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Algunas líneas de mi vida

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“… nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos…”, escribió Virginia Woolf, en 1929, en “Una habitación propia”, el ensayo en el que plantea la necesidad de que las mujeres tengan un espacio propio para crear, para hacer que se escuche su voz. En esta serie, Plaza Pública reanuda la pregunta: ¿Cómo construyen su habitación propia las mujeres guatemaltecas? Aquí responde Aura Cumes, investigadora social.

“Por la historia de colonización, los indígenas han sido 'los estudiados', no 'la autoridad que estudia'. Ese hábito social de querer ver a los indígenas siempre tutelados es un obstáculo para nuestros intentos de pensar con autonomía o independencia”

Me puse en aprietos al decidir retratar algo de mi propia vida. Me preguntaba cómo hablar de mis experiencias sin que éstas sean leídas como pintorescas, exóticas o fueran reducidas a meras palabras de denuncia. No es eso lo que quiero, pero me arriesgo a que se interprete lo contrario. Finalmente se escribe, pero también se lee desde un lugar. La intención de relatar algunos trozos desordenados de mi historia, es para describir ligeramente ciertas circunstancias que han empujado e inspirado mis luchas y definido lo que soy actualmente: una ser humana llena de contradicciones y de aspiraciones. No considero que mi vida tenga algo de especial, es más bien común y corriente, con todo lo que eso implica en este país. Pero al hablar de mi misma, inevitablemente hablo de mi familia a la que estimo profundamente. Espero que las indiscreciones que aquí cometo no les sean ofensivas.

Sobre mis orígenes

Yo nací y crecí en la cabecera departamental de Chimaltenango. Mi madre y mi padre son originarios de San Juan Comalapa, y estando recién casados, se trasladaron a vivir a Chimaltenango. Soy la cuarta hija, así que no tuve el honor de nacer ni vivir en Comalapa, un pueblo al que siempre he admirado. Mis padres, pero sobre todo mi madre, nunca se desconectaron de Comalapa. Nuestra casa en Chimaltenango fue un lugar frecuentado por q’awinaq (nuestra gente). Recuerdo a comerciantes, viajeros, vendedores de las ferias, gente de la iglesia, familiares, amigos o conocidos que pedían posada, nos visitaban o recomendaban sus mercancías. Tengo presente que, en sus pláticas, mis padres y los visitantes se referían a Comalapa como chi q’achoch (nuestra casa). Me agradaba ese sentido fuerte de comunidad, que lo comparaba con lo árida que me parecería la vida en Chimaltenango.

De pequeña, cuando viajábamos con mi madre a Comalapa, me gustaba la libertad con que vivían muchas niñas y niños, que en medio del trabajo, disfrutaban alegremente de espacios colectivos de juego ocupando las calles, el parque, las orillas del barranco. A mí me parecía que hablar kaqchikel daba a las y los chiquillos una seguridad que no nos lo permitía el uso del castellano a otros niños indígenas como yo. Mi percepción era que en Comalapa, la gente de todas las edades se comunicaba en kaqchikel y lo hacían en todos los espacios: en las casas, en las calles y en los patios de las escuelas; ignoro si sucedía igual en las aulas. En Chimaltenango, ocurría lo contrario, el castellano era el lenguaje público, también entre la gente indígena más joven. En la escuela, no hablar “bien” el español era motivo de fuertes burlas, aunque con frecuencia los autores de las burlas tenían un castellano limitadísimo. Así, mis hermanos, mis hermanas y yo crecimos hablando castellano y entendiendo kaqchikel. Pero, me avergonzaba cuando algún familiar me preguntaba cómo podía yo vestir corte y güipil y no hablar kaqchikel. Sin embargo, esa era mi realidad como la de mucha gente.

Por influencias de mi madre, tías y abuela, mi hermana y yo -que éramos cercanas en edad- siempre vestimos corte y güipil con mucha naturalidad. Ellas nos decían que al vestir de esa manera nos sentiríamos bien con nosotras mismas, pues a nadie tendríamos que ocultar que éramos naturales (mi familia, como mucha gente, siempre han usado el término natural en castellano y q’awinaq en kaqchikel, para definirse a sí mismos tanto en lo individual como en lo colectivo). Esta enseñanza fue un tesoro en mi vida; me dio valor para enfrentarme al mundo tal cual era. Y quizás, este sea el origen de mi obstinado y cotidiano rechazo al racismo. Para aconsejarnos, en este tema y otros, los ejemplos de mi abuela eran claros. Nos hablaba de cómo las piscolín sañoras en Comalapa (mujeres indígenas que vestían como ladinas), recibían burlas tanto de la gente ladina como de la gente natural. Nos contaba de una médica q’awinaq que dejó de usar corte y güipil, y precisamente vivía en Chimaltenango, trataba muy mal a la gente natural que llegaba a su clínica. Mi abuela y mi madre pensaban que su carácter se debía a que se sentía superior a su propia gente y no había nada peor para ellas que llegar a ese comportamiento. “¿Para qué sirve la escuela si eso es lo que aprenden?”, decía mi abuela. Fue así como me formaron en este aspecto de la vida. Aquí debo remarcar que ésta tan sólo es mi experiencia, sé que el curso de la historia llevó a muchas mujeres indígenas a usar vestido “occidental” y varias lo continúan usando por elección propia, como lo hicieron los hombres indígenas también. Como ya he dicho, no deseo hacer juicios sobre lo que está “bien” o “mal”, solamente estoy relatando mis vivencias.

Volviendo a mis recuerdos de Comalapa, lo que para mí era un lugar de alegría y de libertad, se empañó de miedo y de tristeza con la llegada de la represión política o la violencia. Una madrugada recibimos la noticia del secuestro de mi tío Daniel, hermano menor de mi madre. Con 22 años fue desaparecido; no encontramos ni sepultamos su cuerpo. El victimario, con todo el permiso que le daba la impunidad, acosó violentamente a la familia por un largo tiempo. Mi abuelo enfermó aún más por la tristeza. Nuestros viajes para visitarlo eran frecuentes en medio del peligro que eso suponía. Fue allí que presencié esas terribles escenas en que los soldados detenían las camionetas para hacer “registros”, llevándose a ciertos hombres bajo el pretexto de que no portaban documentos. No entendía bien por qué pasaban helicópteros tirando volantes sobre el pueblo o por qué hablaban desde el aire pidiéndole a la gente que colocara banderas blancas sobre los techos de sus casas. A varios familiares de mi padre les ocurrió lo mismo que a mi tío Daniel. Era increíble escuchar como comerciantes, viajeros, estudiantes, cercanos a la familia, gente incansable siempre preocupados por los demás, habían sido asesinados o desaparecidos.

La década de los ochenta fue dura; la muerte nos visitó más que otras veces, llevándose a cada poco a un miembro de la familia. Cómo olvidar aquella tristísima semana de enero en que enterramos a uno de mis hermanos menores y a mi abuelo Buena Ventura. Mi abuela Petrona pensaba que no podría soportar un sufrimiento más. Para su desgracia más adelante ocurrió la muerte de Rubi mi tía menor cuando tendría 33 años. Con la salud destrozada y para evitar la soledad, mi abuela se vio obligada a vivir en nuestra casa en Chimaltenango. Nunca se acostumbró. En su corazón y en sus relatos estuvo siempre Comalapa. Durante muchos años nos acompañó. Murió en mayo del 2013, a los 89 años, agobiada por varias enfermedades. Siempre mantuvo la esperanza de que un día su hijo Daniel entraría por la puerta y le diría “mamá estoy vivo”, cosa que nunca ocurrió. Recuerdo ahora a esa mujer de corazón grande y un particular sentido del humor.

La escuela primaria y mi encuentro con la lectura

En 1981 entré a primero de primaria. Me agradaba estar allí en la Tipo Federación en medio de gran cantidad de niñas. Era un edificio grande, rodeado de campos y árboles que oxigenaron mi niñez. Aprendí a leer de prisa porque tenía curiosidad por saber que decía en ese libro Victoria; detalle insignificante, pero fue el libro con el que aprendí a leer. En segundo año, el libro Barbuchín me gustaba tanto que lo memoricé. Fue muy fácil para mí la escuela primaria, a pesar de los largos períodos en que me ausentaba, por mis constantes enfermedades. Haber sobrevivido a la desnutrición me hacía físicamente frágil. Allí estaba yo, enfermiza a más no poder, pero aferrada a la voluntad de vivir. Desde entonces, devoraba cada libro que caía en mis manos. Sin embargo, no fui de quienes seleccionaron sus lecturas, leí lo que llegó a mí.

Quizás debido a mi trabajo actual, que en cierta forma se trata de escribir, en varias ocasiones me han preguntado cómo me acerqué a la lectura y cuales han sido mis preferencias. Pensé que este es un buen momento para decir algo sobre ese tema. La lectura ha sido vital en mi vida, pero no ha sido el único lugar de aprendizaje, ni siquiera el más importante. No puedo ufanarme de la forma en que llegué a la lectura, pero tampoco pienso menospreciar la manera en que lo hice. No me provoca respeto la gente que busca competir y lucir sus selectas lecturas. En cambio, debo reconocer que he disfrutado de esta manera de ocupar el tiempo, de vivir otros mundos y de echar a volar mi imaginación, tanto como he gozado y aprendido escuchando a mi madre, a mi abuela, y a mucha otra gente compartiéndome las historias de su vida. Mi niñez y adolescencia no transcurrieron entre libros, sino entre las responsabilidades del trabajo en casa, en el campo, la escuela y la iglesia.

Mi padre era desde aquel tiempo, aparte de un dedicado y excelente sastre, anciano de una iglesia cristiana y, por tanto, escudriñador de la Biblia. Mi madre, en aquel entonces absorbida por la procreación, aunque sabía leer con dificultad, estaba siempre leyendo la Biblia. Así que antes que cualquier libro, la Biblia fue para mi familia “El Libro”. Yo leía fascinada cada historia y me memorizaba cuantos versículos me gustaban. Me encantaba el lenguaje poético de la narración. Las clases bíblicas y dominicales para mí eran un espacio de entusiasmo y de vitalidad. Aparte de la Biblia, pocos libros respetaba mi padre, la mayoría eran cristianos, como el recordado Progreso del Peregrino, un libro familiar. Pero en la casa también circulaba otro: el popular Almanaque Escuela para Todos; mi padre lo compraba los fines de año. Era un verdadero obsequio. Lo leíamos de pasta a pasta, recreando y discutiendo –entre los niños- los cuentos, las historias y los temas variados que traía.

Otros libros memorables para mí llegaron por mero accidente. Ocurrió cierta vez que mis padres daban en alquiler una casita, pero los inquilinos ―que llevaban meses sin pagar― dispusieron fugarse una noche. Lo que nos dejaron fue un volcán de basura en medio del patio. Pero allí, descubrimos unos libros descalabrados que se convirtieron en nuestros acompañantes por muchos años. Así supe que existía el Popol Wuj, pero entonces lo vi como un maravilloso libro de cuentos. Leí por vez primera el relato del fuerte Sipakna y los 400 jóvenes, las hazañas de Junajpu y Xbalamke y la valentía de Ixkik’. Encontramos también Los Viajes de Gulliver. Me complacía leer cómo el capitán pasó de ser un gigante en un lugar a humano diminuto en otro. Y cuando se creyó el humano inteligente fue burlado por la sabiduría de los animales. Me pareció genial la idea de que no fuera sólo un gigante eternamente poderoso. Encantadísima desempolvé El maravilloso viaje de Nils Holgersson. Me consternaba hasta dolerme el pecho, la historia de Vineta aquella ciudad tragada por el mar que salía a la superficie de la tierra una hora, de una noche, a cada cien años. El fantástico libro La Alborada me regaló igualmente momentos mágicos con cantidad de cuentos que yo vivía, sufría y gozaba con fuerza.

Nunca hubo radio ni televisor en mi casa porque eran las reglas de mi padre cristiano. Nos informábamos por los periódicos. Pero nuestra curiosidad y ganas de leer nos hacían cometer travesuras. En un local que de mi casa daba a la calle, funcionaba una peluquería. Era un cuarto familiar que dábamos en alquiler. Mi hermano Walter, quien por hombrecito si podía entrar a ese lugar, nos informaba que allí había unos libritos que nos gustarían; no teníamos el valor de pedirlos prestados porque calculábamos que no nos los darían. Una noche, dispusimos desclavar parte de la pared falsa, y nos metimos a tomar prestadas las revistas. Descubrimos que eran historietas, muchas de ellas para adultos. Así, nos volvimos lectores de las Aventuras de Memín, Kalimán y Aniceto, en sus múltiples series. Por las noches tomábamos prestadas las series y por la mañana las devolvíamos. Mi hermana me pregunta si no me avergüenzo de haber leído eso, porque ella sí; yo me consuelo diciéndole que en ese momento llenaron nuestra niñez de risas y aventuras, aunque con ojos de ahora no serían lo mismo.

En ese tiempo, tampoco dejamos pasar las promociones de tapitas de gaseosas premiadas, para cambiarlas por historietas gringas. Nos íbamos de tienda en tienda a recoger las tapitas que botaban los clientes para buscar las premiadas. Como éramos pequeñas y delgaditas, igual era mi hermano, cabíamos debajo de los mostradores y recogíamos muchas. Así leíamos los comics. Un día mi padre encontró nuestra colección y les llamo “libritos del diablo”: los quemó todos. Nos puso en fila y preguntó quién los había comprado, pero callamos, movidos por la complicidad. Nos mandó a leer la Biblia. A mis hermanos y a mí nos divierte mucho recordar esas aventuras colectivas. Yo he admirado de mi padre su coherencia personal, pero nunca pude hacer lo que él quiso para mi vida.

La lectura para mí siempre fue un refugio, sobre todo cuando la realidad era dura y triste. Fue también una manera de tejer una relación sólida -que perdura hasta ahora- con mis hermanos Walter y Loida, por ser cercanos en edades. Pero no solo fue la lectura la que nos unió, sino el trabajo, la necesidad de protegernos mutuamente y los espacios de juego y diversión. Juntos íbamos al campo a sembrar, abonar y cosechar frijoles, cada año, donde a la vez jugábamos, peleábamos y leíamos algún libro o historieta. Compartíamos el cuidado de nuestros hermanos pequeños, tres de los cuáles no sobrevivieron; uno ya había muerto antes de que naciéramos. Juntos sobrellevamos la ausencia de mi madre, físicamente cercana, pero distante por la depresión. Así comprendimos a mi padre, frío y duro, muchas veces sin querer, como se ha esforzado por explicárnoslo en pocas, pero conmovedoras ocasiones. Rolando, nuestro hermano mayor se casó a los 18 años, éramos muy pequeños cuando se fue. Luego vinieron Elvia y Fredy a completar la familia a quienes extendimos los lazos de buena complicidad.

Niñez, adolescencia y pequeñas subversiones

Por cuestiones de parentesco, mi familia estableció relación con una familia extensa de ladinos rurales quienes llegaron a Chimaltenango huyendo de las erupciones de un volcán. Eran peones de fincas, de condiciones económicas precarias y sin escolaridad. Pero, en tanto ladinos y ladinas, como se llamaban a sí mismos, se sentían reyes frente a nosotros. En esa familia hasta los numerosos chiquillos de nuestra edad sabían cómo humillar a los indios de maneras violentas. Con ellos escuché por primera vez la expresión “somos pobres, pero no indios”; yo tendría nueve o diez años. Me parecía incomprensible cómo podían sentirse blancos, cuando eran más morenos o tan morenos como los indios a quienes buscaban degradar. Se sentían modernos y desarrollados cuando dependían de los indios para subsistir. A pesar de que nuestras condiciones materiales superaban a las de ellos, se imponían como autoridad, hasta el punto de querer convertirnos a mi hermana y a mí en sus sirvientas. Mis intentos por desafiarlos tenían el costo de quienes están en desventaja, pero nunca me arrepentí de ridiculizar su supuesta superioridad cada vez que podía. Reclamaba a mi madre y a mi padre por ser tan permisivos y bondadosos con ellos. Mis padres tenían sus propias razones, pero yo no las entendía ni aceptaba.

Esta realidad me producía un gran conflicto. Mi padre hablaba siempre del perdón, de poner la otra mejía, pero para mí era imposible en estas circunstancias. Al contrario, sentía la necesidad de protestar, de rebelarme, de negarme a aceptar esto que llamaba injusticia. Así lo hice. Como pude, seguí confrontando de frente cada situación que viniendo de ellos nos golpeara o buscara someternos. Esto fue dando como resultado la disminución de las agresiones directas. Más adelante, paradójicamente, la escolarización nuestra provocó que llegaran a tratarnos con cierto respeto. No deja de ser lamentable que no sea la dignidad sino la educación y el aspecto económico lo que nos haga gentes respetables. Aunque me cueste reconocerlo, la bondad de mis padres también puso ciertos límites a la brutalidad que esta familia ejercía sobre nosotros. Sin embargo, su conducta racista hacia la gente indígena, en general, no ha cambiado del todo, sigue siendo evidente y grotesca en muchos sentidos.

En otro tema, al empezar la adolescencia, el espacio de las escuelas bíblicas que me habían dado tanta felicidad, como relaté anteriormente, fue significando algo distinto cuando me negué a aceptar la autoridad y el privilegio de los hombres sobre las mujeres. Las predicas y los preceptos de la iglesia sobre la sujeción de las mujeres me producían grandes contradicciones. Decía a mi padre que la dureza de ciertos hombres de la iglesia con las mujeres se parecía más a la conducta de los fariseos que a las de Jesús; le preguntaba por qué si era así la doctrina no podía revisarse. Me parecía injusto que las mujeres debían callar cuando demostraban capacidades, mientras que los hombres nos enseñaban sólo por el hecho de ser hombres. Con mis reclamos, dudas, inconformidades y lecturas “peligrosas” de la Biblia, le hacía a mi padre pasar verdaderos malos ratos. Mis contradicciones me fueron alejando poco a poco de la iglesia, más no de la lectura de la Biblia.

La escuela primaria llegó a su fin. Continuar estudiando era mi mayor deseo, pero mi padre pensaba lo contrario. Para él, ahora que estábamos dejando de ser niñas, la escuela y la calle eran lugares peligrosos. No había miedo más grande en mi padre que el que le producía el sólo pensar que sus hijas resultaran embarazadas como otras chicas. Por eso, el encierro era nuestra mejor protección. De las hijas yo era la mayor, así que me tocaba lo más difícil. Le rogué como a una piedra que me permitiera hacer el examen de admisión para ingresar al único instituto público. Al fin, le ablandé el corazón. Fui entusiasmada a tomar el examen. La sorpresa fue grande cuando supe que había perdido. Tenía todo el contexto para pensar que no estudiar era mi destino, pero me negaba a aceptarlo. Con mis antecedentes de rebelde y preguntona no tenía solvencia para rogar a mi padre, pero me armé de valor y lo hice, pidiéndole que no truncara mis anhelos de estudiar; que a pesar de haber perdido un examen le demostraría que sí podía con la escuela. Por fin, mi padre pidió que averiguáramos qué colegio era el más barato y dijo: “vayan antes de que me arrepienta”. Mi madre me acompañó a preguntar los precios de colegio en colegio. No decía nada, pero yo sabía que estaba a favor de que las mujeres estudiáramos, ella misma quiso ser maestra y no pudo. Me lo contó mucho después.

Con 13 años ingresé al colegio que, según yo, tenía la peor fama en ese entonces. Fue terrible el cambio. De una gran escuela con tantas niñas y amplios campos que me dieron alegría pasé a lo que viví como una cárcel. El colegio era un lugar pequeño y nada confortable. Allí pasé tres largos años que cuando los recuerdo los pasó tan de prisa como una página que no quiero leer. Todavía no he podido reconciliarme con ese tiempo. Perder el examen me hizo sentir torpe, aumentó mi timidez y me convertí en una adolecente aislada. Puesto que había crecido, mi madre impuso sobre mí el papel de mamá, además de otras responsabilidades. Me convertí en adulta. La decepción del colegio y la timidez las quise salvar leyendo todo lo que apareciera. Del colegio pocas fueron las lecturas que me dieron. Rolando, mi hermano mayor quien se había ido de casa, había dejado una colección de novelas políticas que me mostraron otras realidades. Recuerdo muy bien la vieja novela El Americano Feo, que leí varias veces. Loida y Walter, que sí lograron ingresar al instituto donde yo no fui admitida, me compartían sus libros. Entonces leí literatura latinoamericana, criolla y nacionalista guatemalteca. Estas obras, las encontraba amenas, me entretenían, me envolvía en el mundo creado por los autores, pero me incomodaba la forma en que retrataban a los indígenas. Las pocas veces que los indígenas aparecían en sus páginas era como seres torpes, caricaturescos, feos y primitivos. Había generado yo ante las lecturas la misma sensibilidad que ante la realidad.

Luego de estos tres monótonos años de colegio, mi padre sugirió que estudiara secretariado porque serían sólo dos años de clases y encontraría trabajo. Así lo hice. Ingresé al instituto público donde me formé como secretaria y oficinista. De 50 alumnas, más o menos, de dos secciones, nos graduamos nueve en el primer grupo, las que salimos “en limpio”. De las nueve, cuatro éramos indígenas. Recuerdo bien a mis divertidísimas compañeras indígenas, que tenía la suerte de reírse por todo, diciendo con entusiasmo que no vestirían corte y güipil porque el acto de graduación era una forma de promocionarse para encontrar empleo. Ninguna empresa querría contratar secretarias de corte. Hablaban de eso tan relajadas que me sorprendía. El uniforme nos había acostumbrado a vestir falda, pero no por eso todas abandonábamos el uso del corte y el güipil.

Y lo dicho, se confeccionaron sus vestidos de color melón. A mí no me convencieron, aunque entendía plenamente sus razones. Yo opté por ir contra la corriente. No dudé ni un minuto que seguiría vistiendo corte y güipil como siempre. Mi madre se esforzó por comprarme un hermoso traje. Le estaré eternamente agradecida por ese regalo. Hermelinda, una chica originaria de una comunidad de San Martín Jilotepeque, también se rebeló contra la idea de usar vestido. El día de mi graduación fui muy feliz. Me sentí tan digna y elegante con ese traje que elevé mi autoestima por los cielos. Era allí donde las palabras de mi abuela y de mi madre, salían de mi subconsciente para regar mi consciencia: “somos naturales, que no te de vergüenza”. Tenía 17 años, era el inicio de una nueva etapa en mi vida, estaba muy feliz, pero también llena de incertidumbre.

“El lugar de las mujeres indígenas”

Estamos ahora, más o menos, habituados a ver a mujeres indígenas en oficinas, y se nos olvida que no siempre fue así. “¿Una secretaria de corte?”, “¿Dónde se ha visto?” “Qué ridículo” “Ellas son sirvientas”. “Las secretarias son bellas, sexis y modernas”. Este era un pensamiento común en mi época de estudiante. Por eso mis queridas amigas no querían graduarse con corte y güipil. Tenían razón si no querían confrontarse con esta realidad.

En la búsqueda de empleo, cada quien tuvo sus experiencias muy particulares. En un banco en Chimaltenango, se rieron sarcásticamente de mí cuando fui a dejar mi papelería; un hombre le dijo a otro, “aquí no buscamos sirvientas, ¿verdad vos?. En las maquilas nos ofrecieron puestos de operarias y no en administración. Así pasó cuando acompañé a una de mis amigas indígenas que uso vestido (hablo del vestido “occidental” o ladino en la terminología guatemalteca) desde la graduación. “¿Se da cuenta?, por eso es mejor usar vestido” me dijo, recriminándome. Según ella, porque yo iba vestida con corte nos ofrecieron puestos de operarias; infelizmente no estaba equivocada. Yo después de ser rechazada para dependiente de mostrador en varias tiendas porque “no llenaba los requisitos”, tuve la suerte de que me llamaran para cubrir un interinato en la ong donde hice prácticas supervisadas. Unos meses después, luego de un examen de oposición, quedé seleccionada en una organización de salud para un puesto de secretaria. Era el lugar donde mi madre soñó que yo trabajaría. Muchas veces estuve en ese hospital, pero internada por alguna enfermedad, ahora trabajaría allí. He dicho en otras ocasiones que las ongs, independientemente de cualquier crítica, fueron un espacio laboral invaluable para las mujeres indígenas. Las empresas, atrapadas en la estupidez de las apariencias racistas eran y, con excepciones, siguen siendo demasiado torpes para captar las capacidades de los profesionales indígenas, pero muy especialmente de las mujeres indígenas.

Cuando empecé a trabajar en ongs, en 1992, vi con mucha esperanza cómo surgían organizaciones mayas. Aunque nunca trabajé en ninguna de ellas, me identifiqué con las que empezaron a hablar con fuerza de los derechos de los pueblos indígenas. Di gracias a la vida por haberme permitido ver algo así.

En ese primer trabajo, en la organización de salud, conocí a personas extraordinarias. Eran promotores de salud sobrevivientes de la represión política, que a la vez eran directivos de la organización. Los admiré por su sabiduría y de ellos recibí muchas enseñanzas, confianza y aprecio. Tuve compañeras y compañeros de trabajo tan amables y divertidos con quienes pasé años muy gratos. Pero allí también tuve como jefe a un hombre cuya perversidad y violencia me llevaron a descubrir las retorcidas formas en que se usa el poder contra las mujeres en los espacios laborales, y las maneras en que las mujeres respondemos, tantas veces, legitimando ese poder. Allí entendí por qué mi padre nos quería proteger encerrándonos, pero pagué muy caro la ingenuidad y la inocencia con que me habían criado.

Estando en este primer empleo, estudié Trabajo Social, sin saber bien de qué se trataba. Era lo más accesible, pues la carrera técnica se estudiaba en Antigua los sábados. Unos años después dejé de ser secretaria para trabajar directamente en el campo con comunidades kaqchikel. De una ong, pasé a otra y a otra. Fueron diez años de muchísimo aprendizaje, también de grandes decepciones que me producían más y más preguntas sobre la realidad que buscábamos “transformar”. En una de estas ong, un día descubrí una fotocopia del manuscrito mecanografiado del libro Donde enmudecen las conciencias de Carlos Guzmán. Todavía recuerdo el impacto que me produjo su lectura, no porque fuera novedad su contenido para mí, sino porque sentía que retrataba la realidad, esa que desde niña me hacía nudos en el estómago y me revolvía la cabeza. Había también otros libros sobre relaciones étnicas, de varios autores e informes de consultoría sobre derechos de las mujeres. Todo esto se convirtió en mi nuevo repertorio de lecturas. En la universidad privada en que estudiaba, esos temas estaban ausentes de las lecturas y discusiones serías. Fue hasta la licenciatura cuando un profesor nos pidió hacer un ensayo sobre temas variados, dándonos lecturas novedosas que yo elegí hacer uno sobre “los aportes del feminismo para la liberación de las mujeres”, típico título de una principiante como yo. Así me acerqué a la teoría feminista, hace más o menos 17 años. Me hizo muchísimo sentido entender por qué las mujeres vivíamos en función del mundo masculino y patriarcal. Me sumergí en ese otro mundo teórico fascinante del feminismo. Al poco tiempo participé entusiasmada en un espacio de mujeres en Chimaltenango, promovido por una instancia gubernamental, surgida de los Acuerdos de Paz, pero no soporté los niveles de racismo en el trato a las mujeres indígenas, las metodologías urbanas para trabajar con mujeres rurales y la ignorancia o desdén con que trataban nuestros aportes e historias personales en tanto mujeres indígenas. Así que me retiré y me quedé con la teoría.

Admiré el trabajo de varias ongs por donde pasé. Era inspirador, el compromiso, la entrega y la incansable labor de mucha gente. Con el paso del tiempo, algunas de estas fueron perdiendo el sustento político profundo con las que fueron creadas para centrarse en aspectos más técnicos y pragmáticos. Pero estas organizaciones, como cualquier espacio colectivo en este país, me parecían un verdadero laboratorio para observar las relaciones de poder entre mujeres y hombres, entre mujeres, entre indígenas y ladinos, y hacia adentro de cada grupo. Sentía que estábamos llenos de conflictos y me sorprendía la capacidad de aparentar que nada pasaba. Lo extraño no era que existieran problemas, sino nuestra incapacidad de hablarlos. Sería injusto generalizar, pero dada la sensibilidad que había desarrollado desde pequeña, de rechazar la opresión contra los indígenas y las mujeres, había situaciones que me parecían inaceptables. Por un lado, los espacios de autoridad eran bastante masculinizados aunque había mujeres en ellos. Más bien, había mujeres legitimando esta condición. En una organización concreta, me parecía absurdo cómo las mujeres más valoradas, eran “las que se aguantaban como los machos”, las que tomaban más licor en las juntas con los hombres, las que no se quejaban, las que sabían reírse a carcajadas de las bromas sexistas. Por supuesto, allí mismo, también había mujeres luchando por cambiar esto, quienes, muchas veces, eran etiquetadas como “las amargadas”. Por otro lado, el racismo, aparte de estar presente en las relaciones personales, en ciertos momentos, llegaba a formar parte de las actividades lúdicas y de educación popular. En los chistes afloraba inmediatamente la burla sobre la forma de hablar de los indígenas y su manera de comportarse. Me sorprendía grandemente que los indígenas con autoridad no pusieran atención a estas maneras de reproducir esta pedagogía, al contrario, lo miraban como situaciones sin importancia, o actuaban frente al racismo exactamente como cuando las mujeres se reían de las bromas y chistes sexistas: con aire de valientes.

Quizás lo que había en estos espacios era maneras diferentes de confrontar las formas de poder. Pero fui incapaz de comprenderlo así. Generalmente actué con rabia pues me rehusaba a aceptar que aparte de humillada, debía ser tolerante y delicada. “No se haga bolas, aquí no sobrevive el que más alega sino el que sabe agarrar la onda”, me decía un compañero que siempre andaba con una sonrisa, para quien la vida era tan divertida que pareciera que no compartíamos el mismo planeta. Reconozco que mis reacciones ante los comportamientos racistas, machistas o aquellos que devaluaran a cualquier ser humano, nunca fueron estratégicas. Estoy clarísima que mis lógicas y respuestas no son las únicas ni las más válidas, pero sí las menos aceptadas en un contexto que calla lo que le es incómodo.

 Mi llegada al trabajo de investigación social

Un día, gracias a una amiga, me enteré de la maestría en Ciencias Sociales que la FLACSO estaba abriendo. Era la primera promoción en los años 2002-2003. Antes, había hecho un posgrado en Desarrollo Sostenible. No sabía bien a que me estaba comprometiendo; lo que sí sabía era que quería urgentemente una experiencia nueva. Me causó gran incertidumbre saber que me habían admitido porque era la primera vez que estudiaba a tiempo completo y con beca, es decir, dejaría a mi familia y mi trabajo para ir a vivir sola a la capital, un lugar que nunca me atrajo. La capital para mí era solo el lugar donde había hecho la licenciatura en Trabajo Social los días sábados. Entonces me sentí un poco exiliada, pero finalmente le encontré la gracia. En efecto, mi vida dio un giro. Esta maestría marca un antes y un después en mi historia personal. Pero debo reconocer que la formación académica la recibí a partir de mi experiencia familiar, escolar y laboral de los años precedentes.

De ninguna manera fue un borrón y cuenta nueva. Valoré tremendamente este proceso de formación que encontré muy novedoso, sólido y serio. Conocí a profesores a quienes sigo respetando, no sólo por lo que saben, sino ante todo por su calidad humana. Allí tuve la fortuna de hacer amigas entrañables y amigos queridos que han aportado tanto a mi vida.

El análisis de las relaciones étnicas que particularmente me interesaba, con excepción de ciertas lecturas en algunas clases, estuvo ausente en el primer año de la maestría y llegó después como materia específica en el curso de antropología social. En mis reclamos sobre esto a algunos profesores, me dijeron que se debía a que la maestría era centroamericana y no guatemalteca. Y claro, a algunos colegas de países centroamericanos “lo étnico” les parecía que francamente no tenía nada que ver con ellos, era cosa de Guatemala. La lucha de clases era “la lucha” por excelencia. Pero, sin generalizar, también profesores y colegas guatemaltecos lo pensaban de esa manera. Así fui también entendiendo que el “tema étnico” y el “tema indígena” eran insignificantes para las ciencias sociales en este país y pareciera ser que también para los demás países de Centroamérica.

Habiéndome graduado de la Maestría en Ciencias Sociales, me uní al proyecto de investigación “Mayanización y vida cotidiana”. Este fue un espacio tremendamente rico por la posibilidad de compartir, pensar, escribir y retar a mis propios silencios. Fue un lugar importante de análisis, creación y crítica. Paralelamente me vinculé a procesos relacionados con entender las relaciones de poder tanto entre hombres y mujeres mayas como entre mujeres ladinas, mestizas e indígenas. En mis búsquedas personales, gracias a internet, me encontré con múltiples feminismos que me convocaron: los de las mujeres negras, afrodescendientes, indias, indígenas, chicanas y los feminismos críticos desde mujeres blancas, entro otros. Ya con varios años de haber estudiado por mí misma la teoría feminista, hice un diplomado en Género y Feminismo con la Fundación Guatemala, memorable espacio de formación, donde aprendí muchísimo, pero que en ese momento ignoró también lo que significan para las emancipaciones feministas estas realidades latinoamericanas donde la colonización, y no solo el patriarcado, definen las relaciones de género.

Vuelvo al campo académico, por la misma historia que nos cruza, no porque haya malas intenciones, por desgracia no puedo subrayar solo los aprendizajes con un entusiasmo falso. He experimentado ―tanto en Guatemala como en mi formación en México― que éste no es únicamente un lugar de creación sino un campo de poder. Por la historia de colonización, los indígenas han sido “los estudiados”, no “la autoridad que estudia”. Ese hábito social de querer ver a los indígenas siempre tutelados es un obstáculo para nuestros intentos de pensar con autonomía o independencia. Pero esto también supone un gran desafío. Se trata de pensar el conocimiento, los métodos y las técnicas de otras maneras que vayan cuestionando las jerarquías que hemos heredado y dando lugar a epistemologías más liberadoras. Nuestra experiencia como sujetos históricos indígenas y mujeres, nos permite ver la realidad desde otros planos. Por eso, mi propuesta es que nuestras voces alcancen una condición dialogante. Sin embargo, parece iluso esperar a que eso suceda solo; creo que lo más realista es la creación paralela de espacios autónomos. Esta ha sido la motivación principal para crear un incipiente espacio que junto a otras y otros colegas llamamos: Comunidad de Estudios Mayas.

Regresando a las tramas de la vida, aunque mi existencia no sea extraordinaria, la he vivido intensamente. No me entiendo sin mi familia, sin importar que vivamos mundos diferentes. Soy el resultado de la mezcla de mis experiencias, de mis tercos intentos por insubordinarme, de mis lecturas populares, de mis enojos, de mis tremendos errores, atrevimientos y sueños. No aprendo y me sigo dando de golpes contra la pared y recibiendo tragos amargos por desafiar las relaciones de poder donde estoy en desventaja. Pero es esto mismo lo que alimenta mis luchas. Escribo, pienso y comparto, gracias a la confianza de personas y organizaciones ―tanto de Guatemala como de otros países― que al invitarme me han estimulado a hacerlo.

Trato de huir de los dogmas, del pensamiento único, pero sobre todo, de la hipocresía. La gente que me inspira no es la que tiene gran capacidad de hablar, de construirse una imagen política, de pensar o de escribir abundantemente, sino la que me parece que ha llegado a ser sabia. Mi actitud ante la vida es cuestionar y desafiar toda forma de dominación dondequiera que se encuentre.

Texto
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“En ese momento ignoró también lo que significan para las emancipaciones feministas estas realidades latinoamericanas donde la colonización, y no solo el patriarcado, definen las relaciones de género”
“La intención de relatar algunos trozos desordenados de mi historia, es para describir ligeramente ciertas circunstancias que han empujado e inspirado mis luchas y definido lo que soy actualmente”.
El indio. La negación del indio como necesidad de clase.
“Soy una ser humana llena de contradicciones y de aspiraciones. No considero que mi vida tenga algo de especial, es más bien común y corriente, con todo lo que eso implica en este país”.
“...para mí (Comalapa) era un lugar de alegría y de libertad, se empañó de miedo y de tristeza con la llegada de la represión política o la violencia”.
“La década de los ochenta fue dura; la muerte nos visitó más que otras veces, llevándose a cada poco a un miembro de la familia. Cómo olvidar aquella tristísima semana de enero en que enterramos a uno de mis hermanos menores y a mi abuelo”.
“Soy el resultado de la mezcla de mis experiencias, de mis tercos intentos por insubordinarme, de mis lecturas populares, de mis enojos, de mis tremendos errores, atrevimientos y sueños”.
“Al hablar de mi misma, inevitablemente hablo de mi familia a la que estimo profundamente”.
“Soy el resultado de la mezcla de mis experiencias, de mis tercos intentos por insubordinarme, de mis lecturas populares, de mis enojos, de mis tremendos errores, atrevimientos y sueños”.
“El uniforme nos había acostumbrado a vestir falda, pero no por eso todas abandonábamos el uso del corte y el güipil”.
“Por influencias de mi madre, tías y abuela, mi hermana y yo siempre vestimos corte y güipil con mucha naturalidad. Ellas nos decían que al vestir de esa manera nos sentiríamos bien con nosotras mismas, pues a nadie tendríamos que ocultar que éramos naturales”.
“La lectura para mí siempre fue un refugio, sobre todo cuando la realidad era dura y triste. Fue también una manera de tejer una relación sólida con mis hermanos Walter y Loida”.