En esos días sin trabajo y sin dinero, después de vagar las primeras horas de la mañana por oficinas frías y aburridas repartiendo fólderes color manila y papeles con fotografías fotocopiadas y sin nada que hacer, enfilaba a la Biblioteca Central. Solo era dejar mi cédula o mi carnet universitario y pedir un periódico de tal día y me daban un enorme libro empastado conteniendo las ediciones mensuales de tal publicación. Llegaba casi a diario.
Salgo de la oficina. Como todos los días, me dispongo a enfrentarme a la guerra. Mi arma, una bicicleta. Así le dice un amigo a esta manera de conducirse por las calles de la ciudad. Sin vías adecuadas para hacerlo, con conductores prendidos a la bocina, enfadados, temerarios, con el humo agresivo de las camionetas que sale expulsado por los escapes con total impunidad, con baches enormes, tragantes sin tapadera, motoristas que serpentean en el tráfico, etc. Si no lo es, casi se le parece.



