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“La democracia es negarse a la sentencia de la reina de Alicia en el País de las Maravillas”
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“La democracia es negarse a la sentencia de la reina de Alicia en el País de las Maravillas”

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Fernando Savater ha dicho en intimidad que él es solamente un ser humano que ha merodeado desde hace 36 años entre este mundo y el otro, entre Europa y América, y con licencia agrega que algo conoce de todo lo que hay contenido dentro de ese recorrido de ida y vuelta. Sobre todo en lo que concierne a la ética.

Pero una ética amplificada, adjunta, compartimentada, haciéndola a veces de corolario a un concepto tan advertidamente humano como él identifica a la democracia. Y por ende, el interés de su filosofía ha marcado el terreno de la política, tratando el tema desvinculado de la moral y de la religión, y sí ligado a una ética como un evento abierto, de autonomía propia.

“Los seres humanos buscan de manera natural su propia felicidad y la ética ayuda a clarificar esta voluntad y mostrar las formas de su realización”.  Y entre líneas Nietzsche, Espinoza y el bueno de Cioran existen en sus palabras.

Con este acompañamiento, Savater visitó Guatemala, traído no desde su natal San Sebastián, allá en el País Vasco, sino desde su descreimiento en el nacionalismo que ubica su base y residencia en Madrid. Y habló, nada somero aunque breve, de una seguridad democrática en responsabilidad y lucha de sus ciudadanos, donde también situaba enemigos: “Todas la democracias contemporáneas viven vulnerables a la influencia de los ignorantes. Y esto es cierto. Los ignorantes tienen voto. También son ciudadanos, aunque no sean ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes con el país. En cualquier caso son un peligro para la democracia”.

Y jovial, con esa actitud simpática que deposita sobre su forma de entender las cosas, Savater agregaba cómo las democracias educan en defensa propia. “Marco Aurelio dijo: Estamos condenados a nuestros semejantes. Edúcalos o sopórtales”, decía, para luego intentar un pequeño análisis sobre una relación –ética pero no moral– entre los políticos y sus obligaciones deontológicas. También de la pluralidad, las leyes necesarias para esbozar lo necesariamente común de, en sus palabras, sabrosas dinámicas de diversidad.

Sin embargo, su visita era en realidad una despedida. La fundación Soros-Guatemala confiaba, luego de 14 años en operación, su adiós a la presentación de Savater. Y el filósofo, antes de esta entrevista con Plaza Pública, sintetizaba algo de la labor de esta fundación: “Las personas libres nunca se preguntan qué va a pasar, sino qué vamos a hacer; porque pasará lo que dejemos que pase”. Esa, decía, es la verdadera pregunta de los ciudadanos, “de nosotros los que nos identificamos como pesimistas en activo”.

Parece que rondan por ahí algunos “pesimistas en activo” que quieren, antes de estar indignados, una transición desde un sistema autócrata hacia una democracia. Libia, Egipto… por ejemplo. ¿Pero qué se les puede decir a todos ellos cuando incluso ahora los mismos que estamos en “democracia” respingamos contra ella? ¿Qué les decimos de la democracia?

Bueno eso es verdad y es uno de los problemas que tiene nuestra educación en nuestros países. Si tu educas a los jóvenes en la idea de que todos los políticos son malos y corruptos, es muy difícil que un joven se interese por la política puesto que le has descrito una idea tan repulsiva, tan nefasta, que es igual a que los manuales de cocina indicaran cómo envenenarse preparando una tortilla o una paella. Entonces, claro, hace falta que alguien te diga las ventajas de las cosas y la necesidad que implica hacer algo para que te intereses por ello.

Normalmente, los que han vivido en una dictadura no necesitan que les expliquen las ventajas de la democracia. Son los que viven en una democracia los que necesitan que se las expliquen.

Hay males históricos contra los cuales todavía no hemos aprendido a luchar, y no lo hemos conseguido incluso con los principios de aquello que merece la pena en los sistemas de gobierno donde todos pueden participar. Esa es la diferencia que hay que hacer.

Entonces, ¿hay todavía cierto encanto en la democracia?

Bueno yo no sé si es encantador para el ser humano. A lo mejor tampoco lo sea para un gato de angora. Pero la democracia es la que mejor responde para nosotros los humanos.

Hay una cosa que parece que todavía no se comprende muy bien. En el desarrollo de sistemas multinivel (Europa, por ejemplo) de qué modo se pueden entender a los ciudadanos de a pie, de sus derechos y sus responsabilidades en relación a las instituciones supraestatales. ¿Son excluidos potencialmente?

Un filósofo como George Santayana decía que uno de los problemas que tienen todas las instituciones internacionales es que, implícitamente, pareciera que tienen la consigna de acostumbrar a los ciudadanos a ser gobernados por extranjeros. Cosa que de alguna manera es “contraintuitivo”, o sea. La gente jamás querría ser gobernada por extranjeros. No se aceptarían las decisiones que han sido tomadas fuera de nuestros países.

Entonces el ciudadano tiene varios niveles de participación. Se puede incidir siendo parte de la junta de vecinos de un barrio. En la gestión de su ciudad, también. Y así la democracia se compartimenta, digamos, en modalidad de cajas chinas, una dentro de otra. Pero habría que saber enseñar a cada persona que su participación es necesaria en todos los niveles –comunidad, escuela, calles–, aunque evidentemente será mucho más perceptible cuando actúa a un nivel macro, a un nivel mucho más elevado.

Pero hoy, gracias a la tecnología, hay un impacto y una repercusión que se da a una distancia y en unos contextos que antes no se creían imaginables. Por lo tanto, se trata de un reto en la forma de educar de los ciudadanos, en el aspecto de hacerlos cada vez más conscientes de que su proyección tiene alcances cada vez más mayores y relevantes.

¿Entra en conflicto la identidad en este aspecto?

La identidad también es múltiple. Amartya Sen y otros autores han explicado que lo absurdo es suponer que tenemos una identidad o que podemos asumir una y tapar todas las demás restantes. Tenemos, cada uno de nosotros, identidades familiares, sexuales, nuestras aficiones, los grupos de amistad que nos crean también cierta identificación, el Estado, las tradiciones culturales, el continente… etcétera… etcétera… Yo no me siento europeo cuando estoy en Europa, no obstante, me empiezo a sentir europeo una vez que estoy en América. Así las cosas. Y hay que saber que todos somos poseedores de un abanico de identidades.

En el tema de inclusión, y puede ser un tópico muy actual por lo que sucede con ETA, cree que existe la posibilidad de la legalización política del terrorismo. En concreto, ¿qué hacer cuando las democracias admiten actores y fuerzas de poder –guerrillas, crimen organizado, terrorismo, contrabando– con pasados ominosos?

Pues mira, la primera condición para volverte bueno es haber sido antes malo. Lo importante, claro, es que se haya conseguido que sucediera el proceso entre los dos estados.

Por ejemplo en España, cuando fue la transición de una dictadura a una era democrática, quién no había estado, pues, colaborando forzosamente con el gobierno de la autocracia. La interacción inevitablemente era un trámite. Algo mecánico. Y durante la transición hubo que ver de qué modo incluir a todos los actores, sobre todo cuando existían líderes o representantes sociales que habían abandonado una postura específica aun si luego buscarán un nicho ideológico en la política, pues tampoco podías intentar importar a gente del extranjero para que se hicieran cargo de asuntos como estos. No. Y en todo caso, de fondo, había que considerarlo como un progreso.

En el contexto reciente, pues bueno, nosotros quisiéramos creer que ETA o Bildu son personas que verdaderamente han renunciado al ego, pero está implícito que también hay que exigirles varios requisitos para su credibilidad. Si renuncian a las armas, también deberá cumplir un castigo, por lo que haya cometido. Y muy bien, recorrido este trayecto, será correspondiente una integración a la sociedad.

Las democracias se basan en el no exterminio del adversario. Las autocracias, por su parte, si no piensas como ellos te cortan la cabeza. La democracia es negarse a la sentencia de la reina de Alicia en el País de las Maravillas. Que no le corten la cabeza. Que hagan algo con ellos (los que piensan distinto) para que hagan algo, y circunstancialmente no prescindir del todo de ellos.

Sucede, en nuestras regiones, una imitación azarosa en relación a la crisis de Europa. En Centroamérica se plantean ciertas nociones de un Tratado de Integración Económica. ¿Qué recomendaría un territorio como Europa acerca de las integraciones económicas?

Cada vez vivimos en un mundo más interconectado. Lo que es absurdo es entender estas dinámicas como asuntos más bien de multinacionales comerciales. Lo lógico es que países, países sin un potencial económico alto, se unan. Creo, en todo caso, que se pueden considerar como elementos prudenciales. Es decir, los depredadores productivos, son todas sus multinacionales, siempre irán en busca de países vulnerables.

En buena medida los nacionalismos, divisores muchas veces de un país, y hasta de un territorio, serán categóricamente aprovechados. Pero de hecho, este tipo de entenderse frente al mundo, simbolizan también la búsqueda de una unión, no necesariamente tan defectuosa como la que hay ahora en Europa pero, pero de lo que se trata, y que aplaudo, es el intento fundamental de plantear la creación de una fuerza.

Normalmente, los que han vivido en una dictadura no necesitan que les expliquen las ventajas de la democracia. Son los que viven en una democracia los que necesitan que se las expliquen.
La primera condición para volverte bueno es haber sido antes malo. Lo importante, claro, es que se haya conseguido que sucediera el proceso entre los dos estados.
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