En el avión llegaron guatemaltecos que seguramente vinieron a visitar a sus familias en Semana Santa y una cantidad impresionante de adolescentes estadounidenses en uno de esos viajes de la escuela evangélica a algún lugar del tercer mundo. No creo haber visto un solo turista.
Conforme la primavera se convierte en una cruel burla para quienes nos aventuramos a pensar que el clima en el que de hecho se puede vivir en estas tierras se extendería más allá de los primeros días de marzo y el calor marchita las flores, me convenzo de que a menos que desarrolle capacidades de iguana, el calor será un tema recurrente en mi vida los próximos seis meses.
Al final, cuando se asentó el polvo y solo se sentía el calor en la noche texana había nueve muertos y seis heridos regados en el pavimento del carril de acceso a una autopista. Y aquí estoy yo, a miles de kilómetros de distancia de McAllen, tratando de encontrar un testigo ocular del choque, alguien que me pueda contar por teléfono todo el horror de la tragedia.
Ahí estoy, en medio del desierto donde Tejas se convierte en Nuevo Méjico, a eso de las dos y veinte de la madrugada, a la orilla de la carretera, mientras del bar comienzan a salir pandilleros y los alaridos de una mujer borracha que intenta cantar “Gavilán o Paloma”. Ahí me entero que don Otto se fue a meter a una casa de gente pobre en Xela a comer verduras y tortillas de maiz negro.
Me atrevería a decir que todos los guatemaltecos saben que en Guatemala hay pobres. Y estoy casi seguro que la mayoría, la inmensa mayoría han visto un pobre durante el curso de su vida.



