testigo, ya fastidiado.

—¿Es cierto que parte de su trato con el gobierno es que usted no será acusado de ninguna conducta criminal que usted revele durante sus reuniones con el gobierno? —El abogado apuntaba a demostrar cuán grande era el incentivo de Andrade para testificar.

—Sí, señor —Andrade no cedió.

Un año después, el Buró Federal de Prisiones registraba su salida de la cárcel para julio de 2017, ocho años después de su captura en Colombia.

Un narco y la DEA se sientan a la mesa: 2006

El 5 de octubre de 2006, el agente de la DEA Ronald Johnson estaba de turno en su oficina en la Embajada de EE.UU. en Guatemala cuando recibió una llamada. Del otro lado del auricular le hablaba una oficial del Consulado de los EE.UU. (en el mismo edificio) para contarle que Marta Julia Lorenzana Cordón estaba en una de las ventanillas para solicitar una visa para su hijo de cinco años de edad. Era la hermana de Eliú y Waldemar Lorenzana Cordón.

“Los oficiales del consulado por rutina nos notificaban cuando entrevistaban a alguien que intentaba obtener una visa, y que sospechaban que podría estar asociado con narcotraficantes”, explicó Johnson a la corte distrital en Washington, D.C. en marzo de 2016. “Entonces fui al consulado a hablar con Marta. Le pregunté si le trasladaría mi nombre y número a su padre, Waldemar Lorenzana Lima”.

Al día siguiente, el agente recibió una llamada de Eliú Lorenzana Cordón, preguntándole si se podían reunir. Acordaron hacerlo el 11 de octubre en un restaurante de churrascos a la par de la embajada (La Estancia). “Pensé que tal vez nos podría ayudar a encontrar a un fugitivo que buscábamos en esa época: Otto Herrera”, admitió Johnson.

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El día de la reunión, el agente de la DEA llegó primero al restaurante. Desde lejos vio llegar a Eliú en una camioneta agrícola que conducía un chofer, y con un guardaespaldas. Le hizo una señal para que lo reconociera y, una vez lo tuvo enfrente, le pidió su licencia de conducir para verificar su identidad. Eliú accedió y se la entregó.

La conversación pronto se disparó en todas direcciones. Había mucho que preguntar. Entre sus respuestas, Eliú incluyó a la familia Mendoza, una de las dos familias en Guatemala que el Departamento de Justicia de los EE.UU. relaciona con el narcotráfico desde al menos 2009. La otra era los Lorenzana.

“(Eliú) mencionó que conocía a los Mendoza y que eran una violenta familia de narcotraficantes en Zacapa y Morales (Izabal)”, recordó Johnson. “Dijo que era un área muy pequeña y que todos los narcotraficantes se conocían como adversarios o colaboradores”. Para entonces, Eliú tenía dos años de comprar cocaína a Marllory Chacón y tres años de haber interrumpido negocios con Herrera, a raíz del decomiso millonario en la zona 14. Pero Eliú admitió que mantuvo el contacto con Otto Herrera hasta que se convirtió en fugitivo, después de su fuga de una cárcel en México en 2005, y que conocía al hermano de Otto Herrera (Guillermo) y a sus trabajadores.

“Le pregunté si nos ayudaría a localizar a Otto Herrera, y dijo que trataría de hacerlo; estaba dispuesto a ofrecer información que llevara a su captura”, reveló el agente de la DEA. “Tenía dos posibles informantes que tal vez podían ayudarnos: su primo, Byron Linares, quien sabía que estaba en contacto con Otto Herrera, y si la DEA estaba dispuesta a hacer caso omiso de los cargos en su contra, podría cooperar con nosotros”. Su otro candidato a informante era el hermano de Otto, Guillermo Herrera.

Eliú le pidió tres semanas. Se encontraron de nuevo en el mismo restaurante el 13 de noviembre de 2006. Pero llegó con las manos vacías. No había podido localizar a Otto Herrera, aunque sospechaba que estaba en Playa Grande (Quiché). De su hermano, tenía la vaga idea que vivía en la capital. Tampoco había localizado ni convencido a Linares de ayudarle. Pronto la DEA se enteraría que para entonces, un año después de escapar de una cárcel de máxima seguridad en México, Herrera ya estaba instalado en Bogotá, Colombia, donde sería capturado en 2007.

En 2016, aunque habían pasado diez años después de su encuentro con Eliú, Johnson lo reconoció de inmediato en la corte. Lo señaló con el dedo a pedido del fiscal Stephen Sola, y al igual que otros testigos describió cómo vestía: camisa blanca y chumpa negra.

Retureta, el abogado de Eliú, quiso que el agente de la DEA relatara cómo su cliente le preguntó si podría recuperar su visa para viajar a EE.UU. (no era de conocimiento público que jamás había tenido una), y cómo lo frustraban los reportes de prensa que lo relacionaban con el narcotráfico, por el impacto que tenían en su familia. Pero la jueza Kollar-Kotelly se lo impidió. Dijo que lo podía repetir su cliente, pero no el agente de la DEA. Retureta optó por que su cliente no declarara.

Doña Tana, el Chiquitío y Juancho León: 2006-2008

En 2006, Waldemar Lorenzana Cordón le ofreció a Sebastiana Cottón venderle droga a un precio más bajo que su hermano Eliú. Convencida, Cottón cambió de proveedor en los siguientes dos años. Empezaron en buenos términos. Él comenzó a llamarla “Doña Tana” (por Sebastiana) y ella lo llamaba “Walde” o “Chiquitío” (era el más bajito entre los hermanos). En el lapso de dos años, le compró cocaína unas doce veces, según Cottón, en cantidades de 25 a 200 kilos, para un total de dos toneladas. No era poca cosa. Era suficiente para abastecer a Lucas (su comprador mexicano) y cumplir con sus vendedores. La testigo decía que era suficiente para sobrevivir porque tenía “una familia grande”. Había comprado algunos camiones y vehículos de doble tracción, pero también había sido víctima de robos.

“A veces le debía dinero; él (Waldemar) era muy exigente para cobrar, y tenía que explicarle la misma razón que Don Lucas me había dado por el retraso”, dijo la testigo. “Don Walde subía el precio porque decía que era muy caro traer la cocaína desde Colombia, que a veces no había suficiente disponible, y también debía considerar los costos del transporte, pero también el precio subía rápidamente porque Don Lucas compraba la cocaína (de los Lorenzana) con rapidez”.

Cottón dejó de trabajar con Waldemar en 2007 porque el último trato que hicieron acabó en un lío que casi la mata. En el trato también figuraba Juan León, alias “Juancho”, ex cuñado de los Lorenzana (cuando él no imaginaba que moriría acribillado por los Zetas un año después).

“Yo quería 400 kilos de cocaína, y llamé a Don Juancho”, recuerda Cottón. “Le dije, ‘tengo US$3 millones’, y dijo, ‘tráigalos y le enseñamos qué tenemos’; entonces fui a la casa de Don Waldemar”. Le enseñaron seis ladrillos de cocaína de buena calidad. “Tenía razón”, pensó Cottón, y le dijo que los quería. Les dejó los US$3 millones, el dinero de Lucas, y escuchó cuando Juancho le dijo a Waldemar, “mándenle 300 kilos a Doña Tana mañana”.

El cargamento nunca llegó. En la corte, dijo que Waldemar nunca lo envió. Cuando le telefoneó en 2007 para preguntar qué había sucedido, la conversación se convirtió en una agitada discusión, hasta que Waldemar la invitó a su casa para que conversaran en persona. Cottón llegó acompañada de su primo, Max; su hijo mayor, Antonio, Lucas, y Rudy, uno de sus trabajadores.

“Cuando llegué a la casa de Don Waldemar y entramos, vi que tenía unos 80 hombres armados allí”, observó Cottón. “Siempre tenía tres, cuatro o cinco nada más, pero ese día había mucha gente, y se quedaban en el jardín, pero cuando nos sentamos en una mesa junto a la baranda que rodeaba la casa, comenzaron a acercarse. Así que había diez aquí, diez allá. Básicamente nos rodearon; los hombres estaban en todas partes. También había un helicóptero volando sobre la casa”.

Cottón era la única mujer allí. Sabía que la esposa de Waldemar estaba en la casa, pero no formó parte de la reunión. Recién se sentaron, Waldemar y Juancho somataron sus pistolas sobre la mesa, y comenzaron a discutir acerca de la hora de salida del camión. Entonces, Cottón observó que la pistola de Juancho apuntaba en su dirección, y la de Waldemar, hacia Lucas.

“Cada vez que me movía para acomodarme en la silla, Juancho ponía su mano en la pistola”, recordó la testigo en la corte. “Entonces, me levanté y fui al baño; cuando regresé, Max me jaló a un lado y me dijo: ‘Doña Tana, salgamos de aquí; las cosas se van a poner feas. Don Juancho me dijo que si usted hace cualquier movimiento, le va a disparar’. Don Walde y Rudy ya se estaban gritando, y Don Lucas tenía miedo porque me pateaba el pie bajo la mesa. Todo se estaba caldeando demasiado y no me gustó. Don Lucas seguía pateándome bajo la mesa y diciendo, ‘vámonos, vámonos’. Así que no me quedó más que pararme y decir, ‘bueno, el pez grande se ha comido al pequeño y ya me las arreglaré. Ya veré cómo pagar ese dinero’. Cuando me iba, Don Waldemar me prometió, me dijo: ‘yo le venderé (la droga) a un precio más barato para que se pueda recuperar’, y Don Juancho ofreció lo mismo, pero nunca me mandaron nada.”

La ironía fue que la próxima vez que se encontraron, en una fiesta en una finca de Eliú, el paranoico era Waldemar. Cuando la vio, se puso furioso. Eliú le dijo que se calmara, pero su hermano le dijo que no. Tenía que hablarle a Cottón.

“Mire, Doña Tana, si usted me va a hacer algo, hágalo cara a cara porque no voy a estar esperando tranquilo”, le gritó. “Ya veremos cómo acaban las cosas”. Estaba convencido que ella había anunciado que lo quería matar. ¿Tenía miedo? Cottón dijo que sólo le sonrió y le preguntó, “¿Usted está loco o qué?”.

Mucho tiempo después, Waldemar la buscó para decirle que un tipo tenía 50 kilos de cocaína que le pertenecían. ¿Podría ella ir a recogerlos? Ella lo hizo, y volvió a trabajar para él. Cuando Eliú lo supo, le dijo: “Ay, mi jefecita, ¿por qué va para allá donde le quitan sus cosas? Nada le va a pasar aquí. Yo sí la voy a cuidar”. Parecía que Eliú atravesaba por un momento nostálgico, porque la llevó a ver la melonera y le agradeció porque, según él, tenía todo eso gracias a ella y su contacto con los compradores mexicanos. Eso la convenció para volver a trabajar con Eliú entre 2008 y 2010. Al menos, así lo relató a la corte. Para entonces, había tenido que cubrir los US$3 millones que perdió con Waldemar, pero había tenido al menos ocho clientes más entre 2005 y 2009.

En noviembre de 2011, Eliú fue detenido en Guatemala. Cottón, cuando se supo buscada por la justicia, huyó hacia México, pero la capturaron el 8 de octubre de 2014 en Tapachula, Chiapas. La llevaron a Guatemala y desde este país la extraditaron dos meses después hacia Florida, donde una corte distrital había pedido su captura.

El día que llegó a la corte para hablar de los Lorenzana Cordón vestía el overol de la prisión. Admitió a Retureta, el abogado de Eliú, que quería volver a ver a sus hijos. Por eso quería colaborar en lo posible para reducir la sentencia de 17 años que llevaba a cuestas, y que le permitiría salir libre hasta los 75 años de edad. Por eso insistió en que le permitieran quejarse de algo no relacionado con los cargos contra los acusados. Tal fue su insistencia, que la jueza sacó al jurado de la corte, y la escuchó.

“Sólo quiero pedirle al señor Waldemar que se comporte como su hermano Don Eliú”, comenzó. “Cada vez que hablo, hace una sonrisa burlona”.

“Lo observé”, dijo la jueza. “No mantiene una expresión apropiada como el señor Eliú Lorenzana, que se mantiene serio. (El señor Waldemar Lorenzana) parece que está disfrutando de todo este asunto, y eso no es apropiado. Tampoco le ayuda con el jurado porque lo puede ver. Iba a decir algo al respecto, aunque no quise interrumpir los testimonios, pero si lo vuelve a hacer, lo haré, y si continúa haciéndolo, le llamaré la atención frente al jurado, lo cual no le ayudará en lo absoluto”.

Cottón se disculpó con Waldemar por haber desencadenado semejante llamada de atención, y Waldemar se disculpó por haberla incomodado.

El ocaso de una red: 2009

Linares tenía seis años de traficar como prófugo cuando volvió a hacer negocios con Eliú Lorenzana Cordón. Era finales de 2009. El otrora jefe de Linares, Otto Herrera, tenía casi dos años de haber sido capturado en Bogotá y extraditado a EE.UU., y las grandes operaciones de millones de dólares parecían haber quedado atrás. Así que Linares le ayudó a Eliú a coordinar el aterrizaje en Izabal de dos aviones cargados con cocaína procedentes de Colombia. Uno tenía 500 kilos. El otro, 700.

Recibieron el 10% de la carga como comisión por recibir el cargamento y entregarlo a los dueños mexicanos que la trasladaban a su país, pero Linares se jactaba que él era quien manejaba todo. “Yo era quien tenía comunicación directa con el cartel mexicano y el colombiano”, afirmó en la corte. Con esos contactos también vendieron su comisión a los mexicanos. El testigo aseguró a la corte que, después de ese negocio, no volvió a traficar con ninguno de los hermanos Lorenzana Cordón. Demasiado había cambiado. Sólo dos años después, Linares también caería capturado en Sololá, en junio de 2011.

En 2014, semanas antes de ser extraditado a EE.UU. el 23 de septiembre, Linares se enteró por la prensa que Herrera había salido de la cárcel. La noticia se publicó ese mes, pero Herrera estaba excarcelado desde octubre de 2013, y permanecía en libertad condicional en EE.UU., como su hermano Guillermo. Linares asegura que, cuando todavía estaba en la antesala de su extradición, habló con Herrera desde una cárcel en Guatemala. Se presume que por teléfono. No reveló cómo lo localizó, pero evidentemente estaban en contacto y Linares tenía acceso a un teléfono en la cárcel. No fue el único ex socio con el que habló en esos días.

“Un día antes de que me extraditaran a los Estados Unidos, nos reunieron en la misma cárcel en la Ciudad de Guatemala, con Eliú y Waldemar Lorenzana Cordón”, relató Linares. Cuando se volvió a encontrar con sus primos, fue en esa corte en Washington, D.C. Entonces sí le llegó el momento de hablar, y no cuando Eliú trató de que se reuniera con el agente Johnson de la DEA para entregar a Herrera y llevar a su captura en 2006. Diez años después, en ese mes de marzo de 2016, dijo lo necesario. Habló contra su propia familia, pero estaba en juego no sólo envejecer sino morir tras las rejas.

Linares se enfrentaba a una sentencia mínima de diez años y una máxima de cadena perpetua, y admitió que por eso aceptó colaborar con el gobierno. “Testifiqué porque la fiscalía solicitó mi testimonio y, según mi acuerdo de colaboración, debo testificar cuando la fiscalía lo requiera, y debo decir la verdad respecto a cada cosa que me pregunten”, le dijo al fiscal Lang. Así, el expediente acabó con al menos 300 páginas con sus declaraciones. Linares aclaró que no le habían prometido ninguna reducción específica y que sólo la corte podía decidir si aceptaba reducir su pena o no.

Retureta, el abogado de Eliú, le recordó que un año antes, el 25 de febrero de 2015, se había declarado culpable de contribuir a importar a EE.UU. 450 kilos o más de cocaína. En el estrado, había admitido que era responsable de traficar entre 20 mil y 25 mil kilos, pero que de esos años de bonanza no le había quedado nada. Eso sí; dijo que aceptar su culpa le había “traído mucha paz”. Pero, con el correr de los meses, también le dio algo más: el anuncio del Buró Federal de Prisiones de que su sentencia se considerará cumplida el próximo 22 de julio (2017).

La fiscalía no ha divulgado si Linares permanecerá en EE.UU. en libertad condicional, como los hermanos Herrera. Otros sujetos extraditados por narcotráfico han sido deportados en cuanto cumplen su codena de cárcel, presuntamente porque ya no tienen qué ofrecer a la fiscalía en términos de testimonios útiles en otros casos. Retureta le preguntó a Linares si estaba consciente de que también podría ser deportado, y respondió que sí. Si le ha pedido a Otto Herrera la fórmula para quedarse, no se sabe, pero Linares admitió que desde la cárcel en Washington, D.C., había hablado con él por teléfono entre diez y veinte veces desde 2014 a la fecha. Y eso sólo podía ocurrir con el visto bueno de las autoridades estadounidenses. La última vez que habían hablado era 20 días antes de declarar contra los Lorenzana. “Le pedí ayuda para localizar a mis abogados”, dijo Linares.

En marzo de 2016, las declaraciones de ex detectives y agentes de la DEA, y varios narcotraficantes extraditados, inclinaron al jurado a declarar a los Lorenzana Cordón culpables de conspirar para llevar cocaína a EE.UU. Pero ahora, el Departamento de Justicia de los EE.UU. deberá decidir si recomienda la deportación de estos testigos, o los mantiene al alcance como a los Herrera. Pese a las revelaciones, la fiscalía ganó la batalla, pero aún no gana la guerra: un año después de haber sido declarados culpables, la corte todavía no emite una sentencia de cárcel contra los Lorenzana Cordón.

 

Esta es la tercera y última parte del reportaje.

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