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Capítulo 8. Un hombre de Estado. El coronel Bol 1983-1985
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Capítulo 8. Un hombre de Estado. El coronel Bol 1983-1985

En una ins­titución que adoraba la burocracia, que acumuló mi­llones de documentos intranscendentes elabora­dos siempre por subalternos que tenían que reportar ca­da paso que daban, el coronel Bol destacó por dejar testi­monio escrito de su disciplina.
El coronel Bol tenía una mentalidad estratégica. No había diferencia entre la delincuencia común, la sub­­versión de izquierda, y las actividades de cualquier otro actor que en un determinado momento pudieran ser una amenaza para la estabilidad del Gobierno: des­de los partidos políticos legales a los colegios pro­fe­sionales, pasando por los propietarios de autobu­ses clan­destinos. Por eso, había que conocerlos y contro­larlos.
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Como una enredadera, la guerra se entrelazó con la vida. Algunos murieron asfixiados por ella. Otros supieron trepar. Esta es la historia de dos hombres, la Universidad de San Carlos y un crimen. Las vidas de Vitalino Girón, un expolicía que acabó siendo uno de los últimos intelectuales del partido comunista, y del rector Eduardo Meyer se entrecruzaron en 1984, cuando el Ejército aún decidía quién podía vivir en Guatemala y quién no. Documentos del Archivo Histórico de la Policía Nacional permiten comprender la lógica de una de las últimas campañas de “control social” contra el movimiento sindical ejecutadas por la dictadura militar.

No era ni un tirano ni un libertador. No era ni un ma­fioso ni un franciscano. Era un oficial gris, eficaz e implacable, la clase de mando medio bien cualifica­do que había convertido al ejército de Guatemala en una máquina de guerra difícil de superar. Uno de esos hom­bres que se darían de baja en las fuerzas armadas sin haber llegado a la cúpula, y que durante su jubilación ni presumirían de su pasado ni tendrían jamás remordi­mientos.

El coronel Héctor Rafael Bol de la Cruz era un ofi­cial de inteligencia de aspecto huraño; rostro angu­loso, piel y pelo oscuro, de rasgos vagamente keqchíes. Había pasado la mayor parte de la década de 1970 en la G2, en el departamento de contrainteligencia. Lle­gados los años candentes de la sublevación guerrille­ra en el campo, en los primeros ochenta, había sido mo­vilizado hacia el suroccidente del país, donde operaban las columnas de la Organización del Pueblo en Armas, la Orpa. El coronel Bol había participa­do en su exterminio y en el de los campesinos que se atrevieron a apoyarlos o colaborar con ellos. En ese tiem­­po, Bol había conocido bien a la insurgencia, su men­­talidad, su forma de operar, y se había ganado el res­­peto del alto mando.

Una semana después del golpe de agosto de 1983, el nuevo jefe de Estado, el general Mejía Víctores, lo nom­­bró director general de la Policía Nacional. El co­ronel Bol llegó a la Policía con un propósito claro: cen­­tralizar el mando, someterse a las necesidades y al gobierno del ejército, y comenzar a mejorar la ima­gen del cuerpo: depurar a los agentes borrachos y cri­­minales.

Su primera decisión fue reorganizar todo el orga­ni­grama policial. Copió la estructura del ejército, que a su vez era una copia de la del ejército de los Estados Uni­dos. El coronel Bol ordenó que cada cuerpo o je­fatura departamental contase con un grupo de man­do com­puesto de comandante, subcomandante y tercer jefe. El grupo de mando, a su vez, debía apoyarse en una plana mayor compuesta de cinco oficiales: PN1 (se­cretaría), PN2 (inteligencia), PN3 (operaciones), PN4 (logística) y PN5 (relaciones públicas). Exacta­men­te igual que en el Estado Mayor del ejército.

Bol también creó las reuniones de comandantes, que debían celebrarse al menos una vez al mes. En ellas, el nuevo jefe policial trasmitiría las órdenes.

Los tiempos en los que dentro de la Policía Nacional ope­­raban toda clase de grupos que, mientras hacían su guerra particular al comunismo, se repartían un bo­­tín construido a base de robos y rescates de secues­tros, de­bían quedar atrás.

La policía aprendería de los oficiales del ejército: de su disciplina y capacidad de trabajo. El principio de jerarquía y cadena de mando debían prevalecer, y el cuerpo debía supeditarse a la estrategia y táctica tra­zada por el alto mando militar. Las labores de con­trol social se enmarcarían dentro de esta concepción. Na­da de violencia gratuita e indiscriminada.

El coronel Bol dirigiría la Policía durante algo me­nos de dos años. Desde agosto de 1983 a junio de 1985. Pero este periodo dejó huella en el Archivo His­tórico de la Policía Nacional, el ahpn. En una ins­titución que adoraba la burocracia, que acumuló mi­llones de documentos intranscendentes elabora­dos siempre por subalternos que tenían que reportar ca­da paso que daban, el coronel Bol destacó por dejar testi­monio escrito de su disciplina.

Al menos una vez a la semana, Bol se reunía con la cúpula militar en el Consejo de Seguridad Nacional. Allí estaban presentes el jefe de Estado, el general Me­jía Víctores, su jefe de Estado Mayor Presidencial, el coronel Pablo Nuila Hub, y el director de Inteligencia, el coronel Byron Lima Estrada, entre otros.

Durante los dos años en que dirigió la Policía Na­cional, Bol repitió una rutina: presentar ante los miem­bros del Consejo su Reporte de Actividad Poli­ciaca. Este documento siempre iniciaba con cifras so­bre criminalidad común: detenidos, robo de vehícu­los, homicidios. A continuación, el coronel exponía lo que llamaba “casos especiales”: análisis elaborados se­­gún informaciones que recolectaba la policía de sus con­­fidentes. Los temas eran variados: desde lo que ha­­bía dicho en su homilía del domingo en la Catedral Me­­tropolitana el obispo Próspero Penados, hasta el pre­­cio de la gasolina.

El coronel Bol tenía una mentalidad estratégica. No había diferencia entre la delincuencia común, la sub­­versión de izquierda, y las actividades de cualquier otro actor que en un determinado momento pudieran ser una amenaza para la estabilidad del Gobierno: des­de los partidos políticos legales a los colegios pro­fe­sionales, pasando por los propietarios de autobu­ses clan­destinos. Por eso, había que conocerlos y contro­larlos.

Durante 1984, el coronel Bol se interesó en varias oca­siones en abordar, en el Consejo de Seguridad, te­mas relacionados con la Universidad de San Carlos y su rector, Eduardo Meyer.

Estos documentos nunca fueron firmados. No tie­nen membrete de la policía, ni un número correlati­vo que permita archivarlos. Tampoco indican cuántas co­pias se efectuaban ni a quién iban destinadas. Pero los expertos del Archivo Histórico de la Policía Na­cional están seguros de que los elaboró el propio co­ronel Bol. No existen documentos de este tipo antes de su mandato, y poco después de su salida se dejaron de producir. No tienen faltas de ortografía y su expre­sión es sencilla y directa. Algo inusual entre los policías, pero habitual entre los oficiales de inteligencia.

Si han llegado al presente, es solo gracias a la tra­dición burocrática de la policía. Porque Bol se quedaba con el original o lo presentaba ante el alto mando, pero dejaba copias en la Jefatura General de la institu­ción y en el Centro de Operaciones Conjuntas, el coc, una estructura policial que hacía inteligencia y servía de enlace con el ejército. Fue en los archivos de estas en­tidades donde, casi tres décadas después, los reportes del coronel Bol fueron encontrados.

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