Nació en Manchester, Gran Bretaña, y estudió filosofía y política en las Universidades de Oxford y Harvard. Se inició en el periodismo a principios de los 90 en Argentina, y ha trabajado en redacciones y institutos de investigación de varios países sobre los laberintos de la política latinoamericana. Ahora está radicado en La Haya, Holanda, donde lucha con su bicicleta contra los vientos del Mar Norte mientras estudia países en conflicto en el Instituto Clingendael. Está obsesionado por el cricket, los libros y el arte de esquivar el aburrimiento

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Grandes intenciones

Hace unos meses, un programa informático hizo una revelación absolutamente ridícula y, por lo tanto, de enorme resonancia. Conocimiento Verdadero, el nombre del programa, calculó por medios imposibles de explicar que el 12 de abril de 1954 era el día más aburrido de la historia.

Entiendo muy poco de algoritmos, y simpatizo con una posible denuncia guatemalteca en contra de los resultados del programa, apuntando al inminente golpe en ese momento contra Arbenz (aunque eso fue junio, quizás la CIA dormía también en aquel día de abril). Pero hay un dato que no se puede ignorar sobre ese día fatídicamente tedioso: hubo elecciones en Bélgica.

No me consta cuál será el veredicto de Conocimiento Verdadero sobre el viernes pasado, pero desde Europa vivimos unas 24 horas de pura aceleración noticiosa. Nos acostamos el jueves preocupados por la infección radioactiva en Japón y nos despertamos en guerra contra el régimen libio. Como por arte de magia, las otras crisis —lo que podemos llamar las crisis insolubles— del euro, del período poselectoral de Costa de Marfil, o a través de México y Centroamérica, se retiraron de la escena para meditar sus próximas apariciones.

En su lugar, nos enfrentamos a una escena teatral casi griega: unos héroes decididos y vestidos de traje (“no hacer nada tendría consecuencias catastróficas”, según el ministro de Relaciones Exteriores de Francia) contra un loco sádico, o, en el caso de Japón, un esfuerzo desesperado contra el núcleo de una nube tóxica.

Después de percibir aquella sensación de impotencia humana que produjo el muro de agua negro en Japón, recibimos la respuesta de nuestras democracias. Los dirigentes del mundo occidental decidieron imponerse a la deriva insoportable de la naturaleza o los vaivenes de una guerra en el desierto, y dar a todo una estructura más clara, cinematográfica. Sobre todo, quisieron mostrar que los humanos siguen siendo válidos y de vez en cuando útiles, que se puede domar a la Madre Tierra, a los dictadores o a las redes sociales con pura volición humana.

Pero nada es tan fácil. Tres ejemplos breves son suficientes para mostrar que el nuevo eslogan político de las democracias occidentales, “somos relevantes”, tendrá consecuencias impensadas y posiblemente radicales. Hacer algo, en el caso de Libia, rápidamente conllevó una pregunta secundaria: ¿hacer qué? Ayer y hoy, los oficiales del Ministerio de Defensa en Londres han tenido que justificar con malabares y saltos mortales su participación continua y activa en una misión de exclusión aérea cuyos objetivos, según Resolución 1973 de la ONU, fueron logrados dentro de 48 horas.

“Puede imaginar usted que aquí tenemos una operación que es muy compleja”, declaró un vocero abstraído del Ministerio el martes. “Tiene varios niveles diferentes y un número de actores distintos”. El problema aquí es que las buenas intenciones no duran si son fáciles de cumplir, y no tienden a ser tan indudablemente buenas si son de largo alcance y complejidad, como demostró la invasión a Irak.

Segundo, se corre el peligro de animar a cierto sector de la población que busca intenciones en rincones donde no se debería. No es difícil burlarse de la derecha postalcohólica de Estados Unidos, pero después del tsunami entraron en modo histérico. Según Rush Limbaugh, el terremoto se originó precisamente en el lugar donde Toyota produce los autos híbridos Prius. En otras palabras, la intención divina atrás del desastre era castigar las blasfemias de la energía renovable.

En tercer lugar, tampoco serviría a la diplomacia occidental tener siempre que actuar con claridad e intencionalidad. Durante su visita a América Latina Obama ofrece palabras edificantes y conmovedoras, empapelando su viaje con visiones de gran movilidad social. Sin embargo, cuando habla de la frontera con México, punto máximo de violencia en todo el mundo (aunque sólo del lado mexicano), hay una enorme dosis de fatalismo: existe el derecho constitucional de portar armas y, por lo tanto, venderlas. “Es un desafío”, dijo Obama hace unas semanas. “Tenemos una gran frontera. Tenemos mucha gente yendo y viniendo. Es muy importante económicamente. Pero es algo donde tenemos que seguir trabajando”.

En otros términos, la ida y venida de mucha gente y la catarata de intereses privados impiden que se forme una política clara y comprometida. Es tarde para la frontera: hacer nada allí ya ha tenido consecuencias catastróficas.

Después de percibir aquella sensación de impotencia humana que produjo el muro de agua negro en Japón, recibimos la respuesta de nuestras democracias.

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