Indignación en movimiento

Y el día siguiente, como él asegura, es comenzar a construir y pensar en las alternativas al capitalismo feroz que estamos viviendo ahora.

Los movimientos de jóvenes han ocupado las grandes plazas de las grandes ciudades. Desde España, pasando por el norte de África hasta Chile. El corazón del capitalismo no se salva a la hora de ser también un blanco de críticas constantes. Me ha causado curiosidad que cuando se habla de movimientos que buscan derrocar a dictadores e instaurar la democracia, las grandes cadenas de comunicación les dan una gran cobertura, pero cuando se tienen problemas en casa, muchos prefieren un silencio incómodo.

“Ocupar Wall Street” es el nombre del movimiento que se ha plantado en espacios públicos para denunciar las grandes transnacionales y corporaciones financieras que tienen sumida en una crisis económica a los grandes países desarrollados. Ya no es mentira para nadie que los grandes dueños del mundo son los que hacen negocios y no política, y de ahí que ahora se vea la política solo como negocio o como una movida más en el tablero del ajedrez de la ganancia. Este es un paso, seguramente.

Estas efusiones de inconformidad, de indignación, de enojo ciudadano, deben continuar. Pero no puede ser el fin en sí mismo. Sería el error más grande que tendrían estos movimientos. Bien lo dijo Slavoj Žižek en la Liberty Plaza de Nueva York: “No se enamoren de ustedes mismos. Lo estamos pasando bien aquí, pero recuerden: los carnavales son baratos, lo que importa es el día siguiente”. Y el día siguiente, como él asegura, es comenzar a construir y pensar en las alternativas al capitalismo feroz que estamos viviendo ahora. No se puede quedar solamente en un sentimiento, sino que es el momento de atreverse a darle un significado diferente a la economía y al hacer negocios.

Justo Pérez hacía ver, hace unos días en el programa de radio de Intergeneracional, que los movimientos de indignación o de ocupación deben ser lúcidos para comprender que contra lo que están luchando es también contra un sistema global que ha tenido consecuencias en sus niveles de consumo, pero que existen otras partes –como Guatemala–, donde las consecuencias no llegan a medirse ni siquiera en niveles de consumo. Se miden en pobreza extrema, en deterioro de territorios, en la asfixia a negocios pequeños o medianos. Justo decía que deben saber que su desarrollo es a cuenta de nuestro subdesarrollo. Ojalá, continuaba, sus demandas sean también para todo el mundo y no solo para poder alcanzar de nuevo su manera de gastar.

Ojalá encontremos, quienes estamos también indignados por la situación en la que nos encontremos, razones, propuestas y sentido crítico de tomar las calles. Cierto es que no se hace de la noche a la mañana, pero no olvidemos que de emociones no podremos cambiar Guatemala. 

Guatemalteca desde 1987. Bibliófila. Con estudios en Ciencias Políticas en la Universidad Rafael Landívar. Trabaja en la actualidad en la Dirección de Incidencia Pública de la URL. Miembro del Grupo Intergeneracional.

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