Hace calor, desde hace unas semanas la primavera no es más que un recuerdo y ha comenzado la época de sudar la gota gorda. Y allí estoy yo, bajo el sol de finales de abril esperando a ver si por fin designan a un alcalde.
Quisiera saber qué pasó al fin de cuentas y, la verdad, saber si aún está con vida.
Pero sé que no debo, que no le haría bien a nadie, que podría hacer esa llamada y entararme pero luego, ¿qué? ¿Tomar un avión y jugar durante unos días a que somos amigos?
No creo.
Pero aún así, me corroe la curiosidad de saber qué pasó, de enterarme si al final hizo lo que anunció y, peor aún, lo que insinuó que haría.
Estoy, estamos, parados en esa calle, después de la iglesia, casi al final de esa cuesta que solo dos o tres de los bicicleteros más gallos podían subir sin parar y sin el beneficio de una bicicleta con cambios.
Yo, además de los pantalones negros, tengo un fajo de negativos velados, anteojos oscuros y una cámara de fotos, la única cosa que me dejó mi papá cuando se fue.
Fue una pendejada y luego tuve que explicarle, con bastante vergüenza por qué le dije así de feo si ella quería ayudarme. Resulta que estaba detenido a la altura de la barda de la entrada del estacionamiento de El Paso Times, buscando mi tarjeta magnética para levantar la barrera. Habrán transcurrido 45, 90, 120 segundos, puede que más, y yo seguía buscando la dichosa tarjeta, un poco encabronado de que valen 25 dólares y ya es la segunda que pierdo en el año y pico que tengo de vivir en el desierto.



