Mi madre llamó para saludar, mientras salía de una reunión en su oficina. Hemos quedado de vernos este fin de semana para comer. A penas he salido de una enfermedad tropical, una infección de garganta, que por ratos, gracias a la fiebre, me hizo pensar que sería una especie de escritor del siglo XIX con mucha furia y sólo una pierna.
Por fortuna la química ha avanzado mucho y el servicio a domicilio es fantástico. Así que me pude recuperar en un tiempo prudente y volví a la oficina, para dejar mis delirios decimonónicos engavetados para la siguiente enfermedad.
Me acerqué a la baranda a mirar cómo la nave rodaba por la pista de asfalto. Vi hacia abajo. Un par de vehículos entraban al edificio, mientras las aceras vacías, se oscurecían por la sombra de los árboles inmóviles.
Me serví otro trago. Estaba en la fiesta de Miguel, un abogado con quien compartimos aulas hace más de una década. Celebrábamos su cumpleaños, unos amigos y yo, en su apartamento. Es quizá la única ocasión en que nos vemos en el año, porque somos gente muy ocupada.
Pasaban las noticias. Afuera todo parecía moverse en un ritmo vertiginoso salvo el tráfico. Mucha gente circulando en las aceras, negocios con artículos de todo tipo de formas y colores, como demostrando lo polifacético que es el plástico. Entre los negocios, muchos hoteles, de bajo costo, con nombres exóticos. Una galera que sirve como parqueo entre semana y Arena de Lucha Libre, los domingos. Vaya ironía. A tres cuadras de Tribunales, un Coliseo.
Encendí un cigarro. Me ayudó a despertarme. A estar alerta. Nunca he sido bueno para levantarme temprano, así que decidí no dormir. Ya podría hacerlo mientras andábamos en la carretera.



