La armazón de aluminio empezaba a oxidarse y estaba más bien coja.
La sala de audiencias estaba vacía. La luz penetraba por entre las persianas plásticas, alfombradas por una capa intensa de polvo. Todo en el recinto parecía en calma, salvo las hojas amarillas y verdes del expediente que se movían junto al viento húmedo que alcanzaba a penetrar por los ductos de ventilación.
Al entrar, uno es recibido por el olor a madera húmeda. Afuera, patrullas y un enjambre de motocicletas hacen la fauna local. Hay que superar varios anillos de seguridad para encontrar la oficina del funcionario con el que coordinaría el operativo.
Su oficina es una habitación bastante ordenada. El escritorio limpio, con los papeles dispuestos en una de esas armazones de metal de tres pisos para salientes, entrantes y urgentes.
Era un hombre, que había sido citado para las nueve; y ya eran las diez con cinco. Había repartido ese tiempo en otras cosas, incluyendo preparar el café y sorberlo como si fuera el medicamento contra el tedio.
Abandoné mi taza, todavía humeante y salí a buscar al tipo. Lo vi a través de la puerta de vidrio de la entrada. Llevaba una camisa blanca o más bien, torturaba a una camisa percudida con esa enorme barriga que parecía hacer estallar la pieza. El pelo engominado y el pantalón verde. Discutía con el policía de la entrada.



