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Casarse con un niño para ver el mundo como él
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Casarse con un niño para ver el mundo como él

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Esta anécdota no representa un hecho aislado, sino confirma la ambivalencia del proceso de crecer. A los 10 años ya se llegó a la cúspide de la infancia, la transformación es inminente. Orlean retrata esa bifurcación, a través de la voz de Colin, en esa semana que compartieron juntos.
La narrativa de Orlean es conocida por poner la mirada sobre asuntos que a muchos otros parecerían ordinarios. Por ejemplo, es la biógrafa de Rin Tin Tin, el pastor alemán de la serie de los años 50, y dedicó un libro completo para escribir sobre un hombre que recolectaba y cultivaba orquídeas.
Esquire. Diciembre 1992.
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Historia completa Temas clave

Susan Orlean tenía 37 años. Colin Duffy, 10. Y si se hubieran casado a finales de 1992 tendrían una vida muy buena que incluiría visitas de Morgan Freeman –actor favorito de ambos– a su propiedad en Wyoming, una dieta restringida –compuesta sólo de pizza y dulces– y ocasionalmente, para pasarla muy bien, hondazos de comida de perro dirigidos al trasero de Susan. Sus hijos –si fueran a tener– aparecerían mágicamente, porque este matrimonio tan bueno no incluye sexo. O al menos, no entre ellos.

Susan Orlean escribió The American Man, Age Ten luego de conocer a Colin. Se publicó en la revista Esquire, en su edición de diciembre de 1992. La periodista retrata a Colin como una muestra del varón estadounidense de diez años, caracterizado por las contradicciones del que está en la intersección niño-hombre. Ese niño-hombre que tranquilamente se pregunta si Magic Johnson tiene sida y si contraería la enfermedad alguien que cayera en una piscina con su sangre. Y que no tiene reparos en preguntarle a la autora, en medio de una broma, si ella abortaría. “Estos sobresaltos de sobriedad en medio de un rango de tonterías son una especialidad de los que tienen diez años”, declara Orleans.

Esta anécdota no representa un hecho aislado, sino confirma la ambivalencia del proceso de crecer. A los 10 años ya se llegó a la cúspide de la infancia, la transformación es inminente. Orlean retrata esa bifurcación, a través de la voz de Colin, en esa semana que compartieron juntos.

Desde sus primeras líneas, Susan no intenta disimular su apego por Colin y, como ella misma declaró en una entrevista con John Boe: “Era una historia acerca de estar dentro de su cabeza y ver el mundo de la manera en que lo miraría alguien de diez años. Pero yo no soy un niño de diez años, así que creo que lo más cercano era imaginarme que estaba en su mundo como su esposa.”  

En el mundo de Colin existen pocas mujeres. Y las que existen no son nada populares. “¿Recuerdas ese sillón en la clase? Ese sillón es más popular que cualquier niña. Mil veces más”, le dijo el niño a la mujer, para luego hablar con su mejor amigo acerca de una chica en su clase: alta, rubia y con “material genético para cheerleader”. Los mejores amigos coinciden en que ella no da tanto asco como algunas de las otras niñas. A los papás de Colin las percepciones de su hijo podrían resultarles decepcionantes. Ellos se habían esforzado por evitar que su hijo replicara los patrones sexistas que dan forma al comportamiento y se adhieren al bagaje identitario del “ser hombre”. Buscaban que su hijo fuera un hombre con nociones reconstruidas sobre las relaciones entre hombres y mujeres, se cuestionaban los nuevos conceptos de masculinidad. Pensaban que lo lograrían con acciones como regalarle armas y muñecas para que juegue con ellos. Colin prefirió disparar.

Cuando se encontró con Colin, Susan Orlean ya escribía para revistas como Rolling Stone, Vogue, Outside y la revista del New York Times. Sus dos primeras compilaciones ya habían sido publicadas: Red Sox and Blue Fish contenía las columnas que escribió para Boston Globe Magazine. Y Saturday Night recopilaba crónicas de las noches de sábado que ella pasó en comunidades de todo Estados Unidos. No había escrito aún su obra más conocida: The orquid thief (El ladrón de orquídeas).  Por su parte, Colin Duffy, en su tranquila vida en los suburbios, solía preocuparse por tener más dinero, no porque lo necesitara, sino por la realización de que a casi todo se le puede asignar un precio.  Soñaba con su finca en Wyoming y con una carrera como agente del FBI. Sueños que para Orlean sonaban ordinarios a veces, también fantásticos, pero sobre todo dolorosamente ingenuos y muy reveladores.

La narrativa de Orlean es conocida por poner la mirada sobre asuntos que a muchos otros parecerían ordinarios. Por ejemplo, es la biógrafa de Rin Tin Tin, el pastor alemán de la serie de los años 50, y dedicó un libro completo para escribir sobre un hombre que recolectaba y cultivaba orquídeas. La naturaleza de su mente la lleva a sentirse atraída a la mente de alguien más, acercarnos a esas historias que en principio parecen mínimas, pero luego funcionan como una potente lupa.

A la autora le interesa explicar cómo las personas –ella incluida– buscan incorporarse en la extraña experiencia de lo que es vivir. Como le dijo a Robert S. Boyton en el libro que la clasifica entre los escritores del  ‘nuevo nuevo periodismo’, la corriente que rescató el poder de la literatura para ponerla al servicio del periodismo: “Me gusta escribir acerca de personas que llegan a ignorarme. Que no actúan ante una cámara. (…) A él (Colin Duffy) no le importaba yo en lo absoluto”.

Colin Duffy solía pasar sus tardes en Danny´s Pizzeria. Le acompañaba Japeth, su mejor amigo. Hasta que se les coló una compañera de juego ocasional –Susan–. Esa compañera intentó descifrar la colisión de sus mentes entre lo que entienden, lo que escuchan, lo que adivinan, lo que la cultura ha puesto sobre ellos y todo ese enredo. Orlean logró colarse en ese enredo a través de las rondas de Street Fighter II.  Japeth elegía a Blanka, la bestia verde de las amazonas. Colin elegía a Ken Masters, un joven estadounidense experto en artes marciales.

Orlean no entrevistó. Ella fue Susan, intentando entender un mundo y si para entenderlo debía batallar con un video juego -que los sociólogos calificaban como una herramienta para la socialización masculina- lo hacía.

Es The American Man, un relato lleno de pizza, historias de piscina, de Street Fighter y charlas banales. Es el retrato de un niño, sus preocupaciones, sus valores, y su crisis del cambio. Es The American Man, también, el retrato de una sociedad, sus preocupaciones, sus valores, y sus crisis del cambio.

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