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Acaba el régimen, persiste el poder
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Acaba el régimen, persiste el poder

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Tipo de Nota: 
Opinión
15 09 15

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Expulsamos a Pérez Molina y declaramos muerto el régimen. Con las elecciones emprendimos su sepultura. Si en algo coincidieron tirios y troyanos fue en que más dinero ya no es igual a más votos, al menos en las peculiares circunstancias de esta campaña. Pero quedemos claros: lo que aquí se condenó fue la forma antigua de relacionarse los actores de poder —élite, clase política y ciudadanía—. Sin embargo, no caducaron los actores, mucho menos los recursos con que hacen valer sus intenciones.

Antes de la Cicig, las reglas decían que la élite pagaba a la clase política y que esta, a su vez, recompensaba a la ciudadanía. Como cómplices, cada parte sacaba algo: la élite compraba acceso a los negocios del Estado, la clase política conseguía votos para controlar el Gobierno, y la ciudadanía recibía dádivas y (muy eventualmente) servicios.

Con el tiempo el modelo se pervirtió. La clase política traicionó a sus amos de la élite y comenzó a tomar una tajada cada vez mayor de los recursos del Estado. Pero también traicionó a su clientela ciudadana al negarle los mínimos servicios públicos y vulgarizando las dádivas.

Esa doble traición explica mucho de la paradójica alianza entre élite y pueblo contra la clase política. Lo que ninguno les perdona a Baldetti, Pérez Molina (en ese orden) y su camarilla es la insolencia, más aun que el latrocinio.

Así, entre abril y septiembre chocaron placas tectónicas. Pero las placas siguen allí. La élite no ha desaparecido y conserva su principal recurso de poder: el dinero, con la banca y el mercado para controlarlo. La clase política sigue allí y mantiene sus principales recursos de poder: la organización clientelar de los partidos y, cuando tiene éxito, la burocracia pública. Finalmente persiste la ciudadanía, que, como demostró el 6 de septiembre, ejerce el voto como recurso de poder, con el cual castiga o premia a la clase política. Hoy lo entendió Baldizón, pero también Nineth.

Entonces, ¿qué cambió? Primero, la élite económica perdió la unidad que la hacía incontestable ante la clase política y el resto de la sociedad. Antes había un solo equipo en esta aldea y quien quisiera jugar no tenía más remedio que ponerse la camisola y patear la pelota que ponían los de arriba. Ahora algunos actores de élite se han desalineado. Como Mario López, de Tigo, apoyando a Pérez Molina en su hora oscura o el mismo Baldizón con su dinero de fuente misteriosa. Lo ilustra la fisura entre comerciales e industriales del bochornoso Cacif, con una falta de unidad que les costó tiempo y credibilidad en su eterna agenda.

Segundo, ya lo señalaba, la clase política mudó sus lealtades. En Wall Street, al corredor de la bolsa se le imagina decente, mientras el vendedor de bonos chatarra representa lo peor que hay. Igual aquí con la política. Pasó de ser territorio de corredores que algunos añoran «elegantes» (como un Skinner-Klee o, en su expresión tardía, un Taracena Díaz-Sol —cuánto importa un guion en el apellido—) a poblarse de vendedores de bonos centaveros, a la ordinariez de diputados que no saben cómo legislar ni les importa porque no llegaron a eso al Congreso.

Por último vino el detonante, la innovación que nos puso en la primera plana global: la ciudadanía que tampoco hizo lo esperado. Del silencio agradecido con el patrón político pasamos a la protesta y de ahí al voto suicida, que ignoró al «puto amo del sistema» para abrazar a Jimmy Morales. Jimmy, el que hizo de la incompetencia política una virtud.

Pasado el sismo, el polvo se asienta y nos preguntamos: ¿qué ha quedado? Poco si cambia la alineación entre actores, pero no la relación entre estos y sus recursos de poder. Piénselo: mientras el dinero siga únicamente en manos de la élite, apenas habremos progresado. Si la clase política no demuestra su lealtad a la ciudadanía, imposible será esperar resultados mejores. Y si la ciudadanía no se asume como actor político, más allá del voto, habrá reacomodo, pero no transformación.

Así que no nos demos por bien pagados. Jimmy ya se niega a transparentar el origen de sus fondos. La élite se apura a dar su beneplácito al que apenas ayer despreciaba como comediante de medio pelo. Y si hace falta, igual arrinconará a Torres. Al oír la complacencia ciudadana, como si la misión se cumpliera con votar, entienda que hemos completado un capítulo, pero que apenas empezamos a escribir nuestra historia democrática.

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