Desperté al alba y lo primero que veo desde mi ventana es uno de esos freeways clásicos de las películas de Estados Unidos. Cientos de carros cada segundo, en ambas direcciones.
He de confesar que casi vomito durante el desayuno, no porque descubrí con un poco de horror que no son mentiras que primero se acaba el mundo que estos gringos no servir gravy con todas las comidas. No, estaba de verdad nervioso. Estoy nervioso, de verdad.
Desperté al alba y lo primero que veo desde mi ventana es uno de esos freeways clásicos de las películas de Estados Unidos. Cientos de carros cada segundo, en ambas direcciones.
He de confesar que casi vomito durante el desayuno, no porque descubrí con un poco de horror que no son mentiras que primero se acaba el mundo que estos gringos no servir gravy con todas las comidas. No, estaba de verdad nervioso. Estoy nervioso, de verdad.
Por ahora se siente extraño. Todos me han recibido con un cariño enorme, parecen felices de verme. Deben ser las camisas nuevas, hoy tengo puesta una Calvin Klein que me hace ver los hombros como uno de esos albañiles de las fotos de rascacielos en los 30′s.
De momento, la cosa pinta bien. Es pronto para saber qué pasará y cómo resultará todo en El Paso pero hoy puedo decir que estoy feliz de haber venido. Son dos días apenas.
Después de manejar un buen rato en interminables carreteras de muchos carriles, llegamos a una urbanización en las afueras de Dallas (al menos eso me pareció a mí), llegamos a su casa.
Comer con él, su esposa, sus suegros y el cuñado en casa de ellos, fue el paso ideal para terminar este periodo de entretiempo, esta vida de hoteles y restaurantes. No sólo porque me hacía falta interactuar con gente en español, sino porque también me dieron una visión bastante apartada del encariñamiento que he tenido con Estados Unidos desde que llegué.
A tres cuadras de mi trabajo, hay una de esas calles.
Hoy fue mi primer, primer, primer día de trabajo en El Paso. Aunque ya había llegado a AP y ya estaba dentro de los EE.UU. y todo eso, hoy fue el primer día que de veras llegué a la que será mi oficina durante los próximos años, espero.
Está en El Paso Times, en un edificio relativamente nuevo pero que no esconde los estragos que la crisis económica y la crisis de la industria de los periódicos ha causado en sus instalaciones, sobre todo en las alfombras.
De nada sirve hidratarse, de nada sirve pasar tiempo dentro, de nada sirve nada. El aire increíblemente seco no perdona. Aún no han llegado los sangrados de nariz que predijo Will, pero están al caer. Los siento gestarse en mis fosas nasales.
Seguramente será uno de los signos que terminé de llegar a El Paso. Ayer mandé mi primera nota, una cosa chiquitita, muy corta. Pero es la primera. Era sobre los números del año pasado del Border Patrol. Cada día hay menos inmigrantes que intentan entrar, dicen.
Y, después de ver ayer una película llamada “ocho asesinatos al día”, estoy empezando a creérmela. Poco a poco se va asentando la idea que Juárez es un sitio peligroso. Aunque la verdad sea dicha esas películas con pretensiones de documental pueden ser engañosas. No es que esta lo sea, no sé cuál es exactamente la situación en Juárez. Pero habiendo ayudado a hacer algunos de esos documentales, puedo decir que es más lo que alarman que lo que informan.
Me junté a desayunar con él como una forma de agradecerle por su tiempo como sujeto para un reportaje fotográfico que completé para el curso que vinimos a tomar.
Más corriendo que andando me encaminé hacia su casa, a unas cuadras del hotel donde nos estamos quedando los otros 15 colegas de la AP que vinimos al curso. Mientras recorría una de esas calles del centro de Las Vegas, sentí un extraño dolor en una de mis nalgas. Como ya iba tarde, no le presté mayor importancia.
Además, tenía tres horas de haberme ido a dormir y no estaba para ponerme a reparar en minucias.
Al parecer, el alcalde, el jefe de policía, un town trustee -como una especie de concejal de pueblo chico- y otro montón de gentes de un pueblito de 1,800 habitantes en Nuevo México, habían ideado una forma de comprar cientos de fusiles AK47 y ametralladoras tácticas y luego cruzarlas hacia el pueblo de Palomas, a cuatro millas de distancia, del otro lado de la frontera. Según la noticia que estaba en la tele, habían alquilado un apartamento a poca distancia del mío para reunirse esporádicamente.
El sábado fui a la rentadora a cambiar mi carro por una “troca”. Me dieron un Chevrolet gigantesco. De esos con un asiento corrido que es más grande que el sofá cama de mi sala. Más parece un barco. No, un transatlántico. Me sentía como el capitán Kirk, a bordo del Enterprise. De hecho, debería iniciar este blog diciendo:
En el trabajo, las cosas no van mal. De hecho, me han ido bastante bien en las últimas semanas. Les gusta como escribo, al menos no se han quejado. Y el curso de fotografía rindió sus frutos. Ya me publicaron una foto en el New York Times.
Lo bueno de la distancia es que uno toma otra perspectiva. Por ejemplo, el otro día, una persona que conozco de oídas -juraría que nunca nos hemos visto, aunque puede que sí- me soltó así, a bocajarro una confesión que me dejó pasmado.



