Cuento

Póngase cómodo y escuche una historia. Respire hondo y tome un traguito de café o té. Relájese y siga leyendo. Imagine un nuevo ciudadano, en una Guatemala diferente a la que hoy estamos sufriendo.
En los últimos años nos hemos definido como sociedad por la violencia y la muerte.

Él cuenta cómo los adultos le hablaban cuando era pequeño, de la imposibilidad de vivir en un país donde subirse a un bus público o caminar de noche por la ciudad era un acto de valentía. Las mujeres de la familia se quedaban en las casas rezando por sus familiares. La situación era insostenible y los ciudadanos decidieron que no se podían quedar solo con los discursos de los políticos y se organizaron para la seguridad del barrio. Se abrieron escuelas en los patios de las casas para que los niños no salieran del perímetro de seguridad. El proyecto de paz era eliminar a los  enemigos, es decir a los no-ciudadanos –las ciudadanías abyectas de las que habla Ileana Rodríguez–, todos aquellos que tenían tatuajes, y también quienes los defendían hablando de Derechos Humanos. A todos ellos los lincharon y los quemaron vivos y luego colgaron los cadáveres frente a las casas para mostrar que eran parte de esa sociedad de paz en construcción. Al alcanzar la ciudadanía se debía también matar a un no-ciudadano y llevarlo a donde fuera en una silla de ruedas, de por vida. El premio: una mascarilla.

“Ciudadanía” es el último cuento del libro que Denise Phé-Funchal presentó hace poco (“Buenas Costumbres”, F&G Editores, 2011). Es una historia difícil de digerir, que no deja realmente un buen sabor de boca al cerrar el libro. Cuando terminé de leer el cuento pensé en todas esos discursos vacíos que escuchamos este año y que nos parecieron a muchos insuficientes para pensar Guatemala a futuro. Soportamos a políticos hablar de  cantidades de propuestas flojas para caminar hacia una Guatemala diferente. Me pregunté si no era esa nueva sociedad del cuento la que estaremos por construir.

En los últimos años nos hemos definido como sociedad por la violencia y la muerte. Somos una sociedad que cuenta sus muertos, que sabe cuántas violaciones a  los Derechos Humanos se dan al día, que suma diariamente las veces que se apunta con una pistola por un celular. Cuando una sociedad sigue optando por la violencia como opción y como vehículo para vivir en paz, me pregunto si es que realmente no tenemos otra salida. Si no podemos a encontrar en nuestra humanidad una respuesta diferente.

A la luz de los últimos hechos en Sololá, el cuento de Denise pareciera que no es ficción. Más bien, me atrevo a decir que la ficción puede convertirse en realidad, que lo está haciendo. Grupos pseudoanónimos y encapuchados golpeando jóvenes y extranjeros, amenazas de muerte e implicaciones difíciles de demostrar, son los nuevos elementos de una ciudadanía que está construyéndose y de una identidad orgullosa de la violencia. Cuidado. 

Guatemalteca desde 1987. Bibliófila. Con estudios en Ciencias Políticas en la Universidad Rafael Landívar. Trabaja en la actualidad en la Dirección de Incidencia Pública de la URL. Miembro del Grupo Intergeneracional.

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