El fenómeno en sí no les es desconocido, pues, desde hace un tiempo, el ventilar procesos por genocidio o por crímenes de lesa humanidad, les ha dado una aproximación a lo que la barbarie y la acción criminal desde el Estado ha sido en este país. Lo novedoso en esta oportunidad es que uno de los acusados está en suelo español y presente en las audiencias.
Esa, al menos, es hasta ahora la historia contada. La historia oficial, no porque tenga el signo del Estado, sino porque tiene el sello de permitido. Es decir, aquellos temas a los que se les ha otorgado la venia para nacer a la luz pública y entrar en la agenda mediática nacional. Son dos temas, divorcio y papeleta, que al final de cuentas han devenido en una espesa —pero igualmente no sólida— cortina de humo para opacar lo que en realidad sucede.
Nace, entonces, con una inspiración de acción política, de protesta, que luego se arropa con el jolgorio y la chispa de la picardía política estudiantil. Con el correr del tiempo, a la actividad que de manera intermitente se realiza durante el último siglo, se le suman un periódico anual, varios boletines previos, un himno de guerra, una velada artística, un convite y elección de rey o reina fea, entre otros elementos que han mantenido con vida la tradición popular-estudiantil de más larga data en Guatemala: la centenaria Huelga de Dolores.
Esa denominación otorgada a las piedras preciosas se debe a que han sido conseguidas por la explotación sanguinaria de miles de personas en África, incluidos niños y mujeres, durante un fenómeno encabezado por el exgobernaante Charles Taylor, enjuiciado por crímenes contra la humanidad.



