Nueve años de cacería para ocho narcos guatemaltecos (I)

En 2003, Estados Unidos comenzó una persecución que casi ajusta una década. Su objetivo: desmantelar una red liderada por el guatemalteco Otto Herrera García. Entre ese año y 2007, esa organización sirvió de bisagra entre el remanente del cartel de Cali y el cartel de Sinaloa. Esta es la historia de cómo capturaron a algunos de sus miembros claves y de quienes continúan prófugos. La investigación del caso se realizó como parte de una beca del Centro Woodrow Wilson y el diario The Washington Post en Washington D.C., EE.UU. Esta es la primera entrega de tres.

En 2003, el Departamento de Estado estimaba que en Guatemala sólo se interceptaba el cinco por ciento de la cocaína trasegada por el país. Pero también calculaba que, de toda la cocaína que los traficantes intentaban llevar a EE.UU., en las fronteras estadounidenses sólo se decomisaba el 12.2 por ciento.
Por eso, el dinero hallado en la zona 14 –en una residencia en La Cañada– era tan importante. Pero la magnitud de ese hallazgo se les pasó por debajo de las narices a las autoridades guatemaltecas en ese entonces.

Un tesoro a la vista

Una mina de oro. Eso fue lo que la fiscalía de Washington D.C. –con ayuda de la policía y fiscalía de Guatemala– encontró el 2 de abril de 2003: US$14.4 millones del narcotráfico (Q112.3 millones, al tipo de cambio de entonces), en una casa de la zona 14 de la capital guatemalteca. Era un hallazgo que detonaría una cacería humana que ya suma nueve años, y todavía no llega a su fin.

Las repercusiones del hallazgo, cual ondas expansivas, se extendieron en dos direcciones: hacia la capital estadounidense y Colombia. El rastro de aquel dinero permitió reactivar una investigación estadounidense de tres años sobre una red de narcotráfico internacional. Su resultado más reciente fue la captura de Elio Lorenzana Cordón, el 8 de noviembre pasado en Zacapa. Lorenzana Cordón, de 40 años, es uno de los ocho guatemaltecos, tres colombianos y un salvadoreño que han sido el objetivo de la cacería. Un tribunal ordenó por unanimidad su extradición en febrero pasado, pero una apelación ha frenado el proceso.

Sin embargo, entre los ocho guatemaltecos buscados, el principal protagonista es Otto Roberto Herrera García, capturado en Colombia en 2007. Él alquilaba la casa donde fue encontrado el dinero, y manejaba algunas de las operaciones internacionales de narcotráfico del mexicano Cartel de Sinaloa, según el Departamento de Justicia de EE.UU. (USDOJ, por sus siglas en inglés).  

Hace nueve años, a la edad de 38, Herrera García integraba la lista de los 41 narcotraficantes y lavadores de dinero más buscados en el mundo. Esta lista es el principal objetivo de las autoridades judiciales estadounidenses especializadas en investigar ambos delitos. Por eso, el dinero hallado en la zona 14 –en una residencia en La Cañada– era tan importante. Pero la magnitud de ese hallazgo se les pasó por debajo de las narices a las autoridades guatemaltecas en ese entonces.

Enviado internacional

Los fajos de billetes que sumaban los $14.4 millones eran vigilados por Carlos Eduardo Rodríguez Monar y José Fernando Arizabaleta Lenis, ambos colombianos. Pero el 2 de abril de 2003, la policía y fiscales los sorprendieron en una casa vecina a donde hallaron el dinero.

Desde un inicio, las autoridades se equivocaron. Pensaron que los colombianos eran simples custodios, con la sola tarea de vigilar los billetes, que se sospechaban eran ganancias del narcotráfico en ruta hacia Sudamérica. Sin embargo, Arizabaleta Lenis, alias “Zimber”, era el sobrino del último capo sobreviviente del colombiano Cartel de Cali: Phanor Arizabaleta Arzayús, alias “Rey Arizabaleta”. Para entonces, él ya integraba el cartel del Norte del Valle, que absorbió los remanentes del grupo de Cali.

Zimber era el hombre de más confianza de Arizabaleta Arzayús, que fue uno de los principales lavadores de dinero del cartel de Cali en la década de los 80 y 90. Rey Arizabaleta estaba entre los cinco hombres más importantes del cartel, junto a los hermanos Rodríguez Orejuela, extraditados a EE.UU. a mediados de los 90.

El trabajo de Zimber era supervisar in situ el dinero en Guatemala y la cocaína en México, siempre que las ganancias de su tío estuvieran en juego, según autoridades colombianas. En 2003, el tío cumplía una sentencia de cárcel de 28 años por secuestro, después de entregarse en 1995 en Colombia. Luego le redujeron la pena a 15 años, parte de la cual le permitieron cumplir con arresto domiciliario, por una progresiva enfermedad renal. Pero documentos del caso revelan que, pese a su enfermedad, seguía involucrado en narcotráfico.

El Ministerio Público (MP) acusó de lavado de dinero a Arizabaleta Lenis, de 35, y Rodríguez Monar, de 21, aunque los $14.4 millones –hallados dentro de mobiliario de oficina, como archivos metálicos)– estaban en una casa vecina, que rentaba Herrera García. La residencia era propiedad de Jorge Mario Paredes Córdova, entonces de 37 años, y uno de los hombres de Herrera García en Guatemala.

En el lugar, las autoridades también encontraron documentos que presuntamente registraban a Herrera García como propietario de 17 casas y dos fincas en Izabal, así como teléfonos celulares y satelitales, tres fusiles de asalto, dos lanzagranadas, munición, recibos por la compra de yates y avionetas, recibos de depósito por grandes cantidades de dinero, registros de operaciones de narcotráfico y computadoras con información clave. Además, los colombianos tenían en efectivo US$5,720 (Q44,616 en 2003) cuyo origen no pudieron explicar. Arizabaleta Lenis se identificó con una cédula de Jocotenango, Sacatepéquez, y le dijo al MP que era economista y vendedor de carros. Rodríguez Monar mostró su pasaporte colombiano y dijo que era estudiante y piloto de helicóptero. Menos de dos años después del decomiso, ambos recibieron una pena conmutable que pagaron sin problemas, y salieron libres.

Repercusiones regionales

Seis años después del hallazgo en La Cañada, la estructura de Herrera García fue acusada de traficar cocaína desde Colombia a México, “sabiendo que sería ilegalmente transportada a EE.UU.”, según una acusación del 10 marzo de 2009, en una corte de Washington, D.C. El caso está sellado −inaccesible al público−, pero una parte de la acusación aparece en un documento de la Corte Suprema de Justicia de Colombia sobre el caso.

En 2003, el Departamento de Estado estimaba que en Guatemala sólo se interceptaba el cinco por ciento de la cocaína trasegada por el país. Pero también calculaba que, de toda la cocaína que los traficantes intentaban llevar a EE.UU., en las fronteras estadounidenses sólo se decomisaba el 12.2 por ciento, como lo consigna un cable diplomático del 24 de julio de 2003 (#03GUATEMALA 1902). Ese año, las autoridades estadounidenses incautaron parte de la droga que sí traspasó esas fronteras, como fue el caso de nueve toneladas métricas de cocaína, decomisadas sólo en la Costa Este estadounidense, una de las principales zonas de trasiego del Cartel de Sinaloa, según el Centro Nacional de Inteligencia Antidrogas (NDIC, por sus siglas en inglés).

En 2002, el NDIC reveló que parte de la cocaína era distribuida en “comunidades pudientes” en Washington D.C., y que los distribuidores vendían cocaína de alta pureza a profesionales jóvenes y de edad media en clubes nocturnos, bares y oficinas. Otro reporte de mayo de 2003 indicaba que “la cocaína era un factor en un número significativo de muertes” en la capital estadounidense. Parte de la droga era enviada por el cartel de Sinaloa y la organización de Otto Herrera.

Descifrando a Don Otto  

Herrera García había progresado bastante en el mundo criminal desde sus días como cuatrero, robando y vendiendo ganado para ganarse la vida. Era el hijo del trabajador de una finca bananera en el nororiente del país. En su motocicleta, recorría esa región, que conocía como la palma de su mano, de acuerdo con un exagente de inteligencia militar: desde Alta Verapaz –donde nació, según declaró a la policía después de su captura en Colombia– hasta Izabal, en la costa del Atlántico, que algunos medios escritos identifican como su lugar de nacimiento.

Herrera García supuestamente viajó en los 80 a Los Ángeles, California, cuando tenía 21 años y trabajó como conductor de camión. Sus primeros contactos con el cartel de Cali datan extraoficialmente de esos años. Quienes le conocen dicen que, cuando regresó a Guatemala, era otra persona.

El USDOJ rastrea sus primeros pasos en narcotráfico hasta 1996, pero su primer contacto con el jefe del cartel de Sinaloa –Joaquín Guzmán Loera, alias “El Chapo– data desde inicios de los años 90, de acuerdo con Michael Vigil, ex Jefe de Operaciones Internacionales para la Administración Federal Antidrogas de EE.UU (DEA, por sus siglas en inglés). “Ellos fueron presentados por socios mutuos”, recuerda Vigil, quien tuvo una carrera de 30 años en la DEA, la mayoría como agente encubierto.

En 1998, dos años después del fin del conflicto armado en Guatemala, Herrera García a sus 33 años de edad ya era un conocido narcotraficante. Era famoso por sus buzones de armas y de cocaína, para uso propio y al servicio de sus clientes. Pero había pocas imágenes de él en circulación. Una de las primeras fotografías publicadas en la prensa local muestra a Herrera gozando un día de playa, con una cerveza en una mano junto a una joven en bikini –su esposa estadounidense, Shari Collen–. Ya estaba destinado a empresas criminales más grandes, que documentos judiciales revelarían años más tarde.

“En esa época, Otto era un poderoso traficante internacional por los contactos que tenía; hizo tratos importantes con militares guatemaltecos y con algunos funcionarios de gobierno”, dice Vigil, quien se retiró en 2004 y es consultor de la firma internacional de asesoría en seguridad Mission Essential Personnel en Washington D.C. “Otto operaba a nivel latinoamericano y era conocido por su habilidad para comprar protección”. De hecho, un detective policíaco dijo que, en una casa del traficante en la capital guatemalteca, las autoridades encontraron una carta –fechada a finales de los 90– dirigida a Herrera García y firmada por un alto funcionario del Ejecutivo. El funcionario le escribió para agradecerle por la ayuda ofrecida a varias comunidades afectadas por la tormenta Mitch en noviembre 1998.

“Otto no era un matón, no como algunos de los narcos mexicanos; él usaba la violencia selectivamente y mantenía un perfil bajo”, dice el exagente especial de la DEA. “Era un mafioso inteligente, pero no ostentoso, porque entendía que la visibilidad y la violencia eran malas para el negocio”. Un investigador policíaco guatemalteco asegura que ese pudo ser el caso, pero sólo hasta después de que Herrera García llegó a la cima. En su ascenso, el traficante no creía en guardar apariencias.

“Herrera era bastante obvio, igual que la esposa, que manejaba una camionetona agrícola a todos lados, hasta cuando recogía a sus dos hijos en el Colegio Americano”, afirma el investigador, refiriéndose a Collen, a quien Herrera presuntamente conoció en California, y al colegio donde estos niños se codeaban con hijos de diplomáticos y de algunas de las familias más acaudaladas de Guatemala. “Unos agentes de la DEA hablaron con la esposa para convencerla que colaborara, [que denunciara a su marido], pero no quiso”, recuerda el detective. “Creo que ellos la querían ayudar por ser gringa, pero ella no quería tener que ver nada de ellos”.

Para finales de los 90, Herrera García ya era conocido como “El Ingeniero”, quizá un síntoma de su contacto con los colombianos. En ese tiempo, según el extraficante colombiano convertido en escritor, Andrés López, “[en Colombia], los personajes del exterior hacían un gran esfuerzo por parecer agradables y por regla general a todos había que decirles ‘ingeniero’”. Los otros apodos de Herrera García eran “Don Otto”, “Francisco Villagrán”, “El Profe”, y “El Pipa”.

El intermediario

El papel de El Ingeniero estaba claramente desplegado en una nota fechada el 12 de noviembre de 2010, que la Embajada de EE.UU. en Colombia envió a la CSJ de ese país. El documento establecía que entre finales de 1999 y principios de 2000, miembros de la organización liderada por el Rey Arizabaleta se reunieron con miembros de la organización de Otto Herrera García. Como resultado, los colombianos aceptaron proveer cocaína a varias estructuras narcotraficantes en México, por medio de la red de Herrera García. El trabajo de éste era transportar la droga desde Colombia a Centroamérica y, luego, a México.

Desde finales de 1998 o principios de 1999, hasta 2002, el grupo de Arizabaleta sacó cocaína de Colombia por vía marítima y aérea. Como el Rey Arizabaleta todavía estaba encarcelado, sus hombres más confiables lo representaban en transacciones en Colombia y en el extranjero. Entre ellos estaba su sobrino, “Zimber” Arizabaleta Lenis. La organización preparó el envío de al menos tres o cuatro cargamentos por mar; cada uno tenía entre 1,200 y 2,500 kilos. También envió de siete a ocho cargamentos en avionetas desde Colombia hasta Guatemala, con 600 a 700 kilos de cocaína cada uno.

El expediente registra que “hay evidencia que la cocaína fue enviada y distribuida a narcotraficantes mexicanos por instrucciones de Phanor Arizabaleta Arzayús, por medio de sus socios cercanos”, incluyendo su sobrino. “Arizabaleta Lenis solía presenciar la descarga y el inventario de la cocaína, y estaba igual de involucrado en vigilar la distribución de la droga a diferentes organizaciones mexicanas; además se aseguraba que los pagos fueran hechos puntualmente”, revela el expediente. Estos pagos incluían ganancias de narcotráfico enviadas desde EE.UU. hacia México.

Entre noviembre de 2002 y octubre de 2004, autoridades federales estadounidenses decomisaron US$15.9 millones (unos Q125.6 millones) en la frontera de Texas. Se desconoce si parte de ese dinero pertenecía al cartel de Sinaloa, o a los Arizabaletas. Cuando las operaciones marchaban bien, Zimber se encargaba de que el dinero fuera contabilizado y enviado a Colombia. Supuestamente estaba en medio de una de estas operaciones en Guatemala, en abril de 2003, cuando fue capturado.

La organización Otto Herrera García manejaba dinero para los carteles de Cali y Sinaloa, pero también compraba aviones para transportar la cocaína. Millones de dólares en efectivo eran enviados a México por tierra desde EE.UU. y, quizá, desde Guatemala. La frontera entre Guatemala y México tiene un número no determinado de cruces ciegos. Werner Ovalle, consultor del Sistema de Integración de Centro América (SICA), dice que no hay una estimación exacta, pero que hasta febrero 2012 se habían detectado “54 cruces vehiculares informales, según la Comisión Internacional de Límites y Agua de Guatemala-México”. La estructura de Herrera García pudo haber utilizado cualquiera de estos. Una vez en México, el dinero era transferido electrónicamente hacia EE.UU.

Herrera García y sus cómplices encontraron la forma perfecta de jugarles la vuelta a las autoridades desde el sur hasta el norte del continente. Además, los envíos de dinero a EE.UU. tenían el propósito de hacer el negocio más rentable con una fórmula insólita: comprar aviones en ese país para transportar cocaína desde Sudamérica hasta Guatemala y México, para luego llevarla por tierra hasta el mercado consumidor en EE.UU. Descubrir esto, sólo hizo que las autoridades estadounidenses persiguieran a la organización de Herrera García con más vehemencia.

 

Nota: Esta es la primera entrega de tres. La parte II de este reportaje será publicada el próximo viernes.

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La ventana en la pared constituye el acceso al basurero de La Verbena. El muro separa la vida de los mineros del resto del mundo.
El Maracaná.

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