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Agua para siempre
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Agua para siempre

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Tipo de Nota: 
Opinión
3 06 16

Read time: 3 mins

Cuando las lluvias caen en junio y la naturaleza empieza de nuevo a cobrar su verdor original, algo en el interior de muchos guatemaltecos se mueve: hay una inmensa alegría porque huele a tierra mojada, porque las flores, los árboles, la grama y todo alrededor asume un colorido especial lleno de vida.

Entonces sentimos que, como el agua cae del cielo y ha caído siempre, así contaremos con ella por la eternidad. Nada más falso.

Diversos estudios sobre el agua (se puede consultar al respecto una interesante infografía publicada en este medio) muestran cómo este líquido que consideramos casi tan indestructible como el planeta entero corre la misma suerte que muchos de los bienes naturales que están por acabarse. Parece que nos toca empezar a preocuparnos seriamente, pues se pronostica que, para el 2050, el sistema de aguas realmente colapsará en la capital y en el país entero.

Y como faltan 35 años para esa fecha catastrófica, y con ese sentido inmediatista que solemos tener la mayoría de los guatemaltecos, podríamos decir con cierta indiferencia que no es nuestro problema, que en esa época futura se preocupen quienes tengan en sus manos el destino del país. Nada más irresponsable ni trágico, pues ello solo demostraría que no hemos aprendido ninguna lección y que seguimos repitiendo los mismos errores de nuestros antepasados.

Tomemos como ejemplo la planificación de las calles y avenidas del centro de la capital. Al ser estas las principales arterias de la ciudad, se diseñaron inicialmente para una población poco numerosa, mayoritariamente pobre —por lo que se pensó que los vehículos que transitarían serían pocos—, y para que circularan primero caballos, carretas y luego algunos cuantos autos y un poco del transporte público. De ahí su estrechez, que hoy solo refleja no solo los prejuicios clasistas, sino la falta de visión de quienes las imaginaron y construyeron.

Y así como las calles, todo lo demás. Actualmente vivimos las consecuencias de la mala planificación del pasado, de la falta de previsión y del inmediatismo. Es momento de empezar a cambiar si queremos perdurar como país. En este sentido, es necesario que empecemos a planificar con vistas no solo al presente inmediato, sino también al futuro. Es nuestro deber moral no solo para con nuestros hijos, sino también para con las futuras generaciones.

Pensar en el agua a largo plazo, educar para preservarla lo más posible y, sobre todo, crear leyes para que tanto las municipalidades como los empresarios inescrupulosos no sigan utilizándola de manera irracional y abusiva (recordemos lo que pasó con el lago de Amatitlán y con el río La Pasión) será, sin duda, una de nuestras tareas inmediatas: una labor que, además, no es solo una inquietud local, sino también una que engloba las preocupaciones que nos mueven a proteger lo natural que queda de nuestro planeta, así como la necesidad urgente de velar por que mantengamos los recursos con que contamos y no sigamos destruyéndolos de manera irreparable.

Debemos tener presente que el agua es una de las condiciones de vida de la humanidad y que carecer de ella y desperdiciarla puede significar una condena de muerte para la vida futura.

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