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Chacón: “El voto latino quizás no sea relevante para la Presidencia, pero sí a nivel local”
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Chacón: “El voto latino quizás no sea relevante para la Presidencia, pero sí a nivel local”

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Cuando llegan a Estados Unidos muchos migrantes centroamericanos buscan a otros como ellos. Se organizan. Luchan por incidir políticamente. Se articulan en función de intereses particulares que luego se vuelven colectivos. El voto de las personas latinas, como dice Óscar Chacón, de Alianza América, no cambia presidentes en Estados Unidos, sino que cambia realidades más locales. Las organizaciones de inmigrantes se unen en función de cambios más estructurales que repercutirán a nivel nacional con el paso de los años.

Desde hace más de una década, Oscar A. Chacón se preocupa por los derechos de los inmigrantes en Estados Unidos. Con este propósito, ha buscado a lo largo y ancho de Estados Unidos distintas comunidades de latinos con el objetivo de entender y unir luchas dispersas en una sola. Así logró ser cofundador y director ejecutivo de Alianza Américas, un paraguas que aglutina a decenas de organizaciones de inmigrantes en Estados Unidos.

Cambiar leyes, buscar campos de acción para reconfigurar estructuras a nivel local y luego a nivel nacional, ha sido parte del trabajo de Chacón para que los migrantes en Estados Unidos puedan ser vistos como sujetos de derechos. En esta entrevista también habla de lo que significa el voto de los latinos, no tanto como algo relevante para escoger Presidente, sino para modificar estructuras en torno a la justicia económica, el desarrollo, los procesos de integración del migrante, la movilidad humana, las políticas de migración, la batalla contra el racismo y xenofobia, todos asuntos de suma importancia bajo la cual es posible la unidad de la comunidad latina de Estados Unidos.

¿Qué articula a las organizaciones de migrantes de guatemaltecos en Estados Unidos?

Se trata, primero, de entender esa necesidad que existe de unirse, de buscarse. Es natural que suceda. El origen de las organizaciones de migrantes guatemaltecos data de principios de los años 80. En esos años el marco era un desplazamiento forzado a causa del conflicto armado interno. Los guatemaltecos en Estados Unidos se empezaron a unir en comités. Su propósito en aquel momento era dar a conocer la violación sistemática de derechos humanos en su país de origen: las masacres, las desapariciones, los desplazamientos, la desigualdad. Ahí se ubica un primer momento de organización, articulado y con sentido. Pero luego, con el paso de los años, estos primeros tipos de organización van perdiendo su razón de ser. A medida de que el conflicto armado fue disminuyendo, hasta la firma de los Acuerdos de Paz en 1996, muchas organizaciones de migrantes guatemaltecos desaparecieron. Ya sin un discurso político articulador, lo que se generó fue el fenómeno de fraternidades de migrantes guatemaltecas. El eje de articulación deja de ser algo político y la unidad se configura únicamente por el lugar de origen. Algo similar a los clubes de oriundos mexicanos, que sin un trasfondo político, han existido desde hace muchos años en Estados Unidos. Pero a diferencia de otras comunidades de migrantes latinoamericanos, las comunidades de guatemaltecos han preferido aislarse, quedar fuera de cualquier intento de lucha de derechos y de reconocimiento de migrantes en general. Lo que yo observo es que los guatemaltecos en Estados Unidos se quedan satisfechos con el hecho de estar rodeados por un grupo de otros guatemaltecos, que son del mismo lugar de origen. Deliberadamente no buscan una evolución hacia otras esferas de impacto. Resulta interesante que los guatemaltecos, prácticamente, no existan de manera articulada para incidir en cambios importantes para la comunidad, como podría ser las elecciones municipales donde viven, los cambios de gobierno estatal o el gobierno federal. Existen espacios de lucha por los derechos de migrantes que han sido creadas por organizaciones mexicanas o salvadoreñas pero no por guatemaltecos. Hablamos de que hay más de dos millones de migrantes guatemaltecos, que sería interesante que también buscaran una forma de incidir, ejercer algún tipo de agenda a nivel nacional, más a allá de su propia comunidad.

Muchas comunidades migrantes de guatemaltecos están integradas por indígenas. Es decir, provienen de un contexto fundamentalmente racista y discriminatorio desde Guatemala. Aislarse podría ser algo colateral, un mecanismo de defensa.

Claro, el modo en que actúan muchas organizaciones de migrantes tiene que ver con la historia particular de cada grupo nacional. A pesar de que los guatemaltecos tienen presencia en muchos lugares de la república americana, no se ha dado el mismo fenómeno de los salvadoreños: vas a Washington, vas a Nueva York o Mami, y hay bolsones numerosos de salvadoreños, articulados, no sólo a nivel local sino en grandes extensiones, en distintos Estados. Esto no se repite con los guatemaltecos. La historia de cada país tiene un peso enorme en este sentido de articulación. Para los grupos indígenas de Guatemala no resulta muy atractivo establecer una conexión directa con sus connacionales migrantes. Lo tienen, sí, con su comunidad desde lo local y desde su país. Pero no con otros migrantes guatemaltecos. No se conocen a nivel nacional dentro de Estados Unidos. Pero es importante decir que Estados Unidos tampoco es un entorno hospitalario para los indígenas guatemaltecos. Es hostil, doblemente hostil. Doblemente racista. Ante ello, es incluso comprensible que los guatemaltecos decidan no interactuar o verse forzados a negociar espacios. La lucha por su propio espacio les basta.

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¿Cómo se logra entonces una cohesión entre organizaciones de migrantes tan diversas? ¿Mexicanos, salvadoreños y demás centroamericanos? ¿Qué los une?

Es muy diversa la forma de articulación. Cuando nació la idea de crear un espacio que agrupara a diferentes comunidades de toda Latinoamérica, no faltó quien dijera: “Están locos”. “Eso es imposible”. “Ni siquiera se puede trabajar juntos por nacionalidad”. Los guatemaltecos se pelean con guatemaltecos. Los mexicanos con los mexicanos. Y entonces cuál era realmente la apuesta de colocar bajo una sola sombrilla a todas estas nacionalidades en una, digamos, gran Alianza Nacional en Estados Unidos. Si ni en Guatemala los migrantes son capaces de unirse, afuera será peor. Lo que hemos aprendido a lo largo de una década es que sí es posible una agenda común. Incidencia común ante Estados Unidos. La cuestión más importante es que una articulación más amplia no demanda de entrada a que renuncies a tu propia identidad. Hay que partir de la afirmación de la propia identidad. Y a partir de ahí buscar un criterio de unidad política. Una unidad con propósito. Pero ojo: no de uniformidad.

El interés común de lo local ante el interés de algo más global…

Exactamente. Lo que debemos entender es la manera en que los migrantes se han organizado. Lo que da como resultado un sistema bien definido de círculos concéntricos. El círculo más pequeño, en el centro, es el que define tu intimidad, tu familia. Hay que ser claros ante el detalle que este tipo de desafío no podrá ser resuelto desde una articulación de niveles nacionales. No. Y así, los círculos poco a poco van definiendo distintas agendas hasta que el interés por la lucha de derechos nos obliga a plantear articulaciones nacionales que se vuelven relevantes. Converger, unirse, aliarse, porque solo es seguro que no vas a poder impactar en esos otros espacios a los que se necesita llegar con más fuerza. Ese espacio es desde donde necesitamos articular a nuestros migrantes con un enfoque de frente común. Incluso desde el país de origen se puede articular para incidir, como sucede en Honduras o El Salvador, donde hay organizaciones de familiares de migrantes. Es importante, además, poder crear una estrategia lógica de demanda de derechos. Los migrantes pelean derechos desde la ilegalidad. La cultura dominante te trata como te mira: sin papeles. Esto da soporte a coordinar la incidencia desde una gran diversidad de comunidades, unidas, articuladas. El frente común.

¿Está consolidada la articulación nacional?

Estamos aún en un punto de consolidación. La Alianza América continúa en construcción. Esta última década, el mismo periodo de tiempo en el que hemos nacido y nos hemos desarrollado, no ha sido nada fácil para el inmigrante en Estados Unidos. Ha sido un periodo de deshumanización. Los migrantes han sido vistos como criminales, como carga pública, como violadores, como quita trabajo, como amenaza… No obstante, esta narrativa de ataque al migrante latino y por extensión el sujeto latino en general, indudablemente ha servido para la construcción de una agenda común. Es muy importante que la gente entienda lo que dicen los medios: que somos carga, que somos todo lo que dice Trump, y que todo eso no es cierto, sino lo opuesto a todo ese discurso es la verdad. Como inmigrantes somos una bendición para Estados Unidos. Esa es nuestra evidencia. Somos parte del motor del crecimiento económico, la riqueza, además representamos una cifra significativa para la recaudación tributaria. Ya no aportamos únicamente desde la cultura.

¿De qué manera organizarse para los migrantes cambia o reconfigura el poder local, estatal o federal?

La política es como el amor y lo gastado. En distintos momentos nos dicen que nos quieren pero al mismo tiempo no quieren gastar nada en nosotros. La promesa es falsa y hay que entenderla como tal. Por mucho que te digan que te quieren, que te necesitan, lo cierto es que no te quieren sino gastan un sólo centavo en reconocerte como sujetos de derecho. En este sentido es que nosotros como inmigrantes buscamos indudablemente un cambio. Cambios en la manera de cómo el Estado y los políticos regulan el tratamiento de las políticas públicas hacia los migrantes. Queremos ser parte de la construcción de la democracia. Pero hay una ironía: queremos contribuir en un momento en que hasta los mismos americanos se sienten abandonados por su país. Es un lugar en donde las instituciones públicas han empezado a no responder a los intereses de sus propios ciudadanos. Esto también configura nuestra agenda de reclamo: una exigencia de bienestar que va más allá de nosotros mismos. Nuestra apuesta está enmarcada en esta lógica. Por otro lado, hay algo que se debe dejar claro en cuanto al asunto político: esta batalla, la batalla política, no es de carácter federal, ojo, no es una batalla para elegir presidente. La organización de los inmigrantes tiene fuerza al incidir en el trato que se recibe desde el municipio o condado en que se habita. Ese es nuestro factor más político. Lo que buscamos es una agenda de cultura económica, cultural y racial, donde se nos trate con igualdad. Por otro lado, nos planteamos procesos de acción. Corto, mediano, largo plazo. Nuestra agenda política consiste en cambiar leyes de inmigración por otras más justas. La ley actual es injusta, obsoleta y urge modernizarla desde la perspectiva del mundo en el que vivimos ahora donde la movilidad humana te configura gran parte de las dinámicas sociales.

¿Significa algo el voto latino en este contexto?

El voto de las personas latinas es más una aspiración que una realidad. Hay otros espacios de elección, sin embargo, más locales, más legislativos que presidenciables. Es ahí donde nuestro voto juega un papel decisivo. La importancia del voto latino está en los cambios para su comunidad. Por ejemplo, hay muchas elecciones municipales que se producen al mismo tiempo que la elección presidencial. La elección federal va mucho más allá de la Presidencia. Es probable que el voto de los latinos no sea relevante para la Presidencia en estos momentos. A nivel micro, en lo local, sin duda resulta importante.  

Noam Chomsky habla de un Requiem for american dream. ¿Qué significaría para la población latina en Estados Unidos el hecho de que no exista más un sueño americano?

Para el grupo más numerosos de ciudadanos norteamericanos, los blancos, no hay duda de que el concepto del sueño americano se ha deteriorado. Si se compara cómo estaban los estadounidenses durante las décadas anteriores a los 80, y comparas esa realidad con la que hoy viven, el panorama no es alentador. El norteamericano promedio vive cada vez peor. En 2014 se publicó una encuesta de cómo ve el americano promedio el futuro de sus hijos, si van a tener mejor suerte que sus padres en el futuro. Los datos resultaron negativos. Históricamente no había sido así. Siempre, el futuro pintaba muy bien para cada nueva generación. Ahora el sueño no crece. El sueño ha dejado de ser verdad. Ahora bien, ¿qué significa para un extranjero? El sueño americano es algo que continúa presente en el imaginario de los países latinoamericanos. Su único marco comparativo para argumentar que el sueño aún existe, no es la vida que nunca han tenido en Estados Unidos, sino que su marco referencial es su país de origen. Es decir, cualquier lugar es un sueño si se le compara con las extorsiones, las muertes, los índices de violencia… Para un migrante, la vida en Estados Unidos aun es mejor de la que pudieran haber imaginado.

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Los gobiernos de los países de origen niegan que exista una crisis humanitaria, debido a que los Estados ya no es capaces de otorgar los derechos humanos más básicos.

El discurso de negar la crisis humanitaria es algo que ha sido impuesto por agendas internacionales. Nuestros gobernantes lo repiten, lamentablemente, como periquitas. Pero la justificación radica en que si no lo hacen, si admiten la violencia, si detallan las causas de la migración, los homicidios, las pandillas, por ejemplo, la condición internacional impuesta es que no recibirán más inversión extranjera. En este escenario siempre será importante decir que los países de origen están bien aunque no lo estén. Las tasas de homicidio en Centroamérica son escandalosas. A eso se suman los abusos de poder. En estos momentos los países del Triángulo Norte (de Centroamérica: Guatemala, El Salvador y Honduras) son la versión tropical de los grandes movimientos de poblaciones que Europa está viviendo. No estamos en guerra, como lo está Siria o Irak. No hay ya un conflicto armado interno. Pero el número de personas que han salido es demasiado. La crisis humanitaria no admitida ha cambiado también los destinos de la migración. Ahora la gente está llegando a México buscando una oportunidad. Y poco a poco lo que estamos viendo es la forma en México se ha vuelto en un gendarme de Estados Unidos. Ante las Naciones Unidas el gobierno americano no tiene problemas en admitir una crisis humanitaria, como la de 2014 con los menores no acompañados. Pero mientras admite eso también pide que vayan al sur. Que Argentina, Chile, Brasil reciba a los migrantes con los brazos abiertos. Pero eso sí, si vienen a nuestro territorio los migrantes serán tratados como criminales y los vamos a arrestar. Estados Unidos dice: “Hagan lo que yo digo. Pero no hagan lo que hago”. Es una gran hipocresía.

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¿Qué significa el Plan Alianza para Prosperidad dentro de las organizaciones de migrantes en Estados Unidos?

El migrante que pasa trabajando 12 horas diarias, que se rompe la espalda en una fábrica, ni siquiera ha oído hablar de este plan. Vas a una iglesia el domingo, y hablas con la gente común, y no saben qué es el Plan Alianza para la Prosperidad. Ahora, desde la organización, desde los liderazgos, los migrantes que se preocupan por educarse, que están al tanto de lo que hacen y deciden nuestros gobiernos, la cuestión es diferente. Lo vemos como una curita de mala calidad que intenta ponerse sobre una herida.  El plan no es algo nuevo. Es el plan de integración regional que el BID (Banco Interamericano de Desarrollo) ha estado impulsando durante muchos años. Y hay que estar claros, este plan no es sinónimo de la política exterior de Estados Unidos. Es una política internacional, con intereses económicos. La política exterior del gobierno americano sigue siendo encaminada a la expulsión de los migrantes. Desde nuestro punto de vista, es necesario un desarrollo distinto al de megaproyectos, algo con enfoque a los derechos fundamentales de las personas. Estados Unidos y el BID quieren desarrollo en Centroamérica pero no quiere cambiar las estructuras que mantienen la desigualdad, la violencia, la pobreza, la huida.

¿Es posible una política migratoria enfocada en los derechos humanos y no en la Seguridad Nacional?

La corriente habitual es demonizar las migraciones. A los migrantes los tratan como criminales cuando lo que han cometido es una falta administrativa. Hay que aceptar que la movilidad humana configura cualquier lugar de manera positiva. Entender al migrante como sujeto de derecho es un paso importante. Guatemala ha dado un paso importante con la aprobación de su nuevo Código de Migración, con enfoque en derechos humanos. La Seguridad Nacional es un asunto ya caducado. Hay que reconocer, claro, que vivimos en un mundo peligroso. Hay amenazas, es cierto. Pero no hay que confundir la seguridad de un Estado con un bloqueo sistemático de la movilidad humana. Es parte también de los derechos por los cuáles vale la pena mantenerse organizados.

Para los grupos indígenas de Guatemala no resulta muy atractivo establecer una conexión directa con sus connacionales migrantes. Lo tienen, sí, con su comunidad desde lo local y desde su país. Pero no con otros migrantes guatemaltecos.
La crisis humanitaria no admitida ha cambiado también los destinos de la migración. Ahora la gente está llegando a México buscando una oportunidad.
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