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Noemí Díaz, 39, también originaria de El paraíso 2, zona 18, prima de Maribel. Enseña, en una foto del celular, su puesto de venta de bolsos. Ahora, ella también se dedica a vender mascarillas y gel antibacterial

La pandemia normalizará, aún más, regalar información personal

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La pandemia normalizará, aún más, regalar información personal

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Previo al surgimiento de la pandemia, empezaban a cobrar relevancia las advertencias de que los internautas están entregando su información personal a distintas corporaciones sin entender el uso comercial y otras implicaciones que esto puede tener a largo plazo. Pues son esos datos los que dan vida al denominado «capitalismo de la vigilancia», una nueva lógica de mercado la cual se basa en el seguimiento de los comportamientos de los internautas y la recopilación de la información que generan los dispositivos inteligentes, para transformar las experiencias personales de los usuarios en bienes de mercado.

Redes-lateral

Aunque este nuevo modelo económico presenta importantes colisiones con el derecho a la privacidad, este artículo intenta dar algunas ideas sobre cómo su desarrollo puede verse favorecido por la epidemia del COVID19, debido a que las urbes podrían aceptar medidas cada vez más intrusivas de control social, y en un escenario post-pandemia, proyectar los efectos que este nuevo modelo de mercado tendría.

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El capitalismo de la vigilancia

Internet fue concebido como un territorio libre basado en la colaboración entre usuarios, lo cual no obedecía a la lógica del mercado, y produjo que en sus orígenes no hubiera claridad sobre la forma como se iba a monetizar el espacio virtual. Aunque en principio los propios gigantes de la web actual como: Amazon, Facebook, Google (entre otros) rechazaban el concepto de monetizar sus servicios, a todos les llegó el momento en que sus fundadores tuvieron que empezar a rendir cuentas a sus inversionistas, y con la finalidad de generar ingresos empezaron a utilizar el único activo con el que contaban: millones de datos de comportamiento web generados por los usuarios.

Esto fue el origen del denominado «Capitalismo de la Vigilancia» o «Surveillance Capitalism», término que ha cobrado relevancia por los estudios de la filósofa y psicóloga social Shoshana Zuboff, quien lo define como «un nuevo orden económico que califica la experiencia humana como materia prima gratuita para prácticas comerciales ocultas de extracción, predicción y ventas» [1]. En principio pareciera que no es nada nuevo, todos saben (y si utilizan Youtube, a cada 5 minutos tendrán un recordatorio) de que la finalidad de los servicios web es vender publicidad y la radio y televisión han hecho lo mismo durante años, entonces ¿cuál es la preocupación? Para entender este nuevo modelo económico es importante desglosar la definición de Zuboff en 3 elementos: prácticas comerciales ocultas/ extracción y / predicción.

La existencia de prácticas comerciales ocultas debe analizarse en 2 aristas. Por un lado, la idea de gratuidad de los servicios web hace que el usuario no sea consciente de que al hacer uso de una red social, por ejemplo, está en medio de una transacción comercial, pues en el marco de una economía de la información está entregando (sin obtener alguna contraprestación) un activo que las plataformas pueden capitalizar: información personal.

Lo anterior explica el gran éxito de los gigantes de Internet pues «los datos proporcionan beneficios a partir de su coste cero, sin contraprestación, como el grano o el petróleo, sin perjuicio de su maximización posterior mediante el tratamiento de los productos predictivos»[2]. Aunque los acérrimos defensores de redes sociales dirán que los usuarios también obtienen un beneficio, debe considerarse si ver vídeos de gatitos y compartir memes, a cambio de que -cada usuario- genere16 dólares anuales a Facebook[3] (en 2016) es justo. Como lo señalaba Harari «es un poco como las tribus africanas y americanas nativas que, sin darse cuenta, vendieron países enteros a los imperialistas europeos a cambio de cuentas de colores y abalorios baratos» [4].

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Por otro lado, las plataformas no son diáfanas al explicar los usos que le pueden dar a los datos personales, y por tanto el usuario no tiene control sobre ellos. Por ello, aunque siempre se dijo que el negocio era la publicidad personalizada, el escándalo de Cambridge Analytica develó que el uso de información personal para manipular la opinión pública y alterar el resultado de elecciones presidenciales, no solo es posible, sino que hay compañías que ya están obteniendo beneficios de ello y, más preocupante todavía, es que se demostró que pueden quedar impunes. Para profundizar en ello se puede ver el documental «Nada es privado», en Netflix. 

Sobre la extracción indiscriminada de información personal. Los servicios web pueden obtener información de formas muy sutiles sin que el usuario esté consciente de ello, sin embargo, esto no es casualidad y tampoco es muestra del ingenio de los creadores de estos sitios. Es el resultado del éxito de las políticas de desregulación de corte neoliberal que han hecho que los estados, hasta hace muy poco, se mantuvieran al margen de estas nuevas tecnologías. Si bien Silicon Valley ha sabido vender su imagen de adalid del progreso, y muestra a los estados como obstáculos para el desarrollo tecnológico, no dice que «sin la capacidad de vigilar y acumular datos de manera masiva, gran parte de la economía digital no sería rentable. Y sin la capacidad de hacer esto sin pedir permiso, las grandes plataformas tecnológicas no se habrían convertido en las empresas más rentables del planeta[5]».

No tener ningún tipo de regulación le permite a las los servicios web obtener todo tipo de información personal, y aunque hay formas obvias de recolección (pues todos saben que cuando se sube una foto a Facebook, esta pasa a ser propiedad de la red social, y que a partir de los me gusta pueden obtener patrones de consumo y gustos), es difícil dimensionar  las distintas formas gráciles de comportamiento que pueden ser objeto de registro como: cuánto tiempo se utiliza la red al día, si se conecta más a través de datos móviles o redes wifi, si se utiliza más la red en la mañana o en la tarde, si el usuario publica regularmente fotografías o solamente ve contenidos, a quién de sus contactos le escribe con mayor frecuencia, entre otros. Es normal que para el usuario promedio sea difícil entender o imaginar lo que se puede hacer con esta información, pues los mismos gigantes tecnológicos apenas empiezan a obtener una idea de lo que pueden hacer, pero como me dijeron cuando empecé a trabajar en análisis de datos: «la inteligencia realmente buena es aquella que guarda toda la información, aún cuando no se sabe si servirá o no».

Cuando se habla de la predicción se entra al quid de la discusión pues, aunque las prácticas comerciales ocultas se pueden visibilizar, y la extracción indiscriminada de datos empiece a tener límites al regularse; es difícil entender cómo las plataformas pueden predecir nuestros comportamientos y así manipularnos a actuar de determinada forma mediante acciones sutiles. Esto es un verdadero problema porque contradice nuestra creencia de que el ser humano actúa motivado por el libre albedrío, lo cual constituye la esencia misma del liberalismo. Llegar a la conclusión de que el libre albedrío es una ilusión, y que nuestras decisiones obedecen a meras reacciones químicas, implica que otros entiendan que se puede «manipular e incluso controlar sus deseos mediante el uso de drogas, ingeniería genética y estimulación directa del cerebro[6]».

Llegados a este punto, un entusiasta de las redes sociales podría decir que subir una foto a Facebook, y darle me gusta al último video de Ricardo Arjona, no hará que Mark Zuckerberg pueda manipular su cerebro. Por ello debe considerar otra arista del capitalismo de la vigilancia, pues como lo explica Shoshana Zuboff «está presente en cada producto que comienza con la palabra "smart" (inteligente) y en cada servicio que incluye la palabra "personalizado"»[7].

En otras palabras, los dispositivos inteligentes que cada vez son más numerosos (televisores, relojes, refrigeradoras, vehículos), solamente son el complemento de «una gran red para recoger información de nuestras vidas, la cual acumulan y suman a bases de datos masivas para ser analizada y extrapolada»[8]. Tantos datos dispersos parecerían no tener correlación, pero como lo explica Harari, estamos en el medio de dos revoluciones: una biológica que cada vez devela mejor el funcionamiento del cerebro, y otra informática que genera una enorme capacidad de procesamiento de datos, y cuando estas confluyan «se producirán algoritmos de datos que supervisarán y comprenderán mis sentimientos mucho mejor que yo» [9]. Que un ordenador demuestre que toma mejores decisiones que una persona, hará que la autoridad pase de los humanos a los ordenadores.

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Si aún es escéptico, pregúntese cuántas veces al conducir ha sentido el impulso irrefrenable de decirle groserías un PMT cuando desvía su ruta habitual; pero ha seguido ciegamente las indicaciones de Waze aunque haya terminado en un atasco vial. Sobre las múltiples posibilidades de vigilancia que ofrecen los dispositivos inteligentes se profundizará más adelante.

Para concluir esta introducción al capitalismo de la vigilancia, es importante aclarar que los ejemplos empleados hacen referencia a Google por ser una presencia omnipresente en la red; y a las redes sociales por ser más familiares al usuario promedio. Sin embargo, sería un error pensar que solo estas compañías han adoptado este modelo pues esta «lógica económica no se limita a una o dos empresas. Se ha extendido a todos los ámbitos económicos[10]».

Aunque no sea objeto de discusión en este artículo, es importante mencionar que frente a esta problemática una de las soluciones ha sido promover la subscripción a los servicios web, con la finalidad de pagar por el servicio y así conservar la propiedad de los datos personales. Lo anterior es lógico, pero poco práctico si se considera que los usuarios siempre se han mostrado recios a utilizar servicios de pago, y el éxito de plataformas como Netflix o Spotify es un fenómeno relativamente reciente; que en Guatemala aún no tiene el mismo éxito que en otras latitudes debido al escaso porcentaje de la población que es tarjetahabiente (solamente el 10%)[11], y este es un requisito esencial para realizar pagos en línea. Esto hace que la mayoría de la población siga utilizando internet sin tener una cultura de consumo en línea, y siga creyendo que el uso de internet es gratuito, olvidando una premisa básica de Andrew Lewis, que cita Eli Pariser:

«Si no pagas por algo, no eres el cliente, sino el producto que se vende»[12]

La vigilancia en tiempos de pandemia

Una de las aristas del capitalismo de la vigilancia la constituyen los dispositivos inteligentes, los cuales se venden como artículos de ocio y productividad, minimizando el hecho que también pueden ser empleados como dispositivos de vigilancia permanente. Bauman denominaba a este fenómeno Vigilancia Líquida, y afirmaba que «han aparecido formas de control que agrupan perspectivas muy diversas. No solo no tienen una conexión obvia con la idea de encarcelamiento, sino que con frecuencia también comparten los rasgos de flexibilidad y diversión propios del entretenimiento y del consumo» [13].

Esta teoría lleva a la conclusión de que vivimos en un mundo post-panóptico, porque el modelo Panóptico de vigilancia, para ser exitoso, necesitaba encerrar a las personas y tener la presencia de un vigilante que estuviera presente en todo momento y, aunque todavía lo asocian la idea de seguridad a la presencia de cámaras, garitas y policías, la realidad es que hoy en día la vigilancia adopta formas tan etéreas, que es difícil determinar las múltiples formas de cómo somos objeto de control. Esto constituye un sistema tan depurado que hemos normalizado el saqueo de información y vemos como «inevitable la pérdida de la intimidad. Nos han hecho creer en el tonto mantra que señala si no tengo nada qué esconder, no tengo nada qué temer»[14].

Al final de cuentas, ya que Internet y vigilancia están asociados, «el objetivo final es que internet “desaparezca”, como ha sugerido el CEO de Google Eric Schmidt, que se convierta en una especie de presencia ubicua imperceptible, mientras monitoriza y captura millones de datos[15]».

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Hasta este punto en la ecuación colectiva están: a) empresas que recopilan datos, y b) dispositivos inteligentes (de vigilancia permanente) que rodean nuestro entorno; pero ahora en tiempos de pandemia se acelera la llegada de un tercer actor: los estados. Esto se explica porque en el marco de la epidemia del COVID19, el control social férreo que ejercen algunos países asiáticos empieza a verse como el responsable de la contención efectiva que tuvieron sobre la epidemia, y por ello los Estados empezarán a contemplar la posibilidad de utilizar medidas de control más intrusivas, en principio, con fines sanitarios.

En Guatemala, esto no es tan fácil porque al país lo caracteriza la falta de estadísticas fiables, a tal punto que el Gobierno ni siquiera logra identificar a los vendedores que tienen puestos de venta en un mercado para determinar si serán beneficiados con incentivos económicos; a diferencia de China, por ejemplo, donde crearon una sociedad disciplinaria digital, como explica el filósofo Byung-Chul Ha, donde existe «un sistema de crédito social que permite una vigilancia biopolítica y un control sin fisuras de la población. Ni un solo momento de la vida cotidiana escapa a la observación. Se monitorea cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. Se utilizan 200 millones de cámaras de vigilancia con reconocimiento facial»[16].

Aunque parezca exagerado, es fácil llegar a concluir que en la actualidad, aunque un estado como el guatemalteco no tiene esa información,  empresas como Google y Apple sí la tienen, y si operan con relativa impunidad es porque ven a los tecnófilos de Silicon Valley como los buenos, y hay desconfianza profunda de los gobiernos (lo cual considerando la historia latinoamericana reciente con los cuerpos de inteligencia del estado, es totalmente entendible), pero esta separación podría ser cada vez más delgada.

Apple y Google tienen la capacidad de detectar y almacenar los movimientos a nivel individual, y no eluden el poder que tienen. Incluso anunciaron que trabajan en un sistema conjunto para alertar a las personas si entraron en contacto con otros contagiados de COVID19. Según afirman «el método de rastreo de contactos funcionaría mediante el uso de las señales Bluetooth de los teléfonos inteligentes que serían utilizadas en un mecanismo de datos encriptados para alertar potenciales riesgos de contagio[17]».