Y aunque en ocasiones se nos olvide o la certeza sea menos dolorosa o más difusa, el devenir diario de burdos acontecimientos, grises perspectivas y cacofónicos discursos se encarga de recordárnoslo.
Si con esto no fuese suficiente, está la catastrófica coyuntura socioeconómica internacional que nos circunda y manipula, que no es sino el fruto amargo de una satrapía aún mayor, más cruel y despiadada si cabe a la que, lógicamente, en este país ni somos ajenos ni inocentes.
No es que a alguien le puedan sorprender tales manifestaciones. Porque, de hecho, son casi de Perogrullo. Pero sí resulta relevante que una persona con el peso específico de Rato se manifieste en esos términos tan francos. Sobre todo en estos momentos en los que las estructuras europeas parecen tambalearse como nunca antes lo habían hecho.
Por ejemplo la vicepresidenta del gobierno, Soraya Sáenz de Santa María declaró, en la rueda de prensa posterior al penúltimo consejo de ministros, que el ejecutivo respetaba el derecho a la huelga pero que no les parecía que fuese algo constructivo dadas las circunstancias.
La también popular Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid y peso pesado del ala dura del Partido fue mucho más allá, y afirmó que hacer huelga le parecía algo antipatriótico.
Quién más, quién menos salió a la calle a celebrar el nuevo año con un puñado de euros recién acuñados en el bolsillo. Y, sorprendentemente, todo no fue para bien.
Ese día, y durante algunos meses, aún pudimos pagar con la antigua divisa. Pero, de golpe y porrazo y sin aviso previo, la taza de café que hasta hace unas pocas horas costaba 105 pesetas pasó a costar 1,30 euros, más de 200. Y la entrada del cine, por la que el año anterior pagábamos en torno a 700 pesetas pasó a los cinco o seis euros, cerca de mil.
En este caso, se trata del partido conservador inglés, liderado por el primer ministro británico David Cameron, que se ha visto salpicado por un nuevo escándalo a causa del recurrente asunto de la financiación.



