Ahora bien, prometer cambio es prometer solucionar o, por lo menos, avanzar hacia la solución de los graves problemas que aquejan a nuestra sociedad. Es romper paradigmas añejos y muchas veces también implica quitarles privilegios a poderosos, para lograr justicia para otros. Y es acá donde los discursos apasionados, tarimas y canciones de ritmo pegajoso deben darle lugar a la seriedad y madurez. El entusiasmo decae cuando se analiza la viabilidad de las promesas, de lo mínimamente necesario para lograr las soluciones a nuestros problemas.
Producto de esa propuesta, en 1982 se creó la Dirección de Asuntos Civiles del Estado Mayor General del Ejército (conocida como “D-5”), y en 1983 se codificaba como “S-5” la unidad militar especial denominada Sección de Asuntos Civiles y Desarrollo Comunitario. En estas unidades operaron soldados cuyas armas no eran de fuego, pero no por ello menos tenebrosas.
Pareciera que estamos —quizá por primera vez en la historia— ante un programa que sobrevivirá un proceso electoral, independientemente de quién gane. Los políticos, a todo nivel, se han dado cuenta de que Mifapro es una variable nueva a agregar a las fórmulas de proselitismo tradicional. Mifapro es hoy una suerte de botín que ha cambiado la forma de hacer política en Guatemala.



