El sábado comencé lo que espero se vuelva una tradición de juntarnos con los patojos a matar gente en internet. Jugando en internet, los chicos se burlaban de mi falta de habilidad y yo me hacía el chistoso, comentando el juego. No sabía yo que era un foro abierto y que los demás jugadores podían oírnos.
Fue cosa de diez o quince segundos para que una bola de gringos incultos comenzaran a insultarnos en un español rudimentario. Vamos, que ni siquiera eran insultos.
No es solo la belleza del paisaje. Las dimensiones del cañón son, en sí mismas, avasalladoras. Quizá eso es lo que más subyuga la imaginación. Y allí estoy yo, unos 20 minutos después de haberme plantado en la orilla del precipicio a perderme en esa inmensidad, cuando me distrae un ruido, un griterío, como si hubieran soltado un perro rabioso en un gallinero.



