Decidí hacer mi recorrido a la Ciudad de Guatemala el día de Navidad, una costumbre de encontrarme en una ciudad fantasma y vivir por un momento pequeño la soledad en donde siempre hay movimiento, tráfico, gente caminando.
Difícil que alguien salga victorioso, es decir, firme en lo que cree, después de haber escuchado un discurso presidencial en el que se apela a la palabra de un hombre-militar o a los juramentos frente a Dios. Se debe pelear con uno mismo para no creer, para no darle el beneficio de la duda que le hemos dado a todos los anteriores. Por lo que he escuchado, hay esperanza en el ambiente, tal vez a raíz de una curiosidad casi infantil como la que se tiene en las piñatas cuando está por salir el ilusionista, aunque luego de unos minutos ya se sabe dónde se esconde el naipe.
La familia entera vende papalinas, Crispines, pelotas de plástico y de vez en cuando flores para poder comer al día siguiente. Eso significaba que Isabela debía subir la cuesta que asciende al redondel del Colegio Austríaco por horas, una y otra vez, ofreciendo sus productos o pidiendo que le regalen algo de dinero. Recuerdo haberla visto una de esas tardes en su uniforme de escuela, me dijo que ella y su hermano hacían sus deberes mientras el semáforo daba verde y no podían vender.



