Artículos / Elecciones 2011
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Estrategia vs táctica

Este 6 de noviembre se enfrentan por el Gobierno de Guatemala dos fuerzas y dos maneras de llegar al poder. Aunque las simplificaciones y los análisis siempre son insuficientes, parece tratarse de una nueva versión de la alianza estratégica entre militares desarrollistas y una parte de la élite empresarial contra una alianza táctica entre empresarios emergentes, políticos y caciques del interior del país que, bajo el lema de representar al pueblo, quieren arrebatarle a los grupos tradicionales el poder político y los negocios que orbitan en torno al Estado.

Si en buena parte de los países latinoamericanos existen marcadas diferencias ideológicas entre las opciones políticas, en esta séptima elección democrática y la cuarta desde la firma de la Paz los analistas políticos encuentran más complicado distinguir las fronteras que dividen o enmarcan las opciones políticas que representan Otto Pérez Molina (Partido Patriota) y Manuel Baldizón (Libertad Democrática Renovada).

Ninguna de estas dos opciones es de tradición en el país. El Partido Patriota se formó en 2002 para competir en la alianza que presentó a Óscar Berger en 2003; es la segunda vez que presenta a Otto Pérez Molina. Y el partido Lider, de Baldizón, persiguió una ficha que, obtenida en abril de 2010, le permite participar por primera vez en unas elecciones como agrupación política.

Alianza entre militares y élite

Otto Pérez Molina, general retirado, tiene una historia particular en el ejército, como se refleja en un perfil elaborado por Plaza Pública (“Por sus actos lo conocerás”). Aunque sólo han participado haciendo una férrea oposición parlamentaria, conservadora, los últimos siete años, su propuesta política se enmarca en la visión de los militares desarrollistas de los años 60 y 70 en Guatemala, que ven el orden social desde lo público (y no exclusivamente desde el mercado), una visión compartida por otros uniformados de Suramérica, describe el analista político Fernando Carrera.

“Es un liberalismo de centro, que tiene una visión pro-Estado, que lleva muy claro el papel subsidiario desde lo público”, resume el teniente coronel retirado Mauricio López Bonilla, uno de los hombres de confianza de Otto Pérez y su propuesta para Ministro de Gobernación en 2012. 

Gustavo Berganza, sociólogo de Mirador Electoral, apunta que si bien el centro del PP es eminentemente de militares, no será un gobierno del ejército. “La promoción 73 se ha caracterizado por ser sumamente unida, y más en términos de aprovechar oportunidades. Por ese espíritu de cuerpo, casi de cartel, es que es conocida como el Sindicato”.

La victoria de la primera vuelta, menos rotunda de lo esperado (36 por ciento de los votos cuando algunos esperaban que lograra la mayoría), forzó a Pérez Molina a recurrir a su otrora aliado natural, la élite. Una muestra del cambio de planes fue la designación, como su compañera de fórmula, de la diputada y secretaria general de su propio partido, Roxana Baldetti. Aquel movimiento se interpretó como una manifestación de que el Partido Patriota se sentía fuerte caminando en solitario. En otras circunstancias, en 2007, Pérez Molina, menos confiado, había recurrido a un empresario, Ricardo Castillo Sinibaldi, para aproximarse a la élite empresarial.

Esta alianza entre militares y la élite fue la habitual en la segunda mitad del siglo XX guatemalteco, con algunas interrupciones entre 1954 y 1996. El fin del conflicto armado interno –y del ejército como actor trascendental- provocó resentimientos entre los oficiales y generales, y desconfianza por parte de los empresarios tradicionales.

“Les ha costado mucho volverse a encontrar. Los del PP son militares desarrollistas y han encontrado en los empresarios cercanos a Fundesa (un centro de análisis empresarial con visión más actualizada) unos que empiezan a ser más evolucionados, a tener un matiz desarrollista, de confiar más en el Estado y elevar la carga fiscal, por ejemplo. Esta alianza tiene el mismo sustento que en el siglo XX, el conservadurismo”, añade Carrera.

El periodista Berganza recuerda que, de hecho, esta vez la élite no fue unánime respecto de las candidaturas y vaciló entre si apoyar primero a Álvaro Arzú, después hacer una alianza entre Arzú y Harold Caballeros y al final, sólo llegada la segunda vuelta, optó por Otto Pérez Molina.

Enrique Godoy, del programa radial Temas y Debates y ex candidato a la alcaldía capitalina, coincide con Berganza y considera que lo que define los proyectos de Pérez Molina y de Baldizón es la máxima política “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Porque Otto Pérez y el PP son adversarios declarados de la UNE y de Sandra Torres. Y a la élite le provoca dolores estomacales la parte del empresariado emergente que encarna en este momento Manuel Baldizón.

Godoy, ex vicealcalde y miembro del gobierno de Álvaro Arzú, refuerza la idea de que el ala empresarial que se alía a Pérez Molina es una nueva generación, más progresista, aunque desciendan de la élite de los últimos siglos.

Si bien el PP tiene una capacidad de movilización electoral mayor a la de su contrincante directo, el partido Lider, “se trata de un partido sin estructura, pero con financiamiento abundante desde su inicio, con cacicazgos en el Congreso y en el resto del país”, apunta Ricardo Barrientos, investigador del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi) y ex viceministro de Finanzas de la actual administración.

“No tienen solidez ideológica ni filosófica ni nos hará salir de este sistema político sin partidos. Pese a ello, tiene más cuadros técnicos que su oponente, como Pavel Centeno para Finanzas; López Bonilla, el militar culto, para Gobernación; Carmen Urízar, Emmanuel Seidner. Lo que no está claro es si lograrán, a pesar de la claridad técnica, la viabilidad política por el peso que tendrán los financistas dentro del gobierno”, opina Barrientos. 

Para Carrera, se juntaron dos proyectos estratégicos, que tienen una visión a mediano plazo. Desarrollista por medio de bienes públicos desde el Estado y proempresarial.

“Sin alterar el statu quo”, añade Godoy. “Si el PP y estos empresarios quieren construir un proyecto de país, es una de las últimas oportunidades que tienen para tener éxito si ganan este domingo. Si no lo logran, estarán sepultados (electoralmente) ocho años. El problema es que a los empresarios tradicionalmente les ha ganado su propio instinto de acaparar y no repartir, y tendrán que controlarlo”, cierra Carrera sobre la opción que encabeza Pérez Molina.

López Bonilla asegura que el ritmo de la alianza en un eventual gobierno de Pérez Molina será marcado por la visión de los militares, ordenada y disciplinada dentro del Estado y enfocada en el rol subsidiario del gobierno, y no por una visión más libertaria de empresarios. Aunque cita como ejemplo de la acción conjunta la ley de Alianzas Público Privadas, sostiene que será mucho más pro-estatal que gobiernos empresariales como el de Óscar Berger.

Los tácticos, aliados por el poder

Del otro lado del cuadrilátero, o más bien de la boleta, está Manuel Baldizón, una incógnita para casi todo el país hasta hace meses, respaldado por una poderosa alianza táctica cristalizada casi la misma semana después de la primera vuelta. “La cruzada nacional por el futuro” es como la denominó el candidato que encierra a la vez a un político, un empresario emergente y un cacique del interior de la República, de hecho, de la última frontera: Petén.

Por sus extravagancias, por su control de los medios de comunicación, y por su forma de hacer política, en un perfil de Plaza Pública, fue descrito como el Berlusconi de Petén. En su paso por el Congreso al frente de su bancada, fue una oposición al menos tan pertinaz como la del PP, y a veces menos previsible. Y su estilo clientelar hizo que lograra ser la segunda fuerza opositora. Ni Edgar Ajcip ni Roberto Villate, de Lider, respondieron a las llamadas para participar en este reportaje.

Baldizón tampoco es el candidato que en el guión original debía aparecer en segunda vuelta representando al grupo emergente. Sandra Torres, de la UNE, era la apuesta en un principio y quien construyó un partido político –o una maquinaria electoral clientelar– para repetir en el poder y suceder a su ex esposo Álvaro Colom.

Se formó entonces una alianza que va desde longevos políticos que han estado en el Congreso dos décadas, empresarios emergentes del interior de la República, un partido acusado de “narco” por la embajada de EEUU, representantes de la izquierda y algunos empresarios "de élite" condenados al ostracismo por la sus pares.

Como la realidad es tan compleja, es más fácil describirla con espejos. Desde hace dos meses existe la idea de que la contienda actual se parece a la que en 1991 enfrentó a Jorge Carpio, de la Unión del Centro Nacional, y Jorge Serrano, del Movimiento de Acción Solidaria. Aquella fue la única ocasión en la que quien en la primera vuelta obtuvo el segundo lugar, pudo rebasar a su rival en el balotaje. La falta de partido sólido, de equipo de gobierno y los colores partidarios son las características compartidas entre Serrano y Baldizón.

Sin embargo, según Berganza y Godoy, hay más similitudes con las elecciones de 1995, cuando Álvaro Arzú, empresario conservador de ascendencia aristócrata, con el apoyo de la élite, se enfrentó a Alfonso Portillo, zacapaneco, abogado, economista y político, apoyado por el partido del conservador y antioligárquico Efraín Ríos Montt. Arzú ganó por 30 mil votos a Portillo. “Pero Portillo hubiera ganado si la campaña hubiera sido más larga”, dice Godoy.

“Baldizón, formalmente, resulta el mejor candidato para competir. Es el que mejor da discursos, el más moldeable, el más adaptable. El candidato ideal para esta amalgama, que tiene capital emergente y también algún capital que se forma, digamos, casi al margen de la ley. Y no me refiero al narcotráfico sino a la economía informal, a la corrupción o al contrabando”, describe Godoy.

Según Berganza, para quien en esta equivalencia de escenarios, Pérez Molina tenía más formación que Arzú y Portillo era más sólido que Baldizón, y en esta ocasión la elección también se polarizó entre capitales tradicionales y emergentes, justo como en 1995 y 1999.

Eran tiempos del PAN aristócrata y el FRG antioligárquico. Los emergentes empezaron hace décadas a disputar puestos de la administración pública, luego partidos políticos, y en los últimos quince años las instituciones de justicia, las instituciones financieras y la Presidencia de la República, que consiguieron por primera vez en 2000 y parcialmente en 2008. Desde que los mestizos llegaron al poder en 1871 por primera vez en la historia republicana y obligaron a la elite a ampliarse y a rehacer el proyecto nacional, casi todos los gobiernos habían sido dominados por la "oligarquía".

Esta disputa de la Presidencia de la República de este año estuvo antecedida por las agrias batallas para obtener el control del Colegio de Abogados y Notarios, el asiento empresarial en la Junta Monetaria, por la mayoría de la Corte Suprema de Justicia y por la mayoría de la Corte de Constitucionalidad. El resultado, en esta ocasión, fue una victoria para la élite tradicional, como describió en una entrevista el presidente del Cacif, Mario García Noriega.

De regreso a la política y la disputa presidencial. Carrera concluye así: “Describir al lado del proyecto que representa Baldizón es más complejo, porque es más táctico. No representa un proyecto estratégico sino es más bien una disputa por ejercer el poder, una disputa de los emergentes a la idea de los cabales. La élite cree que están cabales, que no cabe nadie más. Y entonces es un proyecto contra la élite, anti-oligárquico. Pero no con una cohesión ideológica de centroizquierda como en otras democracias. Aquí no son nada, no son progresistas; aquí no está en juego la idea de un proyecto para redistribuir la riqueza o reformar el Estado. A lo sumo, un poco de discurso y programas sociales para matizarlo. Y esto pega en el interior del país porque hay un resentimiento por lo excluyente del proyecto de desarrollo que ha tenido la élite. Pero no nos engañemos, lo antioligárquico de este poder emergente se centra en la disputa por los negocios del Estado, que según algunas estimaciones, es de unos Q15 mil millones cada año”. 

"Los del PP son militares desarrollistas y han encontrado a empresarios cercanos a Fundesa, empresarios que empiezan a ser más evolucionados, a tener un matiz desarrollista, de confiar más en el Estado y elevar la carga fiscal, por ejemplo. Esta alianza tiene el mismo sustento que en el siglo XX, el conservadurismo”, añade Carrera.
El de Baldizón, por otro lado, "es un proyecto contra la élite, anti-oligárquico. Pero no con una cohesión ideológica de centroizquierda como en otras democracias. Aquí no son nada, no son progresistas; aquí no está en juego la idea de un proyecto para redistribuir la riqueza o reformar el Estado".