Zetas tras bambalinas

En enero de 2008, la administración de Álvaro Colom no percibió la dimensión de la amenaza de los Zetas. Y el otrora brazo armado del Cartel del Golfo entró hasta la cocina. Cuatro años más tarde, para el presidente Otto Pérez Molina los Zetas ya son un enfrentamiento anunciado. Un enfrentamiento en la que ninguna autoridad nacional menciona el nombre del líder zeta más importante en el país –aunque la embajada estadounidense lo sabe y fue filtrado por WikiLeaks– y en el que el nuevo jefe de Estado involucrará más a un ejército sostenido sobre lealtades movedizas.

El Z-40 se encargó de la plaza de Nuevo León, de Veracruz, y acabó en Guatemala, en donde ningún jefe de policía, fiscal del MP, funcionario del Ministerio de Gobernación, o la Dirección General de Inteligencia Civil lo menciona; esto a pesar del conocimiento de la Embajada en Guatemala y que sus cables fueron filtradas por WikiLeaks hace casi medio año.
El Gobierno tiene a un ejército en el cual la lealtad no es controlable. Dos ejemplos: el saqueo de armas de la bodega militar que acabó en manos de los Zetas; y el ex ministro de la Defensa Abraham Valenzuela, destituido porque fue una de las primeras personas a quien llamó José Ortiz (alias Chamalé) cuando fue detenido en marzo de 2011. Eso, sin mencionar los kaibiles reclutados por los Zetas, algunos, por medio de ex oficiales instructores de la Escuela Kaibil

Para finales de los años 90, el apodo de “Mata-amigos” era un traje hecho a la medida de Osiel Cárdenas Guillén, el jefe del narcotraficante Cartel del Golfo en México. Y no era para menos. Ordenaba asesinar a sus socios más cercanos por dinero o mujeres. Hace trece años, en 1999, mandó a matar a su propio compadre, Salvador “El Chava” Gómez. El compadre murió de un balazo en la cabeza porque Osiel no quería compartir el negocio con él. Luego, hizo ejecutar a un amigo cercano, Rolando Gómez Garza, porque su esposa era una de las mujeres que Cárdenas Guillén quería sólo para él. Pero estas ejecuciones no eran gratuitas. La paranoia se le trepó por la espalda al capo, y comenzó a temer que alguien cercano le pasaría factura.

Osiel desconfiaba de sus propios guardaespaldas, y en secreto sospechaba que hasta ellos podían matarlo. Entonces, pidió ayuda a Arturo Guzmán Decena, miembro del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFES), la élite del ejército mexicano. Según Ricardo Ravelo, autor mexicano, este Gafes fue el verdugo del “Chava” Gómez, y el arquitecto de los Zetas.

El GAFES no era cualquier cosa. Fue conformado para disolver la revolución zapatista en Chiapas, liderada por el mítico subcomandante Marcos, a principios de los años 90. El grupo presuntamente recibió entrenamiento de oficiales kaibiles en tácticas contrainsurgentes. Los kaibiles, versados en la materia durante el conflicto armado en Guatemala, tuvieron su primer contacto entonces con algunos de los futuros miembros de los Zetas.

Ravelo cuenta que Guzmán Decena, conocido como “Z-1”, recibió la instrucción de Cárdenas Guillén de reunir a un grupo de hombres confiables para protegerlo 24 horas al día. El Z-1, naturalmente, pidió ayuda a sus colegas en el GAFES. El jefe del Cartel del Golfo acabó blindado hasta los dientes. Y así nacieron los Zetas. El grupo tomó el nombre “Zeta” de las claves que el GAFES usaba para comunicarse por radio. El Zeta era el primer comandante del grupo en las ondas radiales.

La tarea de los ex miembros del GAFES pronto mutó, de ser la sombra de Cárdenas Guillén, a cuidar algunas plazas del Cartel del Golfo en la frontera con Estados Unidos y la costa del Atlántico mexicano. También custodiaban la recepción de cargamentos de cocaína en Chiapas y en Guatemala (los contactos en Sudamérica, que Osiel tenía al menos desde mediados de los años 90, enviaban los alijos). Así, el jefe del Cartel del Golfo tenía a sus órdenes un grupo de soldados disciplinados, preparados profesionalmente para enfrentamientos bélicos por el Estado mexicano. En cada plaza clavaban una “estaca”, un contingente de 15 zetas (ex militares) guiados por un subcomandante, para asegurar el lugar, según Ravelo.

Los Zetas se metieron en el reto como balas en una pistola. Como ex miembros del GAFES, conocían Chiapas como la palma de su mano desde la época de la Revolución Zapatista. Eso les facilitaba el acceso a la frontera de Guatemala por el norte de Huehuetenango. Un investigador del Ministerio Público (MP) dijo que por ahí entró el grupo en 2007 que mataría a Juan José “Juancho” León Ardón en marzo de 2008. Esa no era la primera vez que llegaban a territorio guatemalteco. Ya tenían casi una década de entrar al país desde México, y sus opciones de entrada eran múltiples.

No hay una estimación exacta del total de puntos ciegos en toda la frontera entre México y Guatemala, “pero hasta la fecha se han detectado 54 cruces vehiculares informales, según la Comisión Internacional de Límites y Agua de Guatemala-México”, de acuerdo con Werner Ovalle, consultor del Sistema de Integración de Centroamérica (SICA).

Cae el patrón

Osiel Cárdenas no era el producto de una familia tradicional del crimen organizado, pero se abrió paso a codazos–y balazos–hacia la cima de un imperio: el Cartel del Golfo. Comenzó vendiendo droga al narcomenudeo desde su taller de mecánica en Matamoros, Tamaulipas. Para 1997, prácticamente era dueño de la franquicia criminal y delictiva de Tamaulipas y el Golfo de México. Rodearse de los Zetas un año después consolidó sus dominios. Tenía una extensa red de informantes, y autoridades municipales y federales, y también consiguió meterse al mercado de drogas sintéticas, según lo relata Ravelo en su libro “Osiel, vida y tragedia de un capo”.

El “Mata-amigos” se había blindado contra un asesinato inesperado, pero no contra una captura–menos una solicitada por Estados Unidos (EE.UU.). Para 2003, Osiel Cárdenas ya no dormía en la misma casa dos noches seguidas. Pero esta precaución y sus redes de contactos no evitaron que un grupo élite de agentes federales mexicanos acabara respirándole al cuello. Cuando cayó, el narco-estrellato de Cárdenas Guillén se desplomó como un castillo de naipes.

Ravelo escribe que los Zetas posicionaron al Cartel del Golfo como un rival del Cartel de Sinaloa, y extendieron su red de contactos corruptos en México y Centroamérica. De hecho, en 2004 (cuando el gobierno de Óscar Berger redujo el ejército a la mitad), los Zetas contrataron a 12 kaibiles desempleados para unirse a ellos en territorio mexicano. El grupo partió desde Petén, internándose en México por la frontera de Tenosique, Tabasco, y llegó hasta Veracruz.

Cárdenas Guillén aprobaba todo tras de las rejas. Ya tenía noticias de un intento de asesinato contra él, en la cárcel, por orden de Joaquín “El Chapo” Guzmán, el líder de los narcos sinaloenses. Este fue el escenario que encontró el mandatario Felipe Calderón cuando asumió la presidencia en México a finales de 2006. Un año después, Cárdenas Guillén fue extraditado. Entonces, Eduardo Costilla, alias “El Coss”, asumió y compartió el liderazgo del Cartel del Golfo con el hermano de Osiel Cárdenas, Antonio Ezequiel Cárdenas, alias, “Tony Tormenta” (quien murió en un enfrentamiento con el ejército mexicano en noviembre de 2010).

Conquista de nuevas plazas

Los Zetas vigilaban los intereses del Cartel del Golfo, pero con su primer patrón extraditado, también comenzaron a operar por su cuenta en México y Centroamérica–en parte, aprovechando los contactos que durante 10 años mantuvieron por encargo de Osiel. Uno de los objetivos era para prevenir una expansión del Cartel de Sinaloa (o del Pacífico), con mayor dominio en la costa del Pacífico de México y Guatemala.

Pero en 2007, una de sus operaciones en Honduras salió mal. Una emboscada acabó con un cargamento robado y el asesinato de dos zetas, de acuerdo con fuentes de inteligencia militar de México y Honduras. La versión indica que los Zetas averiguaron, por medio de sus contactos en la región, que el presunto culpable era Juancho León, y que vivía en Zacapa, donde ya era famoso por sus tumbes o robo de droga.

También averiguaron que Juancho León estaba casado con Marta Lorenzana, miembro de una familia que el Departamento de Justicia de EE.UU. (USDOJ) identificó –antes que el gobierno guatemalteco lo hiciera oficialmente– como uno de los principales clanes del narcotráfico en Guatemala. Nada de esto persuadió a los Zetas. Ellos necesitaban anunciar (con altavoces) que una afrenta a los Zetas era imperdonable.

Desde antes del año 395 AC, el historiador griego Tucídides escribió que cuando un imperio es atacado, debe contraatacar para probar que no está vencido, que no es débil. Los Zetas no eran un cartel, pero aspiraban a convertirse en uno, especialmente uno que aspiraba a ser temido.

Además, ya llevaban la escuela de derecho de piso del Cartel del Golfo. La aprendieron de Cárdenas Guillén, quien la mantuvo mientras dominaba Tamaulipas. Sucedió a Juan García Ábrego (detenido en 1996), y su tío, Juan Nepomuceno Guerra Cárdenas. El tío había dominado la extorsión y el secuestro en la zona, y manejó el contrabando de licor hacia EE.UU. durante la prohibición de la venta de licores entre 1920 y 1933, después el tráfico de mariguana y, eventualmente, el de cocaína. Violar una franquicia criminal se pagaba caro en ese entonces. Los Zetas iban a extender la tradición en la zona que comenzaron a colonizar en Centroamérica.

El 25 de marzo de 2008, Juancho León llegó confiado a una reunión –presuntamente pactada por medio de los Lorenzana– que resultó ser una emboscada con sus verdugos. Llegó voluntariamente a un callejón sin salida. Hasta entonces, se percató que le había robado a la gente equivocada.

Relaciones  frágiles

Insight Crime, un sitio estadounidense especializado en crimen organizado, divulgó en septiembre pasado que para 2007, Juancho León había extendido sus dominios hacia Alta Verapaz y Petén. Cobraba derecho de piso a los grupos locales, y la osadía le generó rencillas.

Una versión extraoficial de inteligencia reza que León se había convertido en un yerno incómodo para los Lorenzana. Sus tumbes les creaban enemistades innecesarias. Así, los Lorenzana y los Zetas compartían un objetivo: deshacerse de León –aunque se desconoce cómo llegaron a un arreglo. Entre los muertos colaterales de la matanza también estuvo Héctor Enrique León Chacón, un hermano de Juancho.

La policía que llegó al lugar vió cómo “Waldemar Lorenzana y miembros de la familia León llegaron a la escena, se llevaron los cuerpos de (Juancho) León Ardón y León Chacón,  e incendiaron los vehículos de León Ardón”, según un cable de la Embajada de Estados Unidos en Guatemala (08GUATEMALA387), fechado el 28 de marzo de 2008 y filtrado por WikiLeaks. El documento indica que oficiales de la Policía Nacional Civil (PNC) informaron estos datos a la Fuerza de Tarea de la DEA (Agencia Anti Drogas estadounidense). No explica por qué los vehículos –que eran evidencia en una escena del crimen– fueron incendiados y por qué la policía presente no intervino.

El cable se refiere a Waldemar Lorenzana Lima, el padre y jefe del clan (detenido el 26 de abril de 2011, y en espera de la extradición a EE.UU.), pues lo identifica como “el líder de un cartel guatemalteco”. Un fiscal que investigó el caso dijo que un jefe de policía de Zacapa confirmó que sí era Lorenzana Lima, y que sí trató de llevarse los cuerpos, pero no se lo permitieron.

Según el fiscal, el comisario declaró que la escena estaba acordonada, y nadie podía entrar, pero que Lorenzana llegó con un “ejército” de guardaespaldas y no se atrevió a negarle la entrada. “Dijo que se acercó al cuerpo de Juancho, le quitó el reloj, la billetera, y tomó la pistola tirada a la par del cadáver; prácticamente lo basculeó (revisó)”, relató la fuente. El fiscal reveló que nadie de la familia León o Lorenzana reclamó los cadáveres, pero que lo hizo un empleado de una funeraria, que luego presuntamente llevó los restos hasta una vivienda de los Lorenzana.

Socios por conveniencia

Insight Crime sostiene que los Zetas se asociaron con Walther Horst Overdick de Alta Verapaz, y que ambos estaban interesados en quitar a Juancho León del camino. El reporte de Insight Crime señala que León robó varios cargamentos a Overdick (sin mencionar el lugar), quien envió a sus hombres junto a los Zetas a Zacapa para cobrar el atrevimiento. Pero el documento no menciona que León emboscó la caravana Zeta en Honduras, y que ellos vengaron la afrenta, más por la muerte de dos zetas que por el robo de la droga. Overdick es uno de los aliados más fuertes para los Zetas en Guatemala, por sus contactos locales, pero sus intereses no guiaban a los sicarios mexicanos.

Insight Crime consigna que Overdick comerciaba con el cardamomo en Alta Verapaz, y cuando el negocio estaba lento, movía mercancías ilegales –que pronto incluyeron cocaína. Pero aunque tenía acceso a la droga desde Sudamérica, tenía un problema: le hacía falta “músculo”, una clase de poder bélico que sólo los Zetas le podían dar. Entonces, los Zetas desarrollaron una relación de conveniencia, no muy distinta de otras en Honduras y El Salvador. La base que establecieron en Alta Verapaz les resultó útil cuando planificaron la muerte de Juancho León. Una vez entraron a Huehuetenango, volaron directamente a Cobán. Sabían exactamente a dónde ir. Según la citada publicación, Overdick y los Zetas lavan ganancias del narcotráfico por medio del negocio del cardamomo y la construcción. Pero, de acuerdo con el fiscal, “es Overdick quien trabaja para los Zetas, y no al revés”.

Un ex asesor gubernamental afirma que un alto oficial militar retirado montó la estructura operativa de los Zetas, alguien que tuvo contacto con el GAFES hace años en Tamaulipas. Pronto no fue difícil establecer quién tenía la sartén por el mango en Alta Verapaz. Sin los Zetas, Overdick no tenía a quién vender la droga en México. Además, los otros compradores del Cartel del Golfo o de Sinaloa unieron fuerzas contra los Zetas en México, según el Departamento de Justicia de EE.UU.

El castigo Zeta

Otras lecciones con la firma de los Zetas pronto llegaron hasta los titulares de prensa. En 2008, ocho meses después de la matanza en Zacapa, ocurrió otra mayor que dejó 17 muertos en Huehuetenango, a pocos metros de la frontera con México. En ese entonces, el MP anticipó que los Zetas quisieron anunciarse en territorio de los socios del Cartel de Sinaloa, irrumpiendo en una carrera de caballos.

En 2009, protagonizaron tres eventos. En marzo, la policía encontró un campo de entrenamiento zeta en una finca de Ixcán, Quiché (decomisó al menos 500 granadas, docenas de municiones y armamento). En abril, según el MP, los Zetas mataron a cinco investigadores policiacos que presuntamente llegaron a robar droga a una bodega que pertenecía a los Zetas en Amatitlán; en el lugar, también apareció armamento similar al hallado en Quiché (una parte, robado de una bodega militar con complicidad de oficiales militares). Unos meses después, los Zetas robaron un arma a un oficial de la PNC en Quetzaltenango, un reto abierto que dio lugar a una persecución que se extendió a cinco departamentos.

Si en la etapa de formación de los Zetas en México se estimaba que sumaban 750, según Ravelo, en Guatemala un investigador del MP–con base en información de inteligencia militar y policial–decía que en 2010 los Zetas en Guatemala sumaban al menos mil, y un tercio eran mexicanos. Entre el centenar de presuntos zetas capturados en Guatemala para finales de 2011, un tercio son mexicanos, según la Dirección General de Inteligencia Civil (Digici).

En 2010, fueron noticia en tres ocasiones. En junio fueron vinculados con el asesinato de Merlin Giovanni España Arrué, en Zacapa, identificado como el sucesor de Juancho León por la policía. En octubre, entraron a Petén (desde Belice) en una caravana de unos 20 vehículos (con al menos 60 hombres), de acuerdo con el Ministerio de Gobernación. Se dirigían hacia El Naranjo. Un artículo de The Miami Herald de ese mes señala que buscaban un cargamento de cocaína, en una finca de la viuda de España. Luego se marcharon hacia México. En diciembre, después que el gobierno decretó Estado de Sitio en Alta Verapaz, un grupo que se identificó como Zeta obligó a los locutores de tres estaciones de radio a leer una amenaza al gobierno por “incumplir la promesa de protección a cambio de mucho dinero” –señalamiento que las autoridades negaron.

En 2011, salieron a flote cinco veces más. En marzo, la PNC decomisó un cargamento de 453 kilos de cocaína (algunos reportes se refieren a 432 kilos) en Raxruhá, Alta Verapaz, a los Zetas. En mayo, estos se les atribuyó la decapitación de 27 campesinos en La Libertad, Petén, donde un día después se impuso un Estado de Sitio. La finca era propiedad de Otto Salguero, contra quien los Zetas se vengaron –según pintas dejadas en el lugar y una versión extraoficial del MP– porque traficaba droga con el Cartel del Golfo. Unos días antes, una sobrina y dos socios de Salguero también murieron decapitados.

Por el hecho fue detenido el ex kaibil Álvaro Gómez Vásquez, dado de baja en 2004, cuando 12 kaibiles se integraron a los Zetas en Veracruz. No se descarta que Gómez Vásquez, jefe asignado a la plaza en Petén, figurara entre ellos pero volviera a Guatemala. Fue capturado en mayo de 2011 como uno de los presuntos autores intelectuales y materiales de la matanza.

El 25 de mayo, aparecieron los restos del fiscal auxiliar de Cobán, Allan Stowlinsky (secuestrado días antes), en varias bolsas de plástico en distintos puntos del centro de esa ciudad. En julio, las autoridades descubrieron que los Zetas utilizaban una finca de Ixcán (cateada en marzo de 2008) para una fiesta, y detuvieron en las horas y días siguientes a 14 personas, incluyendo al hijo de Overdick, Kevin. Unas semanas después, el 21 de agosto, en Antigua Guatemala, también capturaron a un sujeto que identificaron como el contador de los Zetas en el país. Le decomisaron Q3 millones en efectivo, y computadores con registros electrónicos que consignaban pagos mensuales de planillas hasta por US$350 mil.

Calibre en el mapa narco

En junio de 2011, el entonces ministro de Gobernación, Carlos Menocal, dijo que en ese primer semestre se había decomisado mil kilos (una tonelada) de cocaína a los Zetas. La cantidad fue el 25 por ciento de la cocaína incautada todo el año. Pero el dato no significa que los Zetas manejen una cuarta parte de la distribución de esta droga en el país. Esos mil kilos podrían ser un porcentaje menor o mayor del total de la droga que recorre las rutas zetas hacia México. 

El Departamento de Estado calcula que cada año pasan 300 toneladas por Guatemala. Y como el Cartel de Sinaloa es la estructura que más cocaína introduce en territorio estadounidense, según el Departamento de Justicia, se puede estimar que una parte considerable del trasiego de cocaína en Guatemala pertenece a los socios locales del Cartel de Sinaloa. Resta establecer si las capturas de varios de ellos, entre 2010 y 2011, cambiará esta tendencia, y cuán real es el crecimiento de los Zetas en México, como para fortalecer su posición en Guatemala.

La firma estadounidense de análisis  Stratfor aseguró, citando a la Procuraduría General de la República de México en enero pasado, que los Zetas ya predominaban en el narcotráfico mexicano. El informe fue replicado por medios como la BBC, y el diario mexicano Excelsior, entre otros.

Escondite a plena vista

Después de la matanza en Zacapa, las autoridades (desde la PNC hasta el MP) se concentraron en un personaje que denominaban “clave” entre los Zetas en Guatemala: Daniel Pérez Rojas, alias “El Cachetes”. Capturado en Mixco (cerca de la capital), unos días después del suceso en Zacapa, El Cachetes pronto fue vinculado al asesinato de Juancho León, y se estableció que también era “buscado” por la justicia en México. Mientras tanto, otros nombres pasaron desapercibidos.

El cable de la embajada estadounidense, fechado tres días después de la narcomatanza, afirmaba en su último párrafo: “Fuentes de la DEA sugieren que este ataque podría ser un síntoma de la decisión probable del narcotraficante mexicano Treviño Morales de tomar el control del narcotráfico en Centroamérica, especialmente en Guatemala, Honduras, y El Salvador”.

El documento, firmado por el entonces embajador James Derham, se refería a “Miguel Ángel Treviño Morales, del Cartel del Golfo en México”, al que los Zetas todavía estaban ligados. Además, asociaba a uno de los mexicanos capturados en Zacapa, Roberto Rodríguez Cárdenas, alias “El Bebé”, con Treviño Morales. El cable decía que los autores de la matanza pertenecían a la “Organización Los Zetas de Nuevo Laredo”.

Autoridades mexicanas y estadounidenses identificaban a Treviño Morales como el segundo jefe de los Zetas en México, después de Heriberto Lazcano Lazcano, alias “El Lazca” (el sucesor de quien fue el Zeta 1). Treviño Morales usa los alias Comandante Forty, o Z-40. Su hermano Omar, o Z-42, también pertenece a la organización.

El Z-40 se encargó de la plaza de Nuevo León, luego la de Veracruz, y poco después acabó en Guatemala, en donde ningún jefe de policía, fiscal del MP, funcionario del Ministerio de Gobernación, o la Dirección General de Inteligencia Civil (Digici) lo menciona; esto a pesar del conocimiento de la Embajada en Guatemala y que sus comunicaciones fueron filtradas por WikiLeaks hace casi medio año. En Estados Unidos es buscado por cinco asesinatos y narcotráfico, así como en México. Entre ambos países se ofrecen $7 millones de dólares por su captura.

Dos años después del cable diplomático, un ex agente federal estadounidense reveló extraoficialmente que Treviño Morales ya “manejaba el narcotráfico en Guatemala”. Agregó que dirigía una estructura de cuatro pilares. Uno era liderado por un hermano de Jorge Mario Paredes (quien cumple una condena por narcotráfico en EE.UU.). Otro era manejado por Otoniel “el Loco” Turcios Marroquín, ex socio de Paredes. Turcios operaba entre Alta Verapaz e Izabal (tenía empresas de transporte y construcción, y hasta recibió contratos del gobierno), hasta que lo capturaron en Belice en octubre de 2010 y extraditaron a EE.UU. En ese país está acusado de narcotráfico en el mismo caso que Paredes. Dos sujetos que la fuente no identificó manejaban los pilares restantes.

Para el 19 de diciembre de 2010, el gobierno anunciaba la imposición de un Estado de Sitio en Alta Verapaz, para devolver gobernabilidad a la zona. Ese mes, el grupo auto denominado Zeta irrumpía en las tres estaciones de Cobán para enviar un mensaje claro: un reclamo por el incremento de seguridad después de que habían comprado protección; decían que “Juancho” supuestamente hizo llegar US$11.5 millones al entonces presidente Colom. El mandatario desmintió la acusación, y las autoridades dudaban que se tratara de los Zetas.

Sin embargo, ocho meses antes de que el mensaje saliera al aire, y la prensa lo replicara, una versión similar fue divulgada por un ex agente federal –con algunas diferencias. La fuente decía que Treviño Morales ordenó comprar la protección, y que otro narcotraficante (preso en EE.UU.), no Juancho León, entregó US$13 millones (no US$11.5 millones) a un funcionario cercano a Colom.  La fuente escuchó esta versión de un testigo, pero no podía dar fe que los fondos llegaron hasta el expresidente.

Las coincidencias entre el relato del ex agente federal y los anuncios radiales de diciembre de 2010 en Cobán podrían apuntar a dos escenarios: o una mala mezcla de medias verdades, o la explicación de por qué el nombre de Treviño Morales nunca fue mencionado en micrófonos. La información sobre su presencia en el país también fue corroborada extraoficialmente por fuentes de inteligencia mexicanas a un periodista estadounidense. Además, en octubre de 2010, un alto funcionario del Ejecutivo dijo extraoficialmente que el mexicano era “el número uno del narcotráfico en Guatemala”.  Un mes antes, un investigador de la unidad antinarcótica del MP aseguraba desconocer la existencia de Treviño Morales. ¿Cómo explicar entonces que la conocía un funcionario del Ejecutivo?

Dominio a control remoto

La presencia del Zeta 40 en Guatemala no excluía movimientos en México. Por ejemplo, mientras en abril de 2010 el ex agente federal aseguró que Treviño Morales operaba en Guatemala, la policía mexicana lo ubicó escapando de un tiroteo en Tamaulipas el mismo mes –según prensa local– y evadiendo su captura en Puebla y Veracruz, en octubre del mismo año.

Si Treviño Morales era una pieza movible, más lo eran sus subalternos como el Zeta 200, quien se atribuía la masacre de campesinos de mayo de 2011 en Petén. Identificado como Flavio Méndez Santiago por las autoridades mexicanas, el Zeta 200 fue capturado en enero de ese año en Oaxaca. En su país de origen era conocido por las extorsiones y asesinatos de migrantes, y sus movimientos habían sido rastreados hasta Alta Verapaz (antes del Estado de Sitio) y Petén. Se presume que ordenó la masacre en La Libertad desde la cárcel.

Otros nombres en las estructuras Zeta surgieron después que las autoridades descubrieron que festejaban sus hazañas en la finca del Ixcán, Quiché, con carreras de caballos y peleas de gallos. Los vieron en imágenes grabadas en videos que las autoridades hallaron abandonados en el lugar, rostros de zetas mexicanos importantes que correspondían a William, alias “Comandante W”, y a David Solórzano Ortiz, alias “El Chombo” (este último, capturado). Entre ellos también aparecía un sonriente Overdick, alias “El Tigre”. Pero el nombre de Treviño Morales no apareció por ninguna parte.

Un funcionario de la Digici dijo en diciembre pasado que el contador de los Zetas, detenido en agosto de 2011 en Antigua Guatemala era el único personaje de la estructura ubicado en esa Ciudad. No obstante, de acuerdo con el citado ex agente federal, el Z-40 tenía una finca en Antigua y en Alta Verapaz –datos que también confirmó un ex funcionario del Ejecutivo. Coincidencia o no, Paredes admitió a la DEA que había recibido dinero de Turcios Marroquín y de Juancho León para comprar propiedades en Antigua y Alta Verapaz. Pero se desconoce si los Zetas (o Treviño Morales, en particular) tomaron algunas de estas propiedades  como botín de guerra.

Lealtades movedizas

El presidente Otto Pérez Molina, un general retirado, tiene frente a sí un enfrentamiento anunciado, una advertencia que la administración Colom no escuchó con claridad en 2008. El nuevo mandatario, uno de los fundadores y ex director de la Escuela Kaibil, apuesta a incrementar el uso del Ejército contra el narcotráfico, aprovechar a las fuerzas kaibiles –como lo hicieron los zetas (un ex jefe del Estado Mayor de la Defensa y un instructor kaibil aseguran que no existen más de 1,600 kaibiles en activo o en retiro). Además, Pérez Molina ofrece utilizar los recursos financieros disponibles para reforzar la policía– y obtener apoyo extranjero. Pero también tiene entre manos una situación más compleja.

Por un lado, tiene a un ejército en el cual la lealtad no es controlable. Al menos, no lo ha sido hasta el momento. Dos ejemplos: el saqueo de armas de la bodega militar que acabó en manos de los Zetas; y el ex ministro de la Defensa Abraham Valenzuela, destituido porque fue una de las primeras personas a quien llamó José Ortiz (alias Chamalé o Hermano Juan), socio del Cartel de Sinaloa, cuando fue detenido en marzo de 2011. Eso, sin mencionar los kaibiles reclutados por los Zetas, algunos, por medio de ex oficiales instructores de la Escuela Kaibil. Los problemas de lealtad tampoco son ajenos a las filas policiales.

En Cobán, sólo un mes después de finalizado el Estado de Sitio, la comisaría de la PNC todavía estaba infiltrada. Sólo de ahí se pudo filtrar el número del celular de un agente que los Zetas amenazaron telefónicamente después de un decomiso de cocaína, solo dos días después de ser asignado a la zona.

En su libro “Revolutions”, el autor Jack Goldstone explica que un ejército que no se identifica con su líder, incrementa la vulnerabilidad de un Estado. Sin embargo, aunque Pérez Molina haya colocado a oficiales de su confianza en puestos claves del Ministerio de Defensa y del Estado Mayor de la Defensa (EMD), eso no le garantiza que todas las fuerzas militares se inclinen hacia la lucha antinarcótica, o sean intocables por los militares (en activo o en retiro) cómplices del narcotráfico. En muchos casos, el dinero resulta persuasivo.

En 2009, según un cable de la embajada estadounidense (09GUATEMALA106), autoridades guatemaltecas encontraron tres cheques extendidos a nombre del coronel Carlos Mancilla durante un cateo a una casa de Overdick en Cobán. Poco después, Mancilla fue nombrado subjefe del EMD. Ese año, un ex kaibil afirmó que le ofrecían US$25 mil mensuales por viajar a México a entrenar zetas en sicariato, paracaidismo y explosivos, pero rechazó la oferta por temor a no vivir para contarlo. En el ejército su sueldo era de Q4 mil.

Por otro lado, los militares mexicanos que salieron del GAFES para integrarse a los Zetas sí lograron una lealtad granítica entre sus filas. Empezaron por considerarse cosa aparte. Si algún día le fueron leales a Osiel Cárdenas, fue porque él les abrió la puerta al mundo narco. Después de él, no le debían nada a nadie. Eso incluía piezas de bajo rango, como los zetas capturados en Guatemala (tres subcomandantes mexicanos y cuatro guatemaltecos designados a las plazas en Petén, Quiché, Baja y Alta Verapaz, Jalapa y Huehuetenango). Su detención no ameritó vendetta alguna.

Pero entre los Zetas mexicanos, militares, una afrenta contra uno es una afrenta contra todos. Por eso planificaron el asesinato de Juancho León con tanto cuidado; por eso se vengaron de Salguero matando a los 27 campesinos; por eso mataron al fiscal Stowlinsky que contó la droga decomisada a los Zetas. Por eso, Treviño Morales nunca le perdonó a El Coss –jefe del Cartel del Golfo– que ordenara asesinar a su operador financiero y compadre Víctor Peña, alias “El Concord 3”.

Cuando El Coss se negó a entregar a los asesinos de Peña, Treviño Morales le declaró la guerra al Cartel del Golfo. En enero de 2010, anunció la independencia definitiva de los Zetas. Eso incluía la toma de las plazas encomendadas a los Zetas en México y Centroamérica. Al final, la traición que Osiel Cárdenas esperaba tal vez no habría llegado de quienes la esperaba (sus guardaespaldas antiguos), sino de sus nuevos guardianes, los Zetas –pero su captura le evitó averiguarlo. Era cuestión de tiempo para que Treviño Morales marcara distancia con un Mata-amigos que, lejos de vengar la muerte de su compadre, había ordenado asesinarlo. Los Zetas no conceden zonas grises. Llegaron a todo o nada.

De acuerdo con Michael Vigil, ex Jefe Internacional de Operaciones de la DEA y actual asesor de Mission Essential Personnel en Washington, “será muy difícil inmovilizar (a los Zetas) si extienden sus tentáculos adentro de los procesos políticos, sociales y económicos de Guatemala”. Algunas evidencias indican que ya lo hicieron. Lo que pueda hacer el gobierno de Otto Pérez Molina al respecto todavía es historia por escribir.

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Luis Mendez Salinas. Si algún día nos haremos luces.
La ventana en la pared constituye el acceso al basurero de La Verbena. El muro separa la vida de los mineros del resto del mundo.
El Maracaná.

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