Estos días de lluvia

Hace varios años, casi todos los fines de semana tomaba un bus con rumbo al occidente del país. A 50 kilómetros estaba aquello que solía llamar hogar. Una especie de ritual que aún en estos días realizo, pero cada vez viajo menos.
“Se levantó y me abrazó muy fuertemente. Empezó a llorar, le pregunté si estaba bien, me dijo que sí, le pregunté que a dónde iba, me dijo que a su casa. Le dije que la acompañaría, me dijo que gracias.”

Esa tarde de  sábado llovía. Pero cuando vas a tu hogar poco importa llegar mojado, seguramente eso fue lo que pensé al bajarme del bus y empezar el resto del camino que debía realizar a pie. Algo así como unos dos kilómetros de camino de tierra, de árboles centenarios y enfermos a punto de caer. En aquel tiempo aún habían muchos terrenos baldíos donde crecían  maleza, arbustos y se arremolinaba la basura.

Ahí en medio de uno de esos terrenos, al fondo, vi a una pareja. Forcejeaban. Lo primero que pensé fue que seguramente estaban discutiendo. Una discusión en medio de la lluvia solo puede terminar en una escena de baile, pensaba. Yo iba despacio, no tenía sentido caminar a prisa, ya iba muy empapado. Así que observé a los chicos por un largo rato.

Finalmente el tipo tumbó a la chica y se le puso encima. Entonces entendí, aquella no era una escena que terminaría de forma idílica así que corrí hacia ellos. Por la forma en la que estaba el tipo, no podía ver su rostro, me daba la espalda. Cuando vio que alguien se acercaba, se puso inmediatamente de pie, levantó su bicicleta que por lo alto de la maleza tampoco había visto. Y se alejó pedaleando muy rápido por el camino de tierra, eso hizo que en su chumpa, en la espalda, quedara un rastro de lodo.

Apenas pude ver su rostro, ahora no lo recuerdo, pero sí el de la chica. Se levantó y me abrazó muy fuertemente, empezó a llorar. Le pregunté si estaba bien, me dijo que sí, le pregunté que a dónde iba, me dijo que a su casa. Le dije que la acompañaría, me dijo que gracias.

La casa quedaba a unas cuadras adelante de la mía aunque en realidad por ahí no hay exactamente cuadras. Lo cierto era que tendría que caminar un poco más de lo que esperaba. Me sujetó fuertemente del brazo y caminamos. Seguía lloviendo fuertemente. Hablamos muy poco en todo el camino. Yo no sé qué carajos decir, nunca sé, así que a cada poco hacía la misma pregunta: ¿ya vamos a llegar? Era lo único que se me ocurría.

Seguramente ella lloraba. Yo no. A ambos, la lluvia nos corría por el rostro. Finalmente llegamos. Una casa bajísima como ella, una casa de adobe como el color de su piel. Abrió el cerco de rastrojo, me dio un abrazo y entró. Di la vuelta y regresé a mi casa, a mi hogar, necesitaba llegar. Siempre necesito eso.

Sentí rabia, furia, coraje. Impotencia. Una venta de waipe podría poner, como díría un tipo en un muro de facebook ante la mediana indignación que causó un chiste demasiado estúpido y racista. Como uno de estos días en los que recordaba esta historia porque me contaban otra muy similar. Aunque los protagonistas de esta última decidieron ir a denunciar, la respuesta que obtuvieron fue más o menos la siguiente: Que si le hubiera visto la cara, algo podrían hacer, pero como no, no podían hacer nada. Debe ser que se requieren violadores seriales y actos reiteradamente consumados para que algo se pueda hacer. O para indignarnos. Debe ser.

Engler García. ¿Quién soy? He aquí algunas respuestas muy apresuradas. Nací en ciudad de Guatemala en 1,979. Tengo estudios en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de San Carlos de Guatemala, estudios que abandoné en un arranque de frustración. Entonces me dediqué a escribir. Soy ciclista urbano por dos motivos. El primero, estoy convencido de que no cambiaremos este embrollo citadino si no intentamos nuevas formas de transporte, como por ejemplo, “esa moda europea” de andar en bicicleta por la ciudad. La otra razón es completamente placentera. Si se lograran ver las caras cuando es hora pico, me entenderían. También estoy convencido de que el sistema debe cambiar, pero sin tener muy claro cuál debiese ser la hoja de ruta a seguir. Por lo tanto, me pierdo en “eternas discusiones”. Encantado con la simpleza de la vida, con la belleza del mundo y sus epifanías. Cosas sobre las que intento escribir. ¿Si me considero escritor? Supongo que sí, pero uno aún en ciernes. Un relato mío aparece en la antología de Alfaguara sobre narrativa guatemalteca actual “Ni hermosa ni maldita” que apareció en el 2,012. Durante el mismo año, Editorial Cultura publicó mi primer libro de narrativa llamado “Postales”

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