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La incierta espera en unos albergues improvisados
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La incierta espera en unos albergues improvisados

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Miles de personas aguardan en los albergues a que el tiempo pase. Esperan información de familiares desaparecidos, noticias de cuándo regresarán a sus casas, respuestas que nunca llegan. Se mantienen en un punto intermedio entre la esperanza y la resignación.

Sentados en unas sillas plásticas, Dominga López y Arturo Mijangos se mantienen en silencio. Miran cómo algunos niños juegan en el patio de la Escuela Oficial Urbana Mixta J.M. Murray D. Lincoln en Escuintla, hoy convertida en un albergue para los afectados por la catástrofe del volcán de Fuego.

Dominga apoya su mano derecha en la rodilla de su esposo para comenzar a responder las preguntas. Cuesta, porque las heridas aún están muy abiertas. “Para nosotros es como si hubiéramos nacido de nuevo”, comienzan su relato.

El domingo 3 de junio a eso de las tres de la tarde, Dominga y Arturo estaban terminando de almorzar. Un niño asomó su cabeza por la puerta de la casa. Su rostro sudado, sus manos temblorosas, la voz apenas le salía entre los labios. “Corran”, alcanzó a decir. Todos se levantaron.

Simone Dalmasso

En la calle principal de la aldea San Miguel Los Lotes la gente huía, gritaba. Los conductores hacían sonar las bocinas de sus vehículos, enloquecidos. Dominga, Arturo y sus hijos y nietos bajaron a zancadas por la carretera. Un vecino les hizo señas. Entraron en su casa.

Faltaba alguien. La nuera de la pareja volvía sobre sus pasos. Su bebé de apenas 40 días dormía en el cuarto.

Arturo le gritó tan fuerte como pudo. Ella no escuchaba. La perdió entre la oscuridad de las cenizas. “Me agarró el humo y me regresé”, dice él. En el corredor de la casa del vecino, se apelotonaban ocho familias. Confundidas, con la respiración agitada, esperaban a que llegara el silencio. Les ganó el calor irrespirable que se concentró en la vivienda. Al salir, corrieron carretera abajo, ahogados, tan rápido como sus piernas y sus pulmones les permitieron.

“Mi casa se terminó”, cuenta el hombre, de 64 años. Ayer fue a señalarles el lugar a los rescatistas. La construcción estaba prácticamente destruida. “Teníamos la refri, el sofá, nuestros papeles… Todo se lo pasó llevando la avalancha”.

Simone Dalmasso

Los siete familiares que salieron con vida de la vivienda llevan tres noches en la escuela ubicada en el centro de Escuintla. Hoy falta el hijo mayor de Dominga y Arturo, que lleva desde el lunes buscando a su esposa y a su hijo. Todavía esperan encontrarla.

“¿Va a ir por más albergues? —pregunta Dominga—. De pronto anota nuestro número, y nos llama si la ve. Wendy Tejeda Pilona. Ella es colochita, blanquita, delgadita. Se hace sus canelones aquí”. Se señala el pelo y baja haciendo tirabuzones con sus manos, hasta los hombros.

Los habitantes de los albergues se mantienen en un difuso punto intermedio. Algunos, como Arturo y Dominga, todavía tienen la esperanza de volver a ver vivos a sus familiares, de los que no saben absolutamente nada y cuyos nombres no aparecen ni en los listados de heridos ni en los de fallecidos. Otros ya no guardan expectativas.

Lilian Eunice Ortiz Hernández aparenta el doble de su edad. Es una adolescente. Tiene 16 años y habla con una claridad y una fuerza ejemplarizante. Hoy cuida de sus hermanos en una iglesia mormona en Escuintla. Su madre y su padre salieron hace horas a seguir revisando una y otra vez esas listas, a buscar respuestas que no encuentran en ninguna parte.

Simone Dalmasso

Sentada en una oficina de la iglesia, Lilian sostiene un velo acuoso, constante, en la mirada. Sus ojos se enrojecen al preguntarle cómo está, quién le falta, pero el llanto no termina de surgir. Parece que lleva días llorando, y que hoy se ha quedado sin lágrimas.

Lilian habla en pasado. Está segura de que una buena parte de su familia falleció en la avalancha.

Hace cosa de un mes, ella se mudó con sus padres y sus dos hermanos a El Rodeo. Llevaban años viviendo en San Miguel Los Lotes, pero encontraron una casita más abajo y decidieron trasladarse. Eso les salvó. Arriba, en la aldea calcinada, quedaron muchos de sus familiares. Su madre hizo un recuento estos días. Llegaban a 40, entre abuelos, tíos y primos.

El domingo, Lilian y su padre salieron a buscar leña. Al regresar, se encontraron con la catástrofe. “Ayer identificaron a un mi primo y a un mi tío. Mi mamá y mi papá llevan en la morgue desde el lunes”, asegura. En la iglesia están también dos tíos, una prima y la abuela de Lilian: “Lograron salir a tiempo”.

En este mismo albergue, otra historia de terror la cuenta Martina Elvira Cobar. Martina tiene seis hijos. Tres no salieron de la correntada. Tampoco su madre ni uno de sus nietos. Al igual que Lilian, construye su relato con los ojos humedecidos, sin dejar caer una gota. Martina, su esposo y tres de sus hijos están vivos porque el domingo se encontraban en la calle. “Salimos corriendo, pero los que estaban dentro de la casa no pudieron salvarse”.

Simone Dalmasso

Su esposo, como los padres de Lilian, está haciendo la ruta por los albergues y por la morgue. No cuentan con regresar a su casa. Era una de las que quedaba en la parte superior de la aldea. Las primeras por las que pasó el flujo de ceniza ardiente. Si no reciben apoyo del Gobierno, tratarán de juntar dinero para alquilar algún apartamento barato. “Dios nos dará la fuerza para seguir adelante”.

La ruta de los albergues

En el albergue de la Escuela Oficial Urbana Mixta J.M. Murray D. Lincoln, un hombre se pasea de un lado a otro, con una libreta negra entre las manos. Tiene el rostro encendido, los ojos de un azul intenso bien abiertos, las piernas ágiles para caminar con rapidez. Es Tito Livio, el director del centro de salud de Escuintla. Apenas ha dormido desde el domingo, y aun así no pierde la energía. Reserva unos valiosos minutos de su tiempo para responder los interrogantes de los voluntarios del albergue.

También para contestar el teléfono. En quince minutos puede recibir hasta cinco llamadas, una tras otra. “Por el amor de Dios. Yo ya voy a renunciar a mi cargo”, dice al colgar la última. La media sonrisa y el guiño delatan el sarcasmo.

Livio lleva tres años en Escuintla. Antes estuvo 21 como director del centro de salud de Nueva Concepción; cuatro en el de Puerto San José y unos más como coordinador del Programa Nacional de Salud Reproductiva. “A mí me persiguen las catástrofes. Primero las inundaciones... y ahora esto”, dice llevándose las manos a la cabeza antes de subir al picop del Ministerio de Salud.

Desde el domingo realiza un trabajo de hormiga. Una ruta diaria por los 17 albergues habilitados en Escuintla. Los recorre para anotar el censo de habitantes en su pequeña libreta negra. Las mujeres, los hombres, las niñas y los niños que están recibiendo ayuda. También hace una revisión de los medicamentos que se utilizan.

Simone Dalmasso

Su cabello canoso lo posiciona en los 70 y tantos, aunque responde con un sonoro “25” cuando se le pregunta la edad. Livio apenas está media hora en cada lugar. En su periplo, hace una parada para verificar la situación del centro de acopio situado en el salón municipal. En la calle se encuentra con Carlos De Céspedes, el embajador de Cuba en Guatemala, con el que cruza unas palabras antes de entrar al centro.

“Hay que racionar esfuerzos —le dice el embajador—. No saturar a los doctores, que pasan todo el día en el hospital y luego tienen que apoyar con esto”. Livio le da la razón. “Esto no va a ser de una semana. La vida debe continuar y la gente se comienza a desgastar”, lamenta.

Dentro, el centro de acopio es un mundo aparte. Un espacio inmenso, tan grande como una cuadra, donde se amontonan los donativos. Una montaña de productos de higiene. Una montaña de ropa. Otra de bolsas de agua. De sopas instantáneas. De medicamentos. De sábanas. De colchones.

En el medio, en un baile sincronizado, una fila de voluntarios se pasan bolsas de comida. Van rumbo a los albergues. Al inicio de la línea, dos mujeres preparan los paquetes. Los llenan con lo que tengan a la mano, tratando de que exista variedad. Hay alimentos imprescindibles: al menos dos sopas instantáneas y una libra de azúcar por bolsa. Los frijoles crudos, la avena y la pasta plantean la duda de cómo van a preparar estos productos personas que carecen de cocina y apenas duermen en un colchón en el suelo de una escuela y se duchan en una pila comunal.

Simone Dalmasso

Frente al centro, el gimnasio Abner Casasola fue habilitado como albergue. Es un lugar oscuro, húmedo, por el que se cuela el agua de lluvia y en el que se acumula un calor pegajoso. En la cancha de baloncesto, hileras de colchones y catres de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred) conforman el escenario. Perros pasean entre personas acostadas. Una mujer da el pecho a su bebé. Otra arrulla al suyo, después de asearse, con la toalla sujetando el pelo húmedo. Al otro lado del albergue, un niño guarda con recelo una jaula que comparten un periquito y un pequeño pollo color amarillo.

Herlinda García Mijangos dobla unas piezas de ropa al lado de su madre, María Esperanza Mijangos. Los ojos blancos de María Esperanza, que está sentada, recta, en un catre, evidencian su ceguera. Herlinda, su madre y sus hijas, salieron ayer de su casa. Fueron evacuadas. Ocurrió después de la columna de humo que causó el pánico en Escuintla el martes por la tarde. Ellas viven en la colonia Magnolias. “Mi mamá no mira. Nos tuvimos que venir porque no la iba a dejar ahí”, relata. 

Las caras largas, las lágrimas, la desesperación, el hacinamiento, se mezclan en el gimnasio con la imagen de niños sonrientes que se carcajean de un payaso que se acaba de caer de manera exagerada al suelo mientras suena música infantil. Las distracciones funcionan en medio del hastío y de la espera incierta.

En la iglesia mormona, otro payaso bromea con los pequeños. En la Escuela Oficial Urbana Mixta Tipo Federación José Martí, otro más juega a hacer reír con un conejo escondido en una chistera de peluche a niños y niñas que sostienen sobre sus cabezas unas coronas de papel de una hamburguesería. En la Escuela Oficial Urbana Mixta, a pocos metros de donde Arturo y Dominga están sentados en sus sillas plásticas, estilistas de una academia de belleza cortan gratuitamente cabellos y barbas.

Así, van pasando las horas. En unos albergues cuyos habitantes todavía no ven claridad acerca de lo que sucederá próximamente. Desconocen si tendrán un lugar seguro en el que volver a residir, si podrán recuperar sus pertenencias, si encontrarán a sus familiares para abrazarlos o para enterrarlos. Afuera, llueve y arriba, continúan inspeccionando el área afectada.

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