Soledades

Hace mucho que Aurelio Fuentes dejó de usar el despertador. La vida ahora le resulta tan corta que el subconsciente se encarga de avisarle cuando ya ha dormido lo necesario.
Si los hombres vivieran con plena conciencia de su finitud no solo serían más felices sino estarían más preparados para decir “adiós”, pensó.

Se levanta poco antes del alba. Saca uno de sus trajes con olor a humedad y madera vieja. Mientras se anuda la corbata, recuerda que soñó con ella. Se perfuma con un solo dedazo de colonia, ya que la plata no da para esos lujos.

Se prepara un café instantáneo, nunca aprendió la medida exacta que debía usar en el percolador, esa maravillosa máquina que su hijo menor le regaló con su primer salario ganado en el país del norte. Sus manos temblorosas palpan en la penumbra la consistencia del pan que está sobre la mesa. “Ojalá y haya uno que aun se pueda comer” piensa, intentando recordar su última visita a la panadería.

Se sienta en el lugar de siempre y contempla ante sí la silla vacía. Le duele el corazón y el bocado amenaza con atorársele en la garganta. Respira profundo y evita pensar, prefiere reservar sus recuerdos para el momento que les ha reservado celosamente.

Bebe el último sorbo de café y realiza una revisión visual y mental de los detalles que no debe olvidar. Ahora no tiene quien lo cuide.

Las calles semivacías, el silencio y el frío afianzan su sensación de soledad. Entre dientes susurra una canción mientras se concentra en el camino. En pocos minutos llega a su destino, el Montículo de la Inmaculada Concepción. Desde ahí ha visto crecer y cambiar su ciudad. También es el receptáculo mudo de sus aventuras. Se sienta en la misma banca, frente a la Virgen o Mamita de Chaguaya como le llamaba Ruth, su esposa. Aquella mujer que se fue de este mundo sin enseñarle a enfrentar su ausencia.

Su corazón empieza a acelerarse cuando le visita el primer recuerdo y tras este una cascada incontenible de imágenes y retazos de historias. Meditó en todas las veces que se preparó afanosamente para la vida: el primer trabajo, su boda, el nacimiento de su primogénito, su primera conversación de padre a hijo, sus modestos ahorros. Se recriminó entonces por no haberse tomado un tiempo para reflexionar sobre la muerte y así enfrentar con entereza y sabiduría este enorme vacío.

La muerte es más que la extinción de la vida, también es destrucción y vio muchas cosas desmoronarse a lo largo de sus años: sueños, esperanzas, relaciones. Sin embargo, nada laceraba tanto como esta privación de los sentidos. Su necesidad cedió paso a la obsesión por verla, tocarla, olerla, escucharla.

Se dio cuenta de que no se sufre la soledad, se sufre el por qué de la misma.

Si los hombres vivieran con plena conciencia de su finitud no solo serían más felices sino estarían más preparados para decir “adiós”, pensó. Se fijó en las arrugas de sus manos y oró ahogado en llanto…

Politóloga egresada de la Universidad Rafael Landívar especializada en Mediación y Resolución de Conflictos. Docente universitaria; actual coordinadora del Programa de Opinión Pública de la URL; asociada permanente y Vicepresidente de la Asociación de Investigación y Estudios Sociales -ASIES-. Este blog es un pequeño espacio de libertad que expresa únicamente mi sentir, experiencia y opiniones personales. Dado que este perfil tiene por objeto darle una idea de quién soy, anticipo que lo anterior dice poco. Soy, lo que escribo y cómo lo escribo. Mente y corazón tecleando estas letras. Twitter: carmenortize

-A A +A
6

Entradas recientes