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López Obrador y los migrantes centroamericanos: ¿Qué esperar del nuevo presidente de México?
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El candidato izquierdista Andrés Manuel López Obrador, ganó la presidencia de México con el 53% de los votos / Alex Cruz/EFE

López Obrador y los migrantes centroamericanos: ¿Qué esperar del nuevo presidente de México?

No se sabe cuántas personas llegan a cruzar a EE.UU. o cuántas desaparecen, cuántas quedan por el camino en manos de grupos criminales.
El secretario de Derechos Humanos de Morena es el guatemalteco Carlos Figueroa Ibarra, un intelectual residente en Puebla, exiliado del conflicto interno.
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Tiempo aproximado de lectura: 32 mins

Andrés Manuel López Obrador se impuso en las elecciones mexicanas celebradas el pasado 1 de julio. El político izquierdista promete respetar los derechos humanos de los migrantes centroamericanos y establecer lazos de desarrollo entre EE.UU., Canadá y el Triángulo Norte de Centroamérica. Las organizaciones de derechos humanos están a la expectativa. Y el flujo de personas que huyen de la violencia o la pobreza no cesa.

A Sofía (nombre ficticio) nadie le preguntó si quería ir a México. Tomó la decisión a la carrera, el 6 de mayo pasado. Tenía su residencia en un municipio de Alta Verapaz. Cruzó la frontera a pie, sin pasar por la aduana. Se sirvió del GPS de su celular para orientarse. Cargaba con su hija recién nacida y con otra de tres años, que apenas levanta tres palmos del suelo. Ese mismo día las tres durmieron en Palenque. Seis días después llegaron a Ciudad de México. Ahora se encuentra, junto a su esposo y sus dos hijas, en la Casa de Acogida, Formación y Empoderamiento de la Mujer Indígena e Inmigrante (Cafemin), en la capital mexicana.

Sofía no puede identificarse porque un grupo criminal amenaza con matarle a ella y a sus hijas por cuentas pasadas de su marido.

La joven, de 24 años, de etnia q'eqchi, con unos ojos negros enormes y gesto de desconfianza, explica su odisea desde la misma habitación en la que Soledad Morales, la religiosa a cargo de la institución, entrevistó a la familia por primera vez. Es un cuarto sobrio. Dos sofás negros, una mesa negra, un cuadro del papa Francisco. Este es el primer paso para los miles de migrantes hospedados ahí desde hace seis años, cuando se puso en marcha el albergue.

Sofía cuenta que, hace tres años, su esposo recibió una oferta de trabajo en la municipalidad. A cambio debía colaborar con la captura de 18 integrantes de un grupo delictivo. “Todo se vende”, dice la mujer. En este caso quien se vendió fue el jefe de policía encargado de la operación, que avisó de los allanamientos y señaló a su colaborador: el esposo de Sofía. Solo dos de los 18 fueron arrestados. A partir de entonces, el matrimonio sufrió un infierno: amenazas constantes, un intento de atropellamiento, disparos contra la fachada de la casa. El hombre marchó en febrero, sin explicarle a su mujer a dónde iba. Hizo la maleta y dijo que se dirigía a Cobán, a una capacitación. Solo cuando había cruzado la frontera confesó su destino real. La esposa, que en esos momentos estaba embarazadísima, cuenta que entró en cólera. “Fue un dolor terrible”, dice. Los tres meses siguientes fueron muy duros. Se incrementaron las llamadas preguntando por su marido. Llegaron las advertencias explícitas: si el papá no aparece, lo pagarán las hijas. A punto estuvieron de robarle a la mayor en el hospital. Le salvó un familiar, que sospechó cuando una mujer se la llevaba, engañada con unos dulces. Puso denuncia y lo único que logró fue un acto de conciliación con la esposa de uno de los integrantes del grupo que hostiga a su familia: “¿Cómo voy a sentarme a la par de la persona que quiere matar a mis hijas?”, se pregunta.

Simone Dalmasso

No tenía alternativa.

“Salí. Estaba  lloviendo. Pensaba que me estaban siguiendo. Me estaba volviendo loca”.

Nadie realiza una travesía como la de Sofía si no es por fuerza mayor.

El mismo día de la entrevista con Sofía, jueves 28 de junio, Mike Pence, vicepresidente de Estados Unidos, se reunía con los presidentes de Guatemala, Jimmy Morales; Honduras, Juan Orlando Hernández; y El Salvador, Salvador Sánchez Cerén. Aterrizó en Guatemala para aleccionarles tras el escándalo de la separación de familias en la frontera con México. Mostró imagen de intransigencia. “Vengan legalmente. Si no, no vengan”, dijo, en referencia a los migrantes. Ninguno de los mandatarios centroamericanos le corrigió ni le explicó que hay ocasiones, demasiadas, en las que la decisión no está en tu mano. Tampoco Sofía ni nadie como ella se encontraba en la sala para reiterar que no hizo las maletas por gusto.

En un primer momento, Sofía pensó en dirigirse hacia Estados Unidos. Las terribles imágenes de niños separados de sus padres, de menores encerrados en jaulas, de padres a los que arrancan a sus hijos de sus brazos, hizo que el matrimonio repensase su idea. Uno no se escapa de su casa para proteger a tus hijas y que luego llegue un patrullero en la frontera de Texas y te los quite. Así que solicitaron la visa humanitaria en México y están pendientes del estatus de refugiado.

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La víspera de nuestro encuentro en el albergue, el futuro presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, celebraba su cierre de campaña en el estadio Azteca de la capital mexicana. Más de 90 mil personas daban su apoyo a quien el próximo 1 de diciembre tomará posesión como jefe de Gobierno. En su discurso, leído, sin dejar nada a la improvisación, ofreciendo imagen presidencial, el líder de Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) hizo una escueta mención a los migrantes. Se refería a los mexicanos que se desplazan a EE.UU., no a los centroamericanos, que constituyen una problemática diferente que apenas ha aparecido en campaña.

Para sus compatriotas, López Obrador promete generar el suficiente trabajo en México para que nadie se marche si no es por deseo propio. Para quienes llegan desde el sur, el compromiso es respetar sus derechos humanos. Que ya es mucho. También, establecer programas de desarrollo involucrando a los países del Triángulo Norte de Centroamérica.

Después de tres intentos, López Obrador se ha convertido en el presidente electo de México. Nacido en Tepetitán, Tabasco, hace 64 años, su triunfo es histórico. Sacó el 53% de los votos, más que cualquier otro candidato anteriormente, muy por encima del 22,5% de Ricardo Anaya, del 16,4% de José Antonio Meade, del 5,1% de Jaime Rodríguez Calderón. Su formación, Morena, pone fin a un modelo político dominado en los últimos 80 años por dos formaciones: el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN).

El triunfo de López Obrador, un izquierdista que también compitió en las presidenciales de 2006 y 2012, se basa en el hartazgo de los mexicanos, cansados de la violencia, la corrupción y el empobrecimiento. El presidente electo habla de promover una “cuarta transformación”, tras la Independencia, la Reforma y la Revolución. Basa su discurso en la lucha contra las prácticas irregulares en política y la redistribución de la riqueza. También, y esto es importante, en el respeto a los derechos humanos, gravemente violentados durante los dos últimos sexenios, de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

La pregunta es si esta apertura afectará también a los migrantes centroamericanos, obligados a cruzar México en su camino hacia EE.UU. pero que, cada vez más, se quedan en el país azteca ante el blindaje de la frontera y las políticas antiinmigración de Donald Trump.

Simone Dalmasso

Desde hace tres años, México deporta a más centroamericanos que Estados Unidos.

El ejemplo de Guatemala es claro.

En 2015, Washington expulsó a 31,443 guatemaltecos por vía aérea, según datos de la Dirección General de Migración. México, en el mismo período, hizo lo propio con 75,045 por vía terrestre. Casi tres veces más.

En 2016, EE.UU. deportó a 35,485, mientras que México expulsó a 56,142.

El pasado año, EE.UU. devolvió a 32,833, por 33,071 que deportó México.

Los datos, si miramos hacia el Triángulo Norte, son todavía mayores, ya que, según las distintas casas del migrante consultadas, son más los hondureños y salvadoreños que se dirigen hacia EE.UU.

“México ha reforzado la política de migración de EE.UU. No es tanto la construcción de un muro físico, sino otro de miedo, de terror”, dice Juan Luis Carvajal, sacerdote que dirige la Pastoral de Movilidad Humana en Guatemala. Preguntado sobre los flujos migratorios de centroamericanos hacia EEUU y su paso por México, presenta un panorama desolador. “Son cientos los que vienen huyendo de la violencia. Están siendo vulnerados en sus países, en el tránsito por los cuerpos policiacos, agentes de migración, crimen organizado. No hay acceso al territorio, no hay información, hay devoluciones, no se identifican los perfiles de estas personas, son violentados en origen, tránsito y destino. No caben ni aquí ni allá”, denuncia.

Los ausentes de la campaña

A Sofía no le preocupaba demasiado la perspectiva de que López Obrador ganase las elecciones. Las urnas no están en la agenda de alguien que apenas acaba de recibir una visa humanitaria que le permite permanecer legalmente en el país durante 45 días, los que supuestamente tarda la Comar (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados) en resolver su petición de asilo. Tras su marcha traumática, su cabeza está ocupada en sus hijas, (un pequeño terremoto que no para quieto en la sala de entrevistas y la pequeña, que no sabe cuántos kilómetros ha hecho nada más nacer) y la ausencia de su madre. La echa de menos. También piensa en conseguir trabajo. Por ahora, su marido ya ha logrado empleo. Puestos a soñar, si van a tener que quedarse en México,  una casa. Sí, una casa estaría bien. Quizás, como la que tenían en Alta Verapaz. Tampoco es mucho pedir. Trabajaba como auxiliar en una farmacia, su esposo era maestro y colaboraba con la municipalidad en programas culturales. Podían pagarse una vivienda y ahora están en un albergue, separados. En un dormitorio con literas, los hombres. En otro, las mujeres. Como explica María Soledad Morales, la religiosa a cargo del centro, todavía no han podido construir habitaciones familiares en la que los migrantes puedan tener algo más de intimidad.

Si tiene suerte, la Comar responderá favorablemente a su petición de asilo. Pero el número de refugios que se otorgan no le permite tener excesivas esperanzas a pesar de su relato. Según datos oficiales, en 2015 se tramitaron 3,424 solicitudes. Únicamente se aceptaron 949. En 2016 fueron 8,796 peticiones, por 3,223 aceptadas. El pasado año las demandas se dispararon hasta las 14,596. Solo se respondió favorablemente a 1,097. La mitad de estas peticiones están sin tramitar, ya que la institución que gestiona el refugio en México está colapsada. La situación se agravó desde el sismo de setiembre de 2017, que afectó a sus oficinas.

No existen datos oficiales de cuántas personas cruzan anualmente México hacia EE.UU. porque se trata de flujos irregulares. Es decir, se conoce el número de arrestos, deportaciones o solicitudes de protección. Lo que no sabe es cuántas personas llegan a cruzar a Estados Unidos o cuántas desaparecen. Cuántas se quedaron por el camino en manos de grupos criminales que operan en México con total impunidad.

Simone Dalmasso

Tampoco hay números fiables sobre cuántas personas se marchan de su país porque huyen de la violencia y cuántas por pura necesidad. No es lo mismo buscar una vida mejor que no tener para sobrevivir.  

Según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) de 2014, el 59,3% de los guatemaltecos vive en condiciones de pobreza; el 23,4% sufre pobreza extrema. El 34% de los salvadoreños vive en condiciones de pobreza, según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples que realizó en 2016 la Dirección General de Estadística y Censos del Ministerio de Economía. El 60% de los hondureños se encuentra en situación de pobreza, según datos del Banco Mundial de 2016.

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Estas son cifras que explican, por sí solas, el flujo migratorio desde el Triángulo Norte hacia México y Estados Unidos.

El problema es que el país azteca también atraviesa una grave situación económica. Según datos de Coneval (Consejo Nacional de Evaluación de las Políticas de Migración, un ente gubernamental), el 43% de los mexicanos vive en condiciones de pobreza. A esto se le suma otra variable: la criminalidad y la violencia. Desde que el expresidente Felipe Calderón declaró la “guerra contra el narco”, en 2006, al menos 240 mil personas han sido asesinadas. También se han reportado 35 mil desapariciones. Son cifras absolutas brutales, que se asemejan más a las de países con un conflicto armado abierto.

Según la secretaría de Gobernación mexicana, la tasa de homicidios de 2017 está en el 20,5 por cada 100 mil. Estas cifras están por debajo de las que se registran en los países centroamericanos, que es el lugar de origen de la mayoría de migrantes. En Guatemala, esta tasa ascendió a 26 por cada 100 mil; en Honduras a 46; en El Salvador a 60.

“Si no pagas, tendrás que dar tus órganos”

A Karla (también nombre ficticio) tampoco le dieron opción. Vivía en Chamelecon, un sector de San Pedro Sula, en Honduras, hasta que en marzo pasado le dieron un ultimátum: “tenes 24 horas para abandonar el país. Si no, estás muerta”. Al otro lado del teléfono, un miembro del Barrio 18. La explicación es escalofriante: el papá de la dueña del apartamento en el que residía, de más de 70 años, trató de abusar de su hija de 10. Ella lo denunció, él pasó algo más de una semana detenido hasta que le liberaron por su avanzada edad y su casera, que es “peseta” de la pandilla, firmó su orden de expulsión.

La colonia en la que residía Karla está completamente controlada por el Barrio 18. Siete años antes, los propios pandilleros asesinaron al papá de sus hijas. Tenía una tienda de reparación de aparatos electrónicos. De nada le sirvió arreglar, obligatoriamente gratis, los celulares robados que le llevaban los mareros. También tenía que pagar extorsión, lo que en Honduras se conoce como “impuesto de guerra”. Primero fueron 500 lempiras (Q156) a la semana. La suma fue incrementándose hasta que Luis no pudo pagarla. Le metieron cuatro balas en su propia tienda. “La que lo mató le entró por aquí”, dice la mujer, señalándose el pómulo.

—¿Sabes quién mató al papá de tus hijas?

—Si, supe quiénes habían sido. Esa es una cosa que…

Silencio.

—¿Hablaste algún día con ellas?

—Uno de ellos me llamó por teléfono. Hacía tres meses de la muerte del papá de mis hijos. Me llamó para extorsionarme. Me preguntó si trabajaba de noche. Ese día no fui, porque nos dieron descanso. Yo vivía atemorizada. No salía ni a la pulpería. Estaba cenando, mi mamá acaba de salir a la tienda. Me llaman. Pensé que era raro el número, no lo conocía. Dejé que sonara mi teléfono y a la tercera llamada respondí. “Sí perra, sabemos dónde vivís. Dónde estás. Sabemos que tu mamá acaba de salir, va hacia la pulpería. En este momento la estamos viendo”. Fue aterrador. “Sabemos que vivís en tal departamento. Estás sentada a la mesa con tu papá cenando”. Eso es espantoso. “Si no me depositas 10 mil lempiras ahorita a mi cuenta mañana no amaneces”. Dejé caer mi teléfono. Salí corriendo a buscar a mi mama. No sé si era cierto o no, pero le dije a mi mamá que saliésemos de allí.

Así es vivir bajo el control de una pandilla. No sabes cuándo puede firmarse tu sentencia de muerte. Karla lo tenía bien presente cuando recibió la primera amenaza, después de denunciar al tipo que quiso abusar de su hija. Aún intentó mudarse a casa de una amiga, en La Ceiba. No duró mucho. La mano de estas estructuras criminales es terriblemente larga en Honduras. La localizaron y le enviaron un último audio: “tenes hasta final de mes para marcharte del país”. Antes del 30 de marzo ya había dejado país.

El periplo de Karla es un resumen de qué pueden encontrarse los migrantes centroamericanos en su camino hacia el norte. Cruzó a Guatemala por Corinto. Llevaba Q4,500. Gastó Q2,500 en el tránsito hasta la frontera, que la atravesó de modo ilegal con una lancha, a través de Corozal. De ahí llegó a Palenque, donde se instaló en una iglesia católica. Llevaba una maleta con tres mudas para cada uno.

No estaba a salvo. Nuevamente, el horror.

“Cuando llegué a Palenque vi pandillas. Los conoces. Son de tu misma colonia. Pensé que hasta aquí había llegado”, dice.

Simone Dalmasso

Siguió adelante. Explica que tuvo la tentación de agarrar “La Bestia”, el tren que recorre México de norte a sur. Lo hubiese hecho de no llevar a tres niños colgados del brazo. “El viento es muy fuerte y puedes soltarte. Un adulto se agarra fuerte, pero los niños…”

Optó por el autobús. “Por suerte —dice— no me tocó caminar”. Únicamente en un punto del trayecto el conductor le advirtió que llegaban a un puesto de la policía migratoria. Detuvo el vehículo y le explicó por dónde podían rodearlo. Karla habla mucho de Dios. Dice que fue la providencial la que puso “ángeles” que le permitieron seguir su camino.

No es fácil el tránsito del migrante en México.

Pasado Tabasco, la familia tenía que cruzar el río Tolalá para llegar a Agua Dulce, en Veracruz. Ella pensaba que le costaría 30 pesos (Q11) por cabeza. Le pedían 500 (Q196). En total, 2 mil pesos (Q786) por los cuatro, una cantidad de la que no disponía. “Un hombre me dijo que si no podía pagar, el precio serían mis órganos”, relata Karla. En ese momento, otra vez, se le vino el mundo encima. “Pensaba que dónde había traído a mis hijos”.

Suplicó, rogó y al final consiguió cruzar. Solo eso cuenta.

“He escuchado personas que han sido secuestradas, gente a las que migración las tomó… yo doy gracias porque no me pasó nada de eso”, dice.

Desde hace dos meses se encuentra la Casa de Acogida, Formación y Empoderamiento de la Mujer Indígena e Inmigrante (Cafemin) en la Ciudad de México. Ya tiene su visa humanitaria. Está esperando el refugio. Busca trabajo. “La verdad, sincera, nunca he anhelado llegar a EE.UU. No anhelé salir de mi país. Tal vez en un tiempo pensé, puedo avanzar, ya que estoy aquí”, dice. La disuadieron las imágenes de niños separados de sus padres. No es la única. Uno llega a pensar si el Gobierno de EE.UU. tuvo interés en que aquel horror fuese transmitido como mensaje a quienes pretenden cruzar la frontera.

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“Me muero si me quitan a mis hijas”, dice Karla. Reconoce que “la mayoría (de migrantes o solicitantes de asilo) trae la mentalidad de llegar hasta EE.UU. Mi mentalidad era salvar a mis hijos, salvar mi vida”.

México es un lugar hostil para los migrantes. Y eso que tradicionalmente ha sido país de refugio. Acogió a los republicanos españoles que escaparon de la dictadura fascista de Francisco Franco, tras la guerra civil entre 1936 y 1939. Acogió a los exiliados latinoamericanos de dictaduras como la de Argentina (1976-1983). Acogió a los centroamericanos, en su mayoría guatemaltecos, que escaparon durante los conflictos de los años 70 y 80.

“Dan una imagen, con el discurso parece que enamoran”, dice José Luis Carvajal, de la Pastoral de Movilidad. Sabe de lo que habla. Es mexicano y ha estado a cargo muchos años de la Casa del Migrante en Guatemala. Conoce los entresijos de un tránsito que no se detiene. También, como México se ha convertido en guardián. “La realidad está siendo muy difícil. Violaciones de los derechos humanos, detenciones arbitrarias, detenciones prolongadas que hacen que se desesperen, poco personal en la Comar (refugiados)”, enumera. “Se jactan de que han reconocido varios casos de refugio, pero no están contabilizados aquellos a los que no se les ha dado el derecho de solicitar. A nivel discurso es muy bonito, pero se incumple”, explica. Su resumen: “Las personas migrantes en territorio mexicano se ven vulneradas por quienes se supone que están allí para velar por la integridad física y la seguridad, que son las autoridades, y por los grupos criminales organizados, no solo mexicanos, sino transnacionales, construidos por gente de toda la región”.

“Hay una gran hipocresía en este país”, dice Claudia León, del Servicio Jesuita al Migrante (SJM) en México. “Nos asusta, nos espanta lo que ocurre en EE.UU., pero en México pasa lo mismo. También se detiene a niños, adolescentes, familias enteras y en condiciones más inhumanas”, explica. “La diferencia es que en EE.UU. ser migrante si es un crimen. En México es falta administrativa, pero se recurre a las mismas prácticas: detención y privación de libertad”, dice. Para camuflar estas prácticas, denuncia que México recurre al eufemismo. “La  ley de migración no acepta que se está deteniendo. No es detención, es aseguramiento. No es privación de libertad, es alojamiento”, se queja.

En su opinión, el tema de los migrantes centroamericanos apenas estuvo presente en la campaña. “Casi ninguno lo mencionó. López Obrador hizo propuestas de defensa muy superficial. México como país de inmigrantes y refugio. Sus respuestas fueron muy escuetas”, dice.

Ahora que ya ha sido elegido presidente es el momento de saber qué ocurrirá con las personas que dejan todo atrás y atraviesan México. Porque casos como el de Sofía o el de Karla van a seguir repitiéndose.

Perspectivas de un futuro complejo

“México es el policía de EE.UU. Lo que hizo EE.UU. fue correr la frontera. ¿Qué va a ocurrir? Ojalá cambie, pero no estoy muy seguro”, dice Luis Hernández, jefe de Opinión del diario mexicano La Jornada. En su opinión, desmantelar el entramado que ha sustentado las violaciones de los derechos de los migrantes es un trabajo costoso. “Las policías van a seguir siendo las mismas, los funcionarios del Instituto de Migración, las redes de poder. Van a cambiar formalmente, pero esas redes van a seguir siendo las mismas”.

La victoria de López Obrador en las elecciones ha sido recibida con entusiasmo por un amplio sector de la población mexicana. Despojado de muchas de sus aristas de hace una década, que llevaban a sus rivales a tratar de asemejarle con Hugo Chávez, el fallecido presidente venezolano, el político tabasqueño simboliza una ruptura con un modelo político agotado. Al hablar sobre qué hará en relación a la migración centroamericana, las posiciones oscilan entre la confianza y es escepticismo.

“Se han escuchado discursos de que no somos una colonia, o no vamos a ser una colonia de EE.UU.”, dice Carvajal. “Creemos que tendría que dar una vuelta para mirar al sur y buscar alternativas positivas. No basta con una cara bonita. Se están dando discursos muy claros, se está rodeando de gente clave, gente preparada, parece que va a llevar cambios en la gobernanza de las migraciones y en las situaciones económicas de la comunidad. Va a tener sus dificultades. Esperemos”, dice el sacerdote.

El secretario de Derechos Humanos de Morena es, precisamente, un guatemalteco. Se trata de Carlos Figueroa Ibarra, un intelectual residente en Puebla, exiliado del conflicto interno, cuyos padres fueron asesinados por su militancia de izquierdas. “AMLO (como popularmente se conoce al futuro presidente mexicano) se ha pronunciado, ha sido inequívoco. México no puede tener un doble rasero cuando exige derechos humanos para los migrantes mexicanos y hace lo contrario con los que atraviesan el territorio. Hay una actitud enteramente diferente del Gobierno de AMLO de los gobiernos neoliberales pasados. Los otros exigen para migrantes mexicanos pero presentan cifras de deportaciones de centroamericanos”, afirma.

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Las ideas hay que bajarlas al terreno. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) realizó una serie de recomendaciones a los candidatos antes de que se celebrasen los comicios: Fortalecer la Comar. Fortalecer la identificación de personas con necesidad de protección internacional y garantizar su regularización migratoria, así como asegurar el acceso a una representación efectiva. No privar de libertad a las personas con necesidad de protección internacional, modificando las leyes actuales. Fortalecer la asistencia humanitaria e integración local de personas refugiadas y beneficiarias de protección complementaria. Fortalecer las comunidades de acogida en el sur de México.

No todos los que emigran están perseguidos por la violencia. Otros escapan de otra amenaza, la pobreza, que también mata.

Como propuesta económica, López Obrador ha planteado introducir a Centroamérica en la renegociación del Tratado de Libre Comercio que México tiene con Estados Unidos y Canadá desde 1994. Su plan: generar desarrollo en origen para que nadie se vea obligado a dejar casa. Habla de México, donde existe su propio flujo de migración hacia el norte, pero el proyecto es extensible hacia Centroamérica.

“Trump dice que llega mucha gente migrante porque los gobiernos locales son corruptos. Partimos de esta crítica para decir que le tomamos la palabra y generemos propuesta de desarrollo regional”, explica Eder Guevara, un activista social que participa en Morena desde su fundación, hace cuatro años. Su propuesta es la de las “cortinas de desarrollo”, que contrapone a los muros levantados por el presidente de EE.UU. Hasta el 1 de diciembre, López Obrador no tomará posesión, así que tiene tiempo para perfilar su propuesta. El problema es que el flujo no se detiene.

Si hablamos sobre migración centroamericana en México, todos los caminos llevan a Alejandro Solalinde. Sacerdote, nacido hace 73 años en Texcoco, en el Estado de México, es coordinador de la Pastoral de Movilidad Humana Pacífico Sur. En 2007 fundó el albergue Hermanos en el Camino en Ixtepec, Oaxaca. Fue candidato al Premio Nobel de la Paz y ha sido amenazado de muerte en diversas ocasiones por su trabajo con los migrantes. También, y esto es importante, tiene una fluida relación con López Obrador, quien le ha propuesto presidir la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Simone Dalmasso

—“Él (López Obrador) no estaba muy familiarizado en el tema migratorio. Los migrantes no han estado en su campo central de acción. Sin embargo, desde hace un año empezamos a tener él y yo unas conversaciones especialmente sobre esto. Han venido en los últimos meses aterrizando en ideas muy centrales. Hay gente que dice que no escucha, que no oye, eso no es verdad”.

—¿En qué se concretan estas ideas?

—Dijo que iba a platicar con EE.UU. para poner en marcha un plan con ellos, con Canadá y Centroamérica. La solución no son los muros, las cárceles, los encierros, sino responder en los lugares de origen. Esto responde a la verdadera solución a la inmigración forzada. Va a relanzar las relaciones de México con Centroamérica, EE.UU. y Canadá. Confía mucho en los defensores de los derechos humanos. El 27 de julio vamos a celebrar la primera reunión de políticas públicas migratorias. Hay que separar el aspecto de administración de la política pública migratoria de la seguridad. El Instituto Nacional de Migración, no sabemos cómo se va a llamar, pero seguramente no va a seguir igual. Tiene demasiado desprestigio, demasiadas implicaciones. Hay que hacer caso del comité de Ginebra, Suiza, que nos hablan de las detenciones arbitrarias que no podemos hacer, de las cárceles, como la de Acayuca, una respuesta carcelaria tan penalizada para irregulares administrativos. La deportación no puede ser expedita. Se tiene que ver cada caso”.

La lista de tareas es interminable. También, según Solalinde, en los países de origen. “El refugio es muy importante, no se puede dar a la ligera, no se puede darse una solución de fondo abriendo el espacio de la Comar, diciendo vengan más refugiados. Antes se tienen que tomar más medidas. Corresponsablemente, con Honduras y El Salvador, con Guatemala, para que ellos encuentren respuestas al crimen organizado y a las maras allá. No como política de exterminio, que ha sido un error y una injusticia. No nacieron por su gusto sino por la desatención, porque no se preocuparon por ellos”.  

Sin embargo, la migración sigue.

“No solo sigue, sino que vamos a vivir una crisis permanente. Hablamos de políticas públicas que no van a ser aprobadas en este sexenio. Habrá que esperar a que tome posesión López Obrador. En México va a seguir la descomposición, el hecho de que hayan elegido a una persona que si promete y creo que sí va a cumplir no creo que el día 2 ya este todo solucionado por arte de magia. Vamos a tener una situación de emergencia, una crisis humanitaria que ya se está dando”, señala.

Los asuntos migratorios en el interior van a ser responsabilidad de Olga Sánchez Cordero, futura ministra de Gobernación. En una entrevista radiofónica, aseguró tener la idea “que se les respete, en términos irrestrictos, los derechos humanos a los migrantes. Porque ¿con qué calidad moral vamos a hacer reclamos a Estados Unidos de cómo tratan a los migrantes, si nosotros no los tratamos adecuadamente?”

Mientras la política mexicana se reacomoda, Karla y Sofía siguen en su albergue. Y muchas otras como ellas acaban de iniciar el camino o se encuentran en tránsito de un trayecto incierto y peligroso.

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