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Gustavo Alejos, el omnímodo
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Gustavo Alejos, el omnímodo

Mientras todos los reflectores y las críticas de la oposición se dirigieron estos tres años a la esposa del mandatario, Alejos se convirtió en el verdadero hombre del presidente.
Pasó meses cabizbajo, retirado a la sombra del presidente. Y regresó al lugar del que no debía haber salido: los entretelones.
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Tiempo aproximado de lectura: 22 mins

Gustavo Alejos, el secretario privado de la Presidencia, se prepara para el que será, en sus palabras, su último año en la política. Como actor visible. Como miembro de un Gobierno. Pero en un período en el que la mayoría de sus adversarios andan empeñados en la campaña política, él termina de afinar su influencia sobre cada vez más ámbitos del poder estatal.

Existen quizá dos tipos de individuos que deambulan por el Estado: los que reverencian la política y disfrutan el protagonismo; y los que prefieren el poder, la influencia, decidir. Para estos últimos es esencial moverse con discreción, a veces con ardides, caminando entre espejos para que nadie sepa dónde están. Lo sabe bien el representante más probable de este grupo en el actual gobierno: Gustavo Alejos. El secretario privado de la Presidencia ya prepara su movimiento clave, el maestro: el que le permitiría estar detrás de todo y al mismo tiempo desaparecer.

Alejos aspira, según variadas fuentes oficialistas, a colocar a Roberto Díaz-Durán (el ex director de la Empresa Portuaria Nacional Santo Tomás de Castilla al que ya colocó en la UNE como primer secretario general adjunto) como candidato a la Vicepresidencia, para después desvanecerse, dar la impresión de que ya no está, irse sin dejar ni rastro.

Él sólo confirma que después de este gobierno no habrá nada más. No seguirá en política. Ni como diputado ni como funcionario ni en el Parlacén. Ni vinculado a ella.

Pero es difícil pensar que quien con el tiempo se ha transformado en el operador total del presidente Álvaro Colom pueda cortar los lazos de forma tan tajante con el mundo en el que ha vivido intensamente durante los últimos años.

Aunque desde 2008 muchos le han oído decir que se sentía cansado, a punto de tirar la toalla y regresar a la plácida vida de sus negocios, lo cierto es que su poder no ha dejado de incrementarse. Una vez, con el video en el que el abogado Rodrigo Rosenberg lo acusaba de su asesinato, se tambaleó mansamente y sufrió horas bajas. Pero de aquella acusación salió más hecho, liberado, casi redimido, y su relación con Colom, compañero de penas y de calumnias, experimentó un giro que la acercó a la amistad, a la lealtad mutua, y a una confianza pragmática.

Ver a los adversarios despeñarse

Gustavo Alejos está hoy más metido en la política que nunca, y quienes se opusieron a sus métodos, a sus intenciones y a sus objetivos, ya no amenazan sus intereses.

Primero, en septiembre de 2008, cayó Carlos Quintanilla de la Secretaría Administrativa de Asuntos de Seguridad por un escándalo de espionaje en las oficinas y la casa de la pareja presidencial. Aquella fecha prefiguró lo que vendría después: el derrumbe o la salida de cualquier adversario interno u oposición dentro del Ejecutivo; de cualquier disenso.

El siguiente en renunciar fue Juan Alberto Fuentes Knight, el ex ministro de Finanzas y baluarte de la socialdemocracia que pregonaba este gobierno. Se fue hastiado por la reiterada oposición de ministros y secretarios cercanos al sector empresarial —encabezados por Alejos— a una reforma tributaria mínima y a la aprobación un presupuesto, el de 2010, que aunque menor que el del año anterior, era más ordenado y dificultaba la ejecución viciada de los fondos públicos.

El cuarto grupo, el más activista en su lucha ideológica contra lo que representa el secretario privado, el de la izquierda del Gobierno, quedó con la fuerza muy menguada tanto por los cismas internos —hubo un distanciamiento entre Carlos Menocal, ministro de Gobernación, y Orlando Blanco, ex secretario de la Paz—, cuanto por la salida de éste último para orientar la campaña presidencial de Sandra Torres.

De acuerdo con Carmen Aída Ibarra, del Movimiento pro Justicia, Gustavo Alejos es un hombre que ha sido “lo suficientemente hábil para mantenerse en el puesto y para estar fuera de las riñas y las intrigas que han rodeado al presidente y han hecho colapsar ámbitos de gran importancia, como la seguridad”.

Pero no sólo se ha demostrado capaz de flotar en la marejada. Mientras sus oponentes han ido perdiendo fuerza en el Ejecutivo, él la ha ganado en las filas del oficialismo, quizá como producto de la negociación para que su hermano renunciara a ser Secretario General del partido. Los medios reportaron que la Asamblea de la UNE había sido una victoria aplastante, monolítica, de las hermanas Torres en el nuevo Comité Ejecutivo Nacional, pero la foto es clara: Alejos pudo decidir a tres de los cuatro secretarios generales adjuntos —Díaz-Durán, su primo veinteañero Felipe Alejos Valenzuela y Guillermo Castillo, ex ministro de Comunicaciones— y la mitad de las vocalías.

Su ascendiente sobre el partido, lejos de haberse esfumado, es más fuerte que nunca. Y en un año en el que se prevé que la atención de todo el mundo estará en la arena electoral, el terreno de Gobierno está expedito para el secretario que no aspiraba a serlo.

Alejos llegó a secretario privado de carambola cuando el designado, Fernando Fuentes Mohr, no pudo asumir porque la ley prohíbe a familiares ser parte del gabinete –ya era ministro de Finanzas su sobrino Fuentes Knight.

El operador

Si en la antigüedad todos los caminos conducían a Roma, durante el gobierno de la UNE casi todos conducen a Gustavo Alejos.

En los dos años que transcurrieron entre la fuga de Quintanilla y el arrumbarse de Blanco, el secretario privado ha sabido aprovechar esa confianza pragmática de Colom —pero también su ubicación en el centro neurálgico del Ejecutivo— para convertirse en su enlace casi único con el resto del Gobierno y con el exterior, en su operador omnímodo.

Ya en marzo de 2008 se describía a sí mismo en una entrevista con elPeriódico como “el filtro” para acceder al presidente; la persona con la que Álvaro Colom se comunicaba desde las seis de la mañana, desayunaba y almorzaba; el operador que decide quién tiene un espacio en la agenda del jefe del Ejecutivo (de preferencia, embajadores y empresarios, según habitantes de la Casa Presidencial).

Mientras todos los reflectores y las críticas de la oposición se dirigieron estos tres años a la esposa del mandatario, Alejos se convirtió en el verdadero hombre del presidente.

El poder de Gustavo, señala una fuente cercana al Palacio Nacional, está íntimamente ligado al consentimiento de Colom. Su capacidad de operar está muy relacionada con la repartición de negocios. Pero ha ido evolucionando a acumular poder político. Lo mencionan varios miembros y ex miembros del Gobierno: a él se debe un número cada vez mayor de nombramientos de ministros, secretarios y directores, porque el presidente tiende a elegir entre los nombres que él le sopla. Muchos de los que no le deben su puesto también le reportan a él.

Alejos no sólo controla, por su cargo, la agenda del gobernante. No es sólo quien alquila, según su propia versión —y controla— la casa de la zona 14, en la que Colom y parte de su familia ubican su despacho privado. Es también quien canaliza mucha de la información relevante que los funcionarios quieren transmitirle a mandatario.

No en vano usa o ha usado hasta cuatro teléfonos, y esa imagen lo aproxima más a la idea del operador telefónico que la del operador político. Lo cierto es que cualquier olvido, confusión o mala interpretación de Alejos puede derivar entonces en una decisión torcida o absurda del presidente. Cualquier conflicto con Alejos puede alejarlo a uno para siempre de Álvaro Colom.

En la lista de altos cargos que le deben el puesto o que dependen de él para relacionarse con el presidente o que le informan ordinariamente sobre sus instituciones no hay actores secundarios.

Están, según miembros de su círculo político, el Ministro de Finanzas; el de Comunicaciones (y todas sus dependencias, menos el Fondo de Vivienda); el de Energía y Minas; un viceministro de Trabajo al que antes intentó convertir en director de Bantrab –“Botaron su nombramiento a última hora. Debía hasta las tarjetas de crédito”, según una fuente del gobierno-; parcialmente el de Economía; un viceministerio y el programa de fertilizantes en Agricultura; el INDE (su gerente es Alberto Cohen, el hijo de Jack Irving Cohen); el Inguat; la Superintendencia de Administración Tributaria; Migración, Aeronáutica Civil, la Portuaria, la Superintendencia de Telecomunicaciones, un viceministerio de Cultura; y sobre todo la junta directiva del IGSS.

Sin olvidar que no necesita ejercer control sobre los ministerios de Salud o de Defensa, cuyas unidades de compras emplean la fórmula del contrato abierto con la farmacéutica de la que es socio.

Al mencionárselo por email, responde exacto, con una ambigüedad premeditada: “Mi función como Secretario Privado del Presidente es colaborar con él en lo que necesite con las diferentes entidades de Gobierno”.

En todo esto el secretario privado ha actuado poco a poco y a tientas a veces, pero con habilidad notable y un sigilo aprendido.

Torpe bulla y silencio

No fue así desde el principio. Gustavo Alejos tardó más de un año en comprender que la controversia, la turbulencia, la suspicacia y el protagonismo no eran la mejor manera de vivir para uno de los mayores financistas de campaña y socio privilegiado de JI Cohen, la farmacéutica que se encuentra entre los principales proveedores del Estado.

Para entonces, su primo Luis Alejos ya era ministro de Comunicaciones (una de las carteras que han servido tradicionalmente a fines clientelares o de negocios); su hermano, Roberto, había sido aupado in extremis a su primera Presidencia del Congreso en 2009 aunque la UNE ya se la había prometido al unionista Mariano Rayo; y su propia figura estaba cobrando, contra a su voluntad, unas dimensiones desaforadas.

Eso quedó claro en el momento en que Rodrigo Rosenberg acusó en un video al presidente Colom, a Sandra Torres, pero sobre todo a él, a Gustavo, de haber ordenado su asesinato y el de Khalil y Marjorie Musa. Una investigación de la Cicig, sentenciada por los tribunales, mostró que el abogado en realidad se mandó a matar. En el video, Rosenberg acusó a Gustavo Alejos no sólo de estar detrás de su muerte, sino de gestar buena parte de los negocios que se hacían en el Gobierno: los pasaportes, el Documento Personal de Identificación (DPI), Banrural.

Después de aquello, angustiado, abatido, febril, y vilipendiado por una élite a la que había intentado acercarse, Alejos se enconchó. Pasó meses cabizbajo, retirado a la sombra del presidente. Y regresó al lugar del que no debía haber salido: los entretelones.

Aún así, nunca había sido del todo fácil verlo.

Bonachón y ostentoso

 El secretario privado fue siempre uno de esos tipos bonachones y ostentosos —“uno de los pocos guatemaltecos que va y viene de su casa todos los días en helicóptero”— que prefieren vivir tras bambalinas, buscando diluirse en el ambiente, lejos de los reflectores, de los fastos públicos, de las reuniones multitudinarias y casi se podría decir que de su despacho oficial en el Centro Histórico.

 A menudo atiende a sus interlocutores en sus oficinas de JI Cohen, sin mezclar, asegura el negocio y la política: “Trabajo las 24 horas del día los siete días de la semana a disposición del Presidente y los asuntos del Gobierno los atiendo en Casa Presidencial y lo particular en mis oficinas…”, aunque a veces, a decir de empleados públicos o políticos a los que ha atendido en sus oficinas, las cosas se le cruzan.

Alejos no asiste a los actos del partido oficial porque no pertenece a éste, pero también son escasos los actos de Gobierno a los que acude, porque no quiere que se le vea. No le gusta reconocerse como figura política. Prefiere concebirse —y es una imagen probablemente real y muy ventajosa— como “un colaborador del presidente”, según una respuesta que sólo quiso dar por correo electrónico.

La familia nuclear

La figura política, claro está, es su hermano. El presidente del Congreso. Roberto el de palabra amable, el de carcajada presta, el componedor nato. Roberto uno de los constituyentes más jóvenes. Roberto el que llegó a la UNE después de haber sido convencido por Colom y su hermano Gustavo, y se ha mantenido como jefe del Organismo Legislativo por tres años (2009, 2010 y 2011); sólo superado por Ríos Montt desde el retorno a la democracia.

Roberto el que quería ser candidato presidencial hace unos meses. Gustavo el que se negaba a poner el dinero, el que pensaba que no era el momento, el que pensaba que era una locura, un derroche, un absurdo. Y entonces Roberto el desahuciado. El político ambicioso, el hábil y astuto. El que quiere una vida pública, aplausos, confeti, cenas con champán. Roberto el hermano mayor. Roberto ¿el operador o el protagonista? O ¿Roberto y Gustavo S.A.?

Algunos creen que cuando se habla de la relación entre Roberto y Gustavo Alejos no hay que perder de vista su vínculo familiar.

No es subrayar la obviedad de que sean hermanos. Es más bien recordar el lugar y las implicaciones de ser una élite secundaria, tener menos pedigrí que la élite nacional. Su apellido, aunque de peso en la historia del país con personajes como un tío abuelo lejano, Roberto Alejos Arzú, ya no pertenece a una rama central. Esto, según la teoría de Marta Casaús Arzú en el libro Linaje y racismo en Guatemala, explicaría sus esfuerzos denodados por agradar al empresariado tradicional en busca del estatus perdido. También es llamar la atención sobre el carácter corporativo de las familias de abolengo del país, como también evidencia la investigación de Casaús –la familia Alejos lleva un siglo metida en política y en negocios.

Un ex funcionario cree que la de los Alejos es la estructura propia de la gestión familiar típica latinoamericana, que ubicaba a sus vástagos en profesiones complementarias, y lo ilustra con un recuerdo: ‘Una vez Roberto me dijo: “Somos tres hermanos. No es coincidencia que uno se dedicara a los negocios, otra esté en la comunidad internacional y yo, en la política’”.

Roberto dice que con esa frase sólo quiso expresar que la política corre en sus venas, pero lo que quiere decir el ex funcionario es que actúan como un organismo pluricelular en el que cada uno de ellos busca su objetivo. Roberto, satisfacer su ambición política; Gustavo, la económica —que él ha defendido como “la del capital emergente” ante miembros del Consejo Económico y Social—. Al final ambos compartirían el mismo fin: avivar el esplendor familiar allanando el camino del otro.

“Que pague Gustavo”

Roberto no es un operador de Gustavo, aunque a veces lo parezca. Trabajan, eso sí, de manera articulada, pero Roberto goza de áreas de independencia sobre todo en donde no se meten ni el Presidente ni su hermano. Aunque a veces, afirma un colaborador, se pone un poco rebelde. Dice un ex ministro que trabajaron en conjunto, por ejemplo, para sacar a Mauricio Radford, que era el recordatorio infame de los problemas internos del Registro Nacional de Personas (Renap), pero también de las acusaciones contra Gustavo por parte de Rosenberg. Así aliviaron un poco la presión del empresariado.

“En cuanto a intuición e inteligencia, los hermanos son un complemento”, ratifica Carmen Aída Ibarra.

En el Congreso, hay diputados que se ríen cuando se les pregunta cómo trabajan los Alejos. Lester Reyna, de la UNE, está entre ellos y apenas acierta a decir que “cada quien hace su trabajo, pero más de alguna relación debe haber, algún tipo de influencia entre uno y el otro”.

Rosa María de Frade, muy seria, asegura en cambio que “Roberto es operador de Gustavo en el Legislativo, por la coordinación que debe haber con el Gobierno”. Colaboradores más cercanos a la alianza oficialista consideran que es Gustavo quien soluciona los problemas cuando a su hermano se le complica la negociación: pega una llamada a los jefes de bloque y convoca reunión con Álvaro Colom.

Las respuestas de Jaime Martínez Lohayza, el jefe de bancada de la Gana, son canónicas, de manual:

—El interés de los dos hermanos es el mismo: el de trabajar por Guatemala.

—¿Puede ser más concreto, diputado?

—Cada uno en su respectivo organismo trabaja por mejorar el país —añade, sin añadir nada. Pero luego, con cierta ambigüedad, deja entrever una fisura: “Me llevo bien con los dos, todos estamos metidos dentro del proyecto de partido”.

“El proyecto de partido” es quizá como se refiere a la alianza UNE-Gana, pero puede ser algo más. Puede ser por ejemplo simplemente la Gana. Aunque nadie quiere reconocerlo, hay indicios que invitan a pensar que Gustavo está “refinanciando” al decadente partido ex oficial, según la expresión de un miembro de su círculo, y que así ha logrado extender aún más su influencia y allanarle a su hermano la escarpada gobernabilidad del Congreso.

Y más que indicios. En estos días, las finanzas de la UNE no atraviesan buenos momentos. En parte porque Alejos, el mayor financista reconocido en la última campaña de Colom, no está nutriendo las arcas oficialistas.  ¿Por qué? “No estoy obligado a financiar una campaña”, replica el secretario privado cuando se le inquiere, y continúa, con la verdad en la mano: “Que yo sepa, el Tribunal Supremo Electoral aún no ha abierto la convocatoria para ello”.

Y en parte porque a la otra fuerza en la UNE —la que gira alrededor de Sandra Torres— le está costando demasiado encontrar ayuda en otros lugares.

Sucedió durante una reunión entre la UNE y la Gana a la que acudieron, al menos, Raúl Robles, Carlos Barreda, Chico Cárdenas, Roberto Kestler, Virna López y Jaime Martínez Lohayza. Los miembros de la UNE, ávidos de fondos, les preguntaron a sus aliados qué traían para financiar la campaña. El jefe de la Gana contestó algo así: “Dejémonos de babosadas, que ya saben que al que le tienen que preguntar es a Gustavo”.

No son la UNE y la Gana los únicos partidos que dependen financieramente del hermano pequeño de los Alejos. Varias veces Sandra Torres, encolerizada, lo ha acusado de ayudar a la oposición: al Patriota, a Líder, a todos con obras en el Congreso. Ahora, por otro lado, cuando le niega dinero a la UNE, otorga fondos a otras agrupaciones como el FRG para su asamblea, para pago de asesores.

“Viene de arriba”

En realidad, ni los más metidos en el partido oficial tienen del todo claro cómo trabajan los Alejos, a qué responden, qué buscan aparte de lo obvio. Porque igual que sucedía con la información que ciertos funcionarios le quieren mandar al presidente, si se omite a Mario Taracena, los Alejos dominan el flujo de comunicación con la bancada. Sin ellos, se genera un cortocircuito. Con ellos, no se sabe que pensar.

Una orden de Gustavo o de Roberto es tomada por una orden de Colom, afirma un diputado de peso. Basta con que cualquiera de los mencione que “viene de arriba”, continúa, para que sea tomada como un mandato divino, aunque en realidad nunca nadie sabe si la dio el gobernante o si es una simple ocurrencia de los hermanos.

Hoy su influencia, la de ambos, pero sobre todo la de Gustavo, trasciende con creces los límites del Ejecutivo. Y no sólo se detiene en el Congreso. Gustavo, el hermano pequeño de la saga está preparando -sigiloso pero no en grado absoluto- su salida de la política.

No es verosímil que la apuesta por la vicepresidencia de Díaz-Durán, genial e improbable al mismo tiempo, sea su jugada principal. A fin de cuentas dependerá de un albur, o, como afirma él mismo, de la opinión de Sandra Torres.

El juego de Gustavo Alejos va más allá: desaparecer, pero seguir detrás de todo.

 

*Andrea Tock contribuyó al reporteo de esta nota.

Edición: La frase "que él ha defendido como “la del capital emergente” ante miembros del Consejo Económico y Social" reemplazó a "que él ha defendido como “la del capital emergente” en el Consejo Económico y Social".

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