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Capítulo 4. Un comunista en la rectoría. Saúl, 31 de marzo de 1978
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Capítulo 4. Un comunista en la rectoría. Saúl, 31 de marzo de 1978

Todo había comenzado en 1969. Saúl Osorio, co­mo director de la Escuela de Economía, una de las tres escuelas de la Facultad de Económicas, diseñó un nuevo plan de estudios.
Simultáneamente, un grupo de hombres y mujeres ar­mados se movían sigilosos desde las tierras bajas del Norte hasta la Sierra de los Cuchumatanes. Llama­ban a la formación de un nuevo ejército, un ejército de los pobres que combatiese al de los ricos.
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Como una enredadera, la guerra se entrelazó con la vida. Algunos murieron asfixiados por ella. Otros supieron trepar. Esta es la historia de dos hombres, la Universidad de San Carlos y un crimen. Las vidas de Vitalino Girón, un expolicía que acabó siendo uno de los últimos intelectuales del partido comunista, y del rector Eduardo Meyer se entrecruzaron en 1984, cuando el Ejército aún decidía quién podía vivir en Guatemala y quién no. Documentos del Archivo Histórico de la Policía Nacional permiten comprender la lógica de una de las últimas campañas de “control social” contra el movimiento sindical ejecutadas por la dictadura militar.

Sólo unos cuantos de los profesores y estudiantes que se agolpaban a las puertas de la sala en la que se reunía el Consejo Superior Universitario en aquella mañana po­dían comprender lo que estaba ocurriendo. Sólo los militantes, los que conocían las normas de la clan­destinidad y la conspiración, valoraron totalmente lo que aquello representaba para el Partido. Habían conseguido llevar a uno de los suyos a la rectoría. Y allí estaban muchos comunistas para celebrarlo.

Desde 1954, el PGT arrastraba una sucesión de fra­casos. Cargaban con el estigma de no haber armado al pueblo para defender al gobierno del coronel Jacobo Arbenz. A inicios de los sesenta habían apostado por el foquismo guerrillero, y de nuevo fracasaron. A me­diados de los setenta habían optado por la vía electoral, pidiendo el voto para una alianza socialdemócrata, que ganó unas elecciones que el ejército robó sin que las “organizaciones de masas” afines al PGT hiciesen na­da para impedirlo.

El Estado los había golpeado una y otra vez. En 1966 fueron detenidos y desaparecidos buena parte de los miembros del Comité Central del Partido. En 1972 fueron secuestrados el secretario general, Bernar­do Alvarado, y la Comisión Política en pleno. En 1974 fue asesinado un nuevo secretario general. Toda la di­rigencia histórica había sido ya eliminada.

Pero el Partido se había repuesto. Y la victoria de Saúl Osorio evidenciaba que, si el Partido se vincula­ba con las luchas democráticas de la sociedad, su in­fluencia podía crecer. La llegada al poder de Saúl ha­bía sido una obra colectiva, el paciente trabajo “amplio” y clandestino de las estructuras del PGT du­rante una década.

Todo había comenzado en 1969. Saúl Osorio, co­mo director de la Escuela de Economía, una de las tres escuelas de la Facultad de Económicas, diseñó un nuevo plan de estudios. Se introdujeron las clases coor­dinadas por Severo Martínez, y cursos orienta­dos a la introducción de los conceptos marxistas. Cuando Osorio fue electo decano de la Facultad se com­pletó la transformación total. En el plan de estu­dios de 1975 se creó el Área Común, 16 cursos por los que todos los alumnos tenían que pasar, tanto eco­nomistas y contadores como administradores de empresas. Economía Política, Socioeconomía, Funda­mentos Teóricos de las Ciencias Económicas, Problemas Socioeconómicos, Elementos de Lógica Dialéctica. Era puro marxismo. Comenzaron a usarse los manuales de la Academia de Ciencias de la URSS y los libros de Martha Harnecker.

Muchos contadores o administradores de empre­sas no entendían el porqué de todo aquello, por qué no se hacía hincapié en las matemáticas y la econometría, y por qué tenían que aprender ellos esas cosas. La res­puesta que obtenían es que se les estaba dotando de una formación humanística, que quienes aspirasen a conocer la economía no podían obviar que existían cla­ses sociales o que los salarios cumplían una función so­cial. “El mundo entero se convulsiona, y se desangra luchando unos por el mantenimiento de su predomi­nio y otros luchando por su libertad. Un estudiante de Ciencias Económicas debe conocer estos fenómenos y saber explicarlos entendiendo que las causas de los mismos se encuentran en el carácter de las relaciones de producción”, expondría años después Vitalino Girón.

En paralelo, la Facultad creó el Departamento de Es­tudios de los Problemas Nacionales, que se dedicó a denunciar todo aquello que los comunistas conside­raban lesivo para los intereses del Estado. El contrato de concesión de la Empresa Eléctrica, la legislación so­bre regalías petroleras o las condiciones en las que se negoció la extracción de níquel en Izabal. Reclama­ron que se creara un impuesto especial al banano, y una empresa municipal de transporte público para la ciu­dad.

El complemento del proyecto ideológico fue el cre­cimiento de la organización.

La estrategia adoptada por el Partido fue sencilla: ale­jarse del discurso ultraizquierdista que comenza­ba a ser común en la universidad y la exaltación de la gue­rra de guerrillas, y llegar a los estudiantes comu­nes, interesados en que la universidad pública funcio­nase mejor.

En la propia Facultad de Económicas, La Jota, la ju­ventud comunista, se acercó a una nueva agrupación de estudiantes llamada Praxis y comenzó a trabajar con ellos. Lo mismo hicieron en otras facultades: crea­ron una organización llamada Frente para compe­tir en las elecciones de asociaciones de estudiantes de to­das las unidades académicas. También se acercaron al sindicato de trabajadores de la Usac y hasta los co­legios profesionales. La consigna fue siempre la mis­ma: ganar partidarios apoyando sus demandas parti­culares.

El Partido tenía influencia, sobre todo, en Eco­nómicas. Ésta era la facultad más grande, la que más crecía y la que tenía una mayor proyección social por su relación con sindicatos, y porque sus alumnos ad­ministraban muchas instituciones públicas. Económi­cas pasó de 2,900 matriculados en 1969 a 8,400 en 1979. De sus filas saldrían los secretarios de la Asocia­ción de Estudiantes Universitarios, la AEU, de 1976 y 1978, Carlos Jiménez Licona y Oliverio Castañeda de León. También el rector que ese 31 de marzo de 1978 pro­nunciaba su discurso de toma de posesión.

Saúl Osorio era un hombre de aspecto rudo, una de esas personas en las que el saco y la corbata siempre se sentían como un disfraz. Tenía 52 años, bigote ne­gro, labios gruesos, y un pelo vigoroso peinado hacia atrás. Los camaradas del Partido lo consideraban mu­jeriego y bebedor. Le apodaban Don Chupe. Probable­mente, por eso, nunca ascendió en la estructura del PGT.

Saúl Osorio. Fuente: Archivo Central de la USAC

Era originario de Ipala, en Chiquimula, y hasta los 18 años había sido un trabajador ferroviario que ape­nas leía o escribía. Hasta que llegó a ciudad de Gua­temala en la llamada primavera democrática, los diez años de gobierno progresista de Juan José Arévalo y el coronel Arbenz que fi­nalizaron con el golpe de 1954. Osorio comenzó a es­tudiar en escuelas nocturnas, y terminó en la Facultad de Económicas dirigiendo la Asociación de Estudian­tes. Su perfil de obrero y estudiante le convertía en un candidato ideal a la militancia en el Partido. La caída del gobierno de Arbenz le convirtió también en un candidato ideal al exilio.

Saúl formó parte del grupo de comunistas que se in­trodujo en la embajada de Argentina para escapar de un seguro fusilamiento ordenado por el nuevo go­bierno de la Liberación. Allí también estuvieron los economistas Julio Estévez y César Augusto Régil, que ocuparían altos cargos en la Usac durante su rectoría.

Saúl Osorio no fue nunca el mejor intelectual del Par­tido. Para eso ya estaban Severo Martínez o Alfonso Fi­gueroa, un destacado economista marxista que diri­gía los círculos de estudios sobre El Capital. El discur­so de investidura de Osorio fue simplemente intras­cendente. Lo importante ocurría en las mentes de las per­sonas que lo escucharon. Hombres como Vitalino Gi­rón, en ese entonces profesor de Economía Política, que se felicitaron por el trabajo realizado y por la he­gemonía intelectual que había alcanzado el Partido en­tre la izquierda en la academia.

Pero aquella felicidad sería menos que efímera. Y para muchos revolucionarios, inconsciente, ridícula. En sólo unos meses el PGT sufriría dos escisiones. Dos grupos de militantes abandonaron el Partido por falta de apoyo de la organización a la lucha armada. Se fueron por su desconfianza hacia el secretario ge­neral, Ricardo Rosales Román, y porque no entendían por qué no se preparaban para la guerra. De ellos sur­giría el PGT-Núcleo de la Dirección y el PGT-Partido Comunista.

Simultáneamente, un grupo de hombres y mujeres ar­mados se movían sigilosos desde las tierras bajas del Norte hasta la Sierra de los Cuchumatanes. Llama­ban a la formación de un nuevo ejército, un ejército de los pobres que combatiese al de los ricos. Para ellos, que en su mayoría habían militado en el Parti­do en los sesenta, toda la ortodoxia soviética pegeteana que se predicaba en la Usac sobre la insurrección ur­bana era obsoleta. La guerra vendría del campo y cer­caría la ciudad, siguiendo el principio maoísta. Los cam­pesinos indígenas debían ser el motor de la Re­volución, no una clase obrera que ni siquiera existía en Guatemala.

Las condiciones para la guerra estaban dadas. En rea­lidad, desde la conquista nunca habían dejado de estarlo. 

*** 

A nosotros, como militantes en la Usac, nos inculcaron que te­níamos que reclutar a los mejores cuadros para el Partido. Si había un buen estudiante, nosotros tratábamos de acercarnos y meterle en el Partido. Pero claro, los militantes en la Usac te­nían responsabilidad hacia el Partido y hacia su trabajo “am­plio”, o sea, de organización estudiantil puramente. Lo que en ese momento no debatimos es si era conveniente que un miem­bro prominente de una organización amplia ocupara car­gos de responsabilidad en el Partido. Ese debate no existía, sólo llegó después. Saúl era militante, pero no fue electo por eso, sino porque era una persona muy respetada, aunque hoy se pueda pensar que llevarlo a la rectoría fue un error. Si vol­viésemos a los setenta, probablemente elegiríamos el mismo ca­mino: para ganar elecciones teníamos que apoyar a gente que te­nía prestigio, para tener influencia como organización teníamos que reclutar a los mejores cuadros. Entonces se juntan las cosas, no podíamos tener dirigentes para el trabajo amplio y otros pa­ra el Partido, aunque, desde la actualidad, lo lógico es pensar que había que separarlo. En cualquier caso, la relación entre el PGT y la Usac no fue una relación tan instrumental como po­dría pensarse. Yo me vi en la situación de tener que defender ante el Partido decisiones que había tomado desde mi actividad en lo amplio. En el caso de las elecciones en la universidad, la JPT siempre tenía sus candidaturas, pero no se imponían de una manera tan clara. En la elección del decano de Económicas Al­fonso Velásquez, por ejemplo, nosotros como JPT decidimos apo­yar al que decidieron apoyar las organizaciones amplias; les dijimos: “ustedes decidan”. Y se eligió a Alfonso, que no era militante en absoluto. Más que imposición había negocia­ción, y siempre la consciencia de que había que elegir a personas po­pulares y con liderazgo. Una vez decidido a quién íbamos a apoyar, se daba la orientación del voto en nuestros comités lo­cales. Casi estábamos seguros de que el candidato que apo­yábamos ganaba.

Militante del PGT, enlace entre el Partido y la Usac en 1984, que pidió el anonimato.

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