Carlos A. Mendoza Alvarado. Centroamericano nacido en Guatemala. Economista (UFM) y politólogo (Stanford y Notre Dame, EE.UU.), socio-fundador de Central American Business Intelligence (CABI). Ha estudiado diversos temas como pueblos indígenas, violencia y seguridad ciudadana y, recientemente, asuntos como educación y protección al consumidor financiero. Ha recibido varias becas para estudiar en el extranjero y ha publicado con FLACSO-Guatemala sobre los linchamientos. Le apasiona aprender todo lo relacionado con las ciencias cognitivas y leer, aunque se considera no-teísta, sobre la evolución de las múltiples creencias religiosas. Es comisionado para la revisión de la política antidrogas. camendoza72(arroba)gmail.com.

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¿Qué significa tener conciencia ecológica?

Para algunos, la respuesta es obvia y un tanto simplista: no botar basura por la calle, ahorrar el agua potable, no contaminar el aire con el humo de los carros, o sembrar un arbolito alguna vez en la vida.

Si todos hacemos un poco, se dice, el resultado agregado será un medio ambiente más saludable para la vida humana. Otros argumentan que, en el caso de los países pobres, es una locura preocuparse por la protección y conservación de la flora y fauna que nos rodean, así como de los demás recursos naturales, pues el desarrollo económico requiere la explotación de todos estos “insumos” para generar riqueza, que eventualmente será repartida por medio del mercado y alguna ayuda del Estado (aunque no necesariamente de manera equitativa). Los que se oponen a esta visión desarrollista son llamados de manera despectiva como “eco-histéricos” o “neo-comunistas” (verdes por fuera, pero rojos por dentro).

Para evitar este modelo suicida de desarrollo, lo primero que debemos comprender es su origen ideológico. ¿De dónde proviene la idea que el ser humano puede hacer lo que quiera con el planeta y los demás seres vivos que lo habitan? En el pensamiento Occidental está clara la influencia de las creencias judeo-cristianas. En el Génesis se relata que el creador mandó a los primeros seres humanos a procrearse y someter al resto de creaturas (ver Cap. 1, 26-31). De esta manera, durante siglos, se ha considerado al ser humano como el centro del Universo, al punto que se creía que el Sol giraba alrededor de la Tierra. Dicho modelo mental aún no ha sido superado, incluso en organizaciones vinculadas al desarrollo y que no profesan credo religioso. Los políticos, por supuesto, no se apartan de estas creencias y presumen al afirmar que impulsarán desde el Estado, políticas que tengan como fin primordial el bienestar del ser humano. Claro que tampoco dicen cómo repartirían los eventuales costos y los beneficios de la explotación de recursos naturales que son propiedad estatal, esto último como consecuencia del mismo modelo establecido, aunque generalmente socializan las pérdidas y privatizan las ganancias.

Los pueblos indígenas han sido de los pocos que levantan su voz en contra del uso indiscriminado de ríos, lagos o montañas, y del exterminio de otros seres vivos que habitan el planeta Tierra. Han sido la conciencia en favor de la biodiversidad. Su ethos promueve la armonía con la naturaleza. En algunas comunidades q´eqchi´es de Alta Verapaz, por ejemplo, todavía se pide permiso al “espíritu de la montaña” para ir a extraer sus recursos, como la leña para cocinar. La noción de la Madre Tierra que provee el sustento diario prevalece en muchos pueblos que, por esa razón, aún mantienen un sistema de propiedad colectiva de los recursos (bosques, agua, tierras). De esta manera, los pueblos que en Occidente se consideran como los “menos civilizados” nos dan lecciones de desarrollo sostenible y equitativo.

A pesar de esos destellos de cordura, aún hace falta cambiar la conciencia colectiva humana. La influencia del cristianismo y de otras ideologías no nos permite dar el siguiente paso: reconocer que somos una especie animal más en este planeta. Somos fruto de la evolución biológica durante millones de años y compartimos ancestros con los demás seres vivos. Somos polvo, pero de estrellas. Ningún poder superior nos otorgó título de propiedad sobre la Tierra y quienes la habitamos. Aunque nuestras creencias nos han conducido por un camino de perdición (literalmente), el conocimiento científico nos puede llevar a otro de salvación. Por ejemplo, el reconocimiento del calentamiento global como resultado de la actividad humana y los mecanismos disponibles para detenerlo (ver debate de varios años en Science Friday de NPR).[i]

En el siglo XVI, el debate entre los dominicos de La Española, que luego Bartolomé de las Casas abanderó y los de Salamanca articularon, y los conquistadores y encomenderos sobre la naturaleza de los indígenas (para esclavizarlos violentamente o someterlos pacíficamente por medio de la evangelización) intentaba responder a la pregunta de si eran humanos o no (y por lo tanto animales, sin alma merecedora de salvación). Si se concluía que eran lo primero serían sujetos de derecho y consideración por parte de la Corona, de lo contrario serían tratados como bestias de carga. Cinco siglos después, la pregunta ecológicamente sensible es esta: ¿Acaso no somos animales también? Eso no nos hace menos, sino que eleva al resto de los seres vivos a nuestro mismo nivel. Por ello, merecen nuestro respeto y protección, como seres inteligentes que decimos ser.




[i] Algunos lectores posiblemente se han ofendido en artículos previos por mi afirmación de que somos animales. No lo digo a manera de insulto para nosotros, ni para los demás animales. Simplemente somos mamíferos, primates que aparecimos en el planeta hace unos 200 mil años y competimos, desde el punto de vista de la selección natural, incluso con otras especies del mismo género Homo, como el Neanderthal.

La noción de la Madre Tierra que provee el sustento diario prevalece en muchos pueblos que, por esa razón, aún mantienen un sistema de propiedad colectiva de los recursos (bosques, agua, tierras).