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Bienaventurados los bancos...

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...porque de ellos será el Tesoro del Estado.

En una forma muy evidente, suturar las brechas estructurales de la finanzas públicas con una reforma fiscal integral supondría matar la gallina de los huevos de oro de la deuda interna para los bancos.

Durante los años de la crisis, la banca ha sido un negocio lucrativo como nunca. Mientras en 2009 crujían las finanzas del Estado, los bancos, con alrededor de Q2,500 millones de ganancias, obtuvieron utilidades récord. ¿Fenómenos relacionados? Según una investigación del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IDIES), entre 2008 y 2010 la deuda pública interna aumentó 36% hasta llegar a Q35,769.2 millones. De esa deuda interna, más de Q27 mil millones quedaron en manos de los bancos, que este año recibirán, en concepto de intereses, más del doble de los fondos que ejecutó Mi Familia Progresa en 2010 y cerca de Q130 millones más de los que ha gastado en tres años de funcionamiento.

Según los cálculos de Guillermo Díaz, del IDIES, el Tesoro Público desembolsará alrededor de Q2 mil 175 millones este año. Las tres instituciones bancarias más poderosas del país concentran casi el 75 por ciento de la deuda pública adquirida por los bancos. El Banco Industrial, con bonos valorados en más de Q9 millardos, percibirá Q731 millones. Al G&T sus Q7,212 millones le reportarán Q577 millones de interés. Y  Banrural obtendrá más de Q300 millones de sus Q3,700 millones en bonos.

A causa de la crisis, los ingresos tributarios del Estado se redujeron entre 2008 y 2011. Pero como consecuencia de los programas sociales, de la reconstrucción de infraestructura y del pago de intereses, los gastos del gobierno se incrementaron. Con urgencia de obtener fondos el Ejecutivo sopesó durante un tiempo varias medidas: desde obtener financiamiento para sus programas sociales adhiriéndose a Petrocaribe hasta la solicitud de préstamos blandos a los organismos internacionales, pasando por la propuesta de un nuevo pacto fiscal que mejorara los ingresos del Estado.

En aquel momento, muchos empresarios protestaron.

De Petrocaribe dijeron que suponía la chavización de Guatemala, a pesar de que incluso países como Costa Rica son miembros. De las reformas fiscales con incrementos en impuestos, en la Junta Monetaria los representantes de los bancos advertían que eran terribles para la economía y que traerían incertidumbre. Y acerca de solicitar créditos a entidades extranjeras, las cámaras patronales mencionaban que Guatemala tenía una estabilidad macroeconómica digna de elogio, con un récord de déficit fiscal por debajo del 1.5 por ciento, y que si el Gobierno no quería arruinarla lo que debía hacer era contener el gasto. Al ministro de Finanzas en todos los foros y desde todas las tribunas los empresarios guatemaltecos le pedían austeridad.

Pero la preocupación de Juan Alberto Fuentes Knight -y del Ejecutivo- en aquel momento era otra: salvar la brecha entre lo que tenían y lo que habían previsto que necesitaban. Como en el resto del países del planeta, sentían que el Estado se paralizaba y, si no había reforma fiscal, al menos tenían la convicción de que la deuda pública estaba para usarla. Todos los países lo hacen -pensaban- especialmente en momentos de crisis, como instrumento para mantener a flote la economía.

Un conocido macroeconomista guatemalteco suele decir que a los empresarios es posible convencerlos de casi todo, pero para lograrlo es necesario hablar su mismo lenguaje: el de los negocios. Entre el sector privado organizado guatemalteco se observa un comportamiento que es casi una ley social. De la misma manera que las cámaras suelen abandonar su oposición a un presupuesto cuando se anuncian más recursos para el Ministerio de Comunicaciones, como sucedió en el año 2009, su reluctancia a que el Gobierno se endeude tiende a desaparecer cuando se anuncia que se trata de deuda interna; o sea, de bonos del Tesoro que pueden comprar los bancos nacionales. Aunque esa deuda, más cara que la externa, incremente aún más el déficit fiscal.

Naturalmente, el Gobierno ya lo había notado, y a mediados de 2009, logró entenderse con el empresariado tradicional en su mismo idioma. Según la investigación de Díaz, entre agosto de aquel año y noviembre de 2010, el Congreso autorizó a que Finanzas emitiera en bonos del Tesoro. Primero, Q3 mil millones; después, Q4,500 millones además de Q1,700 millones para cubrir los vencimientos de deuda de 2009; y por último, tras la tormenta Ágata, Q1,680 millones más para la reconstrucción del país.

En realidad, en principio, el año podía haber resultado malo para la banca, pero el negocio con el Gobierno fue redondo. Salvífico.  En un año en que la inflación cayó, según el Banco de Guatemala, al 0.28%, el punto más bajo en más de un cuarto de siglo, las tasas que se negociaron para los bonos del Tesoro promediaban el 8% de interés. Una tasa exageradamente alta a todas luces, explica el economista Fernando Carrera.

¿Por qué alta? Para determinar la tasa de interés, son varios los elementos que a menudo entran en juego.

Por un lado, el riesgo. Los bonos de Guatemala son, en el mercado internacional, bonos de riesgo financiero. Sin embargo, el estado se ha comportado siempre como un deudor excelente, muy seguro para sus acreedores, porque nunca en la historia ha dejado de pagar, y entonces el riesgo que asumen los bancos al prestarle dinero, al comprarle bonos, es muy bajo o nulo. Desde luego mucho más bajo que al darle un crédito al guatemalteco promedio; y no tiene que tomar en cuenta costos de administración.

Por otro lado, está la posibilidad de colocar el dinero de otra forma para obtener mayores ganancias. En líneas generales, el negocio de los bancos consiste en recoger dinero de los ahorrantes y colocarlo en inversiones o prestárselo a otros individuos o entidades, cobrando un interés por el préstamo. En Guatemala, en 2009 la crisis había golpeado tan duro a sus principales clientes, los consumidores y las empresas, que los bancos estaban encontrando cada vez más dificultades para encontrar dónde colocar sus créditos. A mitad de año, de hecho, el crecimiento del crédito se situaba en el 6.7 por ciento interanual, uno de los más bajos de los últimos tiempos. Sus opciones de hacer negocio por ese lado se habían visto notablemente reducidas.

Un tercer elemento, la tasa líder, es la que el Banco de Guatemala define para guiar las tasas de interés de los ahorros y los créditos. En 2009, la tasa comenzó el año al 7.25 por ciento. Al noveno mes, había experimentado siete caídas que la colocaban casi tres puntos por debajo, en el 4.5 por ciento.

Guatemala 8 - EE.UU. 0.5

No parecía haber razones para unos intereses tan altos, sostiene Carrera. Por aquellas mismas fechas en los Estados Unidos, compara, la deuda pública se pagaba a menos del uno por ciento. Y en esas condiciones, tampoco parecía que hubiera razones para que los bancos prefirieran cualquier propuesta de reforma tributaria a que el Gobierno siguiera comprando deuda interna. En una forma muy evidente, suturar las brechas estructurales de las finanzas públicas con una reforma fiscal integral supondría para los bancos matar la gallina de los huevos de oro de la deuda interna.

Pero el problema no sólo es ese, opinan en la Central American Business Intelligence (Cabi), Miguel Gutiérrez y Paulo de León. El problema de todo esto es más grave y sus repercusiones en la economía van más allá del hecho de que el negocio de los bancos con la deuda interna sea un obstáculo para abordar un problema estructural.

El problema es también para el mismo sistema bancario, y para sus consumidores.

Por un lado, con un posible efecto de desplazamiento: pese a que los empresarios y los ciudadanos necesitan obtener créditos para hacer crecer sus negocios y su capital, los bancos prefieren financiar la deuda pública del Estado, de menos riesgo y más fácil de administrar, sostiene Gutiérrez. “Para los bancos es mucho más fácil hacer un cheque de 100 millones al gobierno que colocarlos en el mercado. El 38 por ciento de los depósitos están sirviendo para financiar el déficit fiscal del Gobierno”, asevera de León.

Por otro lado, con la gran diferencia entre los intereses que los bancos les pagan a sus ahorrantes por tener el dinero con ellos y los intereses que cobran a sus clientes por darles un crédito. Esa cifra, según la Superintendencia de Bancos, ascendía en promedio a principios de junio a casi el 12%, pero en algunos bancos nacionales se dispara hasta el 40 por ciento.

Miguel Gutiérrez considera que el spread bancario, esa diferencia entre los intereses que los bancos pagan y los que cobran, se debe a que la banca guatemalteca “es una de las más ineficientes del mundo”: “Los bancos operan con mucho costo,  con exceso de agencias, hacen rifas”. “Los bonos del tesoro sostienen esa ineficiencia”, sugiere Gutiérrez; incentivos perversos para una banca que se siente muy cómoda con su forma de funcionar.

Marco Augusto García Noriega, el presidente del Cacif, integrante del sector azucarero y del financiero, recordó, en una entrevista con Plaza Pública, algo que según él a todo el mundo se le olvida: que en 2006 hubo una reestructuración financiera completa. “El hecho de que la banca en Guatemala sea conservadora hizo que no invirtiera en productos derivativos y especulativos, y la reestructuración de las leyes financieras ha permitido que se administren los riesgos de los créditos de la mejor manera posible”. Y a modo de colofón, expresó “la banca no vive de los préstamos del gobierno en general; son cosas coyunturales.”

Coyunturales, quizá, y también puntuales: las ventajas de disponer de Estado quebrado y expansivo en tiempos de crisis.

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En un año en que la inflación cayó al 0.28%, el punto más bajo en más de un cuarto de siglo, las tasas que se negociaron para los bonos del Tesoro promediaban el 8% de interés. Una tasa exageradamente alta a todas luces, explica el economista Fernando Carrera.