El filósofo Sam Harris, en su último libro Free Will (2012), nos dice que es una ilusión el creer que somos los autores de nuestro propio destino. La diferencia entre éxito y fracaso es la suerte, es decir, el resultado de un proceso puramente aleatorio.
Dos años más tarde, sin comprender a cabalidad las implicaciones de esos eventos políticos, con 19 años de edad y en el cuarto semestre de una carrera universitaria que no satisfacía mis inquietudes, yo estaría tomando una decisión muy importante en mi vida. Mis antecedentes, mi contexto de clase media urbana y mis creencias e ideas un tanto megalómanas –de ser un “elegido para cumplir una misión”–, se entremezclaron con una particular conceptualización de la teología de la liberación sobre el seguimiento de Jesús.
En el contexto de las celebraciones por el 13 b’ak’tun, que se interpreta favorablemente como un cambio de era, es necesario radicalizar la propuesta de reforma constitucional para la creación de una Confederación de Autonomías y Comunidades Indígenas de Guatemala (CACIG).
Este se encuentra instalado en nuestro cerebro, el hardware que nos permite interactuar con los miembros de nuestra tribu y con los otros. Así que no se puede afirmar que los ladinos no tenemos cultura, o que la misma está vacía.
Muy parecido a Ciudad Peronia, en Villa Nueva, pero sin tanta violencia. Ese domingo debía vestir un hábito blanco y brindar un mensaje de esperanza y solidaridad a decenas de personas que llegaban a celebrar su fe y a compartirla con otros. Mis palabras solían ofrecer una interpretación alternativa del Evangelio. El esfuerzo consistía en intentar iluminar su realidad, que conocía durante apenas unas horas a la semana, con analogías que actualizaran la llamada Palabra de Dios.



