Queremos alguien que tenga cara de bueno, o una monja. Las monjas suelen ser blancos fáciles porque además de ser abundantes en los vuelos de Iberia, no pueden negarse a nuestra petición. Bueno, alguna se ha negado.
Estamos, mi hermana y yo, parados a unos metros de la cola de Iberia. La exacta cantidad de metros que se conoce como una distancia prudencial y sabemos que tenemos pocas oportunidades de lograr nuestro cometido, quizá dos. A lo sumo tres.
Puta como duele. Y me dijeron en la oficina de impuestos que mejor me vaya haciendo a la idea. Sin mujer, sin dependientes (mis hijos no cuentan para el gobierno de Estados Unidos), sin deducciones que hacer, lo más seguro es que me manden una foto de Obama en calzoneta.
Y veo que todos los días salen anuncios en la tele, promociones de compañías de contadores que aseguran que si uno hace la declaración con ellos le tocan miles de dólares de devolución. Fui y me dijeron que mejor me la trague y que no proteste porque, pisto, lo que se dice pisto, no me va a tocar.



